martes, 29 de septiembre de 2015

AUGUSTO COMTE



AUGUSTO COMTE (POSITIVISMO)

El término "ciencia positiva" fue usado por primera vez por Madame de Stael alrededor de 1800 y adoptado posteriormente por Saint-Simon, el precursor del socialismo. Auguste Comte (1788-1857) nació en Montpellier, Francia, en el seno de una familia estrictamente católica y defensora de la monarquía; sin embargo, a los 14 años de edad el joven Comte anunció que ya no creía ni en Dios ni en el rey. A los 26 años de edad se inscribió en la École Polytechnique, fundada en 1794 para educar ingenieros militares pero que rápidamente se había transformado en una excelente escuela de ciencias avanzadas; aquí Comte se dedicó con ahínco a sus estudios de matemáticas y astronomía, bajo la guía de Carnot, Lagrange y Laplace, entre otros. Sin embargo, dos años más tarde (en 1816) fue expulsado cuando la escuela se reorganizó sobre bases monárquicas, pero en lugar de regresar a Montpellier se quedó en París, donde sobrevivió por medio de clases privadas de matemáticas y bajo la influencia de los idéologues, como Cabanis, Destutt de Tracy y Volney. En 1817 se hizo secretario de Saint-Simon y permaneció en ese puesto los siete años siguientes, hasta que se separaron ferozmente peleados; de todos modos, en esos siete años Comte absorbió muchas de las ideas de Saint-Simon, que posteriormente pasarían a primer plano en su filosofía positiva.
En 1826 Comte anunció un curso privado que atrajo oyentes tan ilustres como Humboldt, Fourier, Esquirol y Blainville; desafortunadamente, después de la tercera conferencia Comte sufrió un ataque de locura que duró más de un año, al cabo del cual se deprimió de manera tan profunda que intentó suicidarse arrojándose al Sena de donde por fortuna fue rescatado. En 1828 reanudó su famoso curso, que empezó a publicarse en 1830 y se terminó 12 años más tarde; en ese lapso Comte también dictó un curso anual gratuito sobre astronomía, fue encarcelado por rehusarse a ingresar a la guardia nacional monárquica, y se divorció de su esposa, una mujer con la que se había casado muy joven, que lo había cuidado durante su periodo de locura, y que incluso había tenido que contribuir a los ingresos familiares ejerciendo la prostitución. En 1845 Comte conoció a Clotilde de Vaux y se enamoró de ella, pero la relación (que produjo un impacto indeleble en Comte y cambió su filosofía) solamente duró un año, debido al fallecimiento de Clotilde. Esta tragedia se agregó a su precaria situación económica, que había contado con el apoyo generoso de varios mecenas ingleses (gestionado por John Stuart Mill, quien admiraba a Comte) pero que lo habían suspendido en vista de que Comte adoptó la arrogante pose de un "alto magistrado moral" lo que también molestó a Mill, quien dejó de escribirle. Comte continuó viviendo en la penuria hasta 1848, cuando se hizo tan insostenible que uno de sus alumnos más distinguidos, el famoso Emil Littré, publicó una solicitud de suscripciones para apoyar los trabajos de Comte, que obtuvo una generosa respuesta. Debe mencionarse que uno de los suscriptores fue Mill, y que el mismo Littré siguió colaborando generosamente en la empresa aun después de haberse distanciado de Comte, en vista del insufrible carácter de éste. En sus últimos años, Comte transformó su filosofía positiva en un sistema religioso, organizado en gran parte siguiendo la estructura de la Iglesia católica, con escrituras sagradas, templos, servicios, santos y demás, pero el Ser Superior que se veneraba era la humanidad y el papa de esta iglesia era el propio Comte; entre los santos se mencionaba a Newton, Galileo, Gutenberg, Shakespeare, Dante, Julio César y Clotilde de Vaux. Naturalmente, el catecismo de esta iglesia fue publicado por Comte, en 1852; cuatro años más tarde todavía publicó una útil Síntesis subjetiva de muchas de sus ideas políticas y sociales, y al año siguiente murió de cáncer, en la misma situación de abyecta pobreza en que vivió la mayor parte de su vida.

Auguste Comte (1788-1857).
Desde el principio de sus trabajos científicos, Comte sostuvo que su máxima utilidad estaba en el campo de las ciencias sociales, que él llamaba primero "física social" y después bautizó como "sociología". En su famoso Curso de filosofía positiva Comte tiene dos objetivos principales: en primer lugar, demostrar la necesidad y la propiedad de una ciencia de la sociedad, y en segundo lugar, mostrar a las distintas ciencias como ramas de un solo tronco, o sea darle a la ciencia la categoría que hasta entonces era propia de la filosofía. Comte basa sus postulados en su estudio de la historia de la ciencia, en lo que coincide con Whewell. El Curso se inicia con el enunciado de la famosa ley de las tres etapas, según la cual todo concepto, rama del conocimiento o ciencia, pasa por las siguientes tres etapas sucesivas:
1) la etapa teológica, en la que la mente humana, orientando su búsqueda a la naturaleza del ser, a las causas primeras y finales de todos los efectos que contempla, en una palabra, al conocimiento absoluto, ve los fenómenos como productos de la acción directa y continua de agentes sobrenaturales más o menos numerosos, cuya intervención arbitraria explica todas las aparentes anomalías del universo.
2) La etapa metafísica, que en el fondo, es una simple modificación de la teológica, en donde los agentes sobrenaturales son reemplazados por fuerzas abstractas, verdaderas entidades (abstracciones personificadas) inherentes en los varios tipos del ser y concebidas como capaces por sí mismas de engendrar todos los fenómenos observados, cuya explicación consiste en asignarle a cada uno su entidad correspondiente.

3) La etapa positiva, en donde la mente humana, reconociendo la imposibilidad de alcanzar conceptos absolutos, abandona la búsqueda del origen y el destino del universo, y de las causas internas de los fenómenos y se limita al descubrimiento, por medio de la razón y la observación combinadas, de las leyes que gobiernan la secuencia y la semejanza de los fenómenos. La explicación de los hechos, ahora reducidos a sus términos reales, consiste en el establecimiento de una relación entre varios fenómenos particulares y unos cuantos hechos generales, que disminuyen en número con el progreso de la ciencia.

En la etapa teológica lo que se busca es una causa primaria, en la etapa metafísica se persigue una esencia, y en la positiva (nosotros diríamos científica), lo que se establece es una ley. En 1866, en un folleto escrito en defensa de su maestro, un discípulo de Comte ofreció la siguiente ilustración de las tres etapas: Tomemos el fenómeno del sueño inducido por el opio. Los árabes se contentan con atribuirlo a la "voluntad de Alá''. El estudiante de medicina de Moliére lo explica por un principio soporífico contenido en el opio. El fisiólogo moderno sabe que no puede explicarlo de ninguna manera. Lo que puede hacer es simplemente observar, analizar y hacer experimentos con los fenómenos que resultan de la acción de la droga, y clasificarla con otros agentes de carácter análogo.

Cada una de las tres etapas mencionadas no sólo representa una fase bien definida en la historia de las ciencias y un estadio específico en el desarrollo mental del individuo, sino también una estructura distinta de la sociedad. De esa manera, en la etapa teológica predomina la vida militar, en la etapa metafísica dominan las formas legales, mientras que en la etapa positiva prevalece la sociedad industrial. Comte sostenía, de la misma manera que Hegel, que a través del desarrollo histórico es posible discernir un movimiento paralelo de ideas y de instituciones. Según Comte, la astronomía era la primera ciencia que ya había completado el ciclo trifásico mencionado, gracias a que es la que se ocupa de los fenómenos más generales y más simples, además de que afecta a todas las demás ciencias sin ser afectada por ninguna de ellas.
El gran objetivo de la filosofía positivista es, de acuerdo con Comte, avanzar el estudio de la sociedad hasta que alcance la tercera etapa; en otras palabras, sacar a la sociología de los dominios de la religión y de la metafísica y traerla al campo de la física y de la biología. Una vez convertida en una disciplina científica, la sociología tendría dos departamentos: uno, estático, albergaría las leyes del orden mientras que el otro, dinámico, reuniría las leyes del progreso. De esa manera la sociología se transformaría en la reina de las ciencias, colocada en el lugar de honor (el último) de la clasificación de Comte. Esta clasificación (que realmente es un ordenamiento jerárquico) va de las disciplinas más simples a las más complejas, pero también incluye el concepto de dependencia secuencia, derivado no sólo de sus estructuras respectivas sino también de su historia; en otras palabras, las ciencias más básicas o generales preceden a las más aplicadas o específicas.
La lista propuesta de Comte es la siguiente: 1.- MATEMATICAS 2.-ASTRONOMIA 3.- FISICA 4.- FISIOLOGIA 5.- SOCIOLOGIA
Cada miembro de esta serie depende de todos los hechos y leyes propias de los que lo preceden, es más específico que ellos, y no puede entenderse sin ellos, por lo tanto, no puede existir una física adecuada si antes no se desarrolla la astronomía, y el establecimiento de una química vigorosa debe preceder al crecimiento de la fisiología. De la lista mencionada se desprende que la sociología será la última ciencia que logre librarse de la influencia de dogmas teológicos y de ficciones metafísicas, y por lo tanto también será la última en ingresar a la etapa positiva o científica. En cambio, y aunque él mismo era matemático, Comte se opone al uso extenso o exagerado de las matemáticas, a las que no consideraba como verdadera ciencia sino más bien como un instrumento de trabajo entre otros muchos. Aunque en principio todos los fenómenos pudieran ser susceptibles de manejo matemático, en la práctica los pertenecientes a las ciencias más complicadas, como la fisiología y especialmente la sociología, escapan a este tratamiento.
En relación con el método científico, el positivismo de Comte subraya que conforme los hechos se hacen más complejos, como los fenómenos fisiológicos, comparados con los astronómicos, también los métodos necesarios para estudiarlos aumentan en complejidad, como en el caso de la fisiología experimental, comparada con la simple observación de los movimientos planetarios. En contraste con Descartes, quien postuló un solo método correcto (el método geométrico) para guiar la razón, Comte estaba convencido de que cada disciplina desarrolla una estrategia lógica y operacional apropiada para ella y que tal metodología surge y se entiende a partir del estudio de la historia de la ciencia. De hecho, Comte señala específicamente que Descartes era su predecesor y que él había culminado los estudios cartesianos al estudiar la mente no en forma abstracta sino por medio de la historia; en otras palabras, la lógica de la mente no puede comprenderse a priori, sino más bien en función de lo que ha hecho en el pasado.
Los diferentes métodos mencionados por Comte son realmente tres: observación, experimentación y comparación. En contraste con los empiristas, quienes como ya hemos visto, cultivaron la descripción minuciosa de sus respectivas versiones de la metodología científica, Comte se mantuvo en una tesitura muy general, por lo que ha sido interpretado de distintas maneras por diferentes autores, cada uno queriendo identificar su esquema favorito en el padre del positivismo. De acuerdo con Comte, el primer procedimiento en el trabajo científico es la observación de los hechos, pero no en el sentido de Hume, de grupos de sensaciones, o de Locke o Mill, de fenómenos registrados tal como ocurren "ahí afuera", sino más bien en el de Kant, de datos percibidos dentro de un contexto previamente establecido, pero no de imperativos categóricos o de ideas fundamentales, sino dependiente de alguna hipótesis o ley científica, Comte llamó a esta interacción entre el fenómeno observado y la teoría que le da sentido una "especie de círculo vicioso" y señaló el riesgo de pervertir la percepción de los fenómenos para acomodar alguna hipótesis preconcebida. En su sistema positivista, la tarea del científico es establecer leyes definitivas que describan las relaciones invariables de los hechos, a partir de su verificación por medio de la observación. La experimentación sólo es posible cuando el curso natural de un fenómeno se puede alterar de manera definida y controlada, lo que en la opinión de Comte se podía hacer sistemáticamente en la física y en la química; en cambio, para la fisiología, Comte sugirió que las dificultades de la experimentación podrían superarse por medio de la observación de la patología, o sea el uso de los "experimentos de la naturaleza", como hace unos cuantos años se bautizó a un grupo específico de enfermedades congénitas. Recordemos que Comte escribía a mediados del siglo XIX, cuando el impacto cultural de la École de Paris, que sostenía el concepto anatomo-clínico de la enfermedad, estaba en su apogeo, y cuando los trabajos de Claude Bernard apenas empezaban a conocerse en los círculos científicos más especializados, a los que Comte no tenía acceso. De cualquier manera, las restricciones señaladas por Comte para la experimentación siguen siendo válidas, aunque las fronteras de este método de investigación científica se han ampliado mucho más allá de lo que hubiera podido imaginar nuestro primer positivista. Finalmente, Comte señaló que para investigar los fenómenos naturales más complejos (biológicos y sociológicos), el mejor método era la comparación o analogía, ejemplificada en biología por la anatomía comparada y en sociología por lo que posteriormente vino a conocerse como antropología y sociología histórica. Debo señalar que en esta última opinión coinciden algunos de los biólogos evolucionistas distinguidos de fines del siglo XX, como Mayr y Gould, y la gran mayoría de los sociólogos contemporáneos.
Frontispicio del libro Cours de philosophie Positive, de Auguste Comte, publicado en 1842.
En resumen, el positivismo de Comte fue muchas cosas para mucha gente; su impacto en la filosofía de la ciencia y en la educación fue definitivamente mayor que el de otros sistemas filosóficos anteriores o de su tiempo, sobre todo en el mundo latino; desde luego, en América tuvo una influencia pública definitiva, especialmente en México y Brasil, que todavía hoy se nota. Su rechazo sistemático de las ideas trascendentales y metafísicas del campo de la ciencia representó un parteaguas en la historia del pensamiento del mundo occidental. El positivismo de Comte tiene muchos aspectos criticables, no sólo desde el punto de vista actual (con siglo y medio de ventaja) sino también desde el de sus contemporáneos. Uno de sus críticos más agudos y generosos fue Mill quien con caballerosidad victoriana, pero también con puntería infalible, señaló las imprecisiones y deficiencias del método científico propuesto por Comte. Sin embargo, el positivismo de Comte también posee algunas facetas no sólo valiosas en su tiempo sino aún vigentes en el nuestro; espero incluirlas en el último capítulo de este volumen.
Aunque para los filósofos generales (si es que existe tal categoría) Comte es el padre y el máximo sacerdote del positivismo, para los filósofos de la ciencia el positivista más profundo y depurado es Ernst Mach (1838-1916), quien nació en Taras, Moravia (hoy República Checa pero entonces parte del Imperio austro-húngaro) y estudió matemáticas y física en Viena. A los 26 años de edad fue nombrado profesor de matemáticas en la Universidad de Graz, tres años más tarde pasó a Praga como profesor de física, en 1885 llegó a Viena como profesor de historia y teoría de las ciencias inductivas, y en 1901 ingresó a.la cámara alta del parlamento austriaco; falleció en Haar, cerca de Munich, a los 78 años de edad. La diversidad de sus intereses académicos contrasta con la imagen estereotipada que tenemos del Herr Geheimrrat alemán, en vista de que hizo contribuciones originales en acústica, óptica, percepciones sensoriales en general y estética, así como en electricidad, mecánica, hidrodinámica y termodinámica, además de sus estudios fundamentales en historia y filosofía de la ciencia; también escribió sobre otros temas tan diferentes como la química de la maduración de las uvas, el sitio de los clásicos en la educación secundaria, y la fotografía de los proyectiles en pleno vuelo. Tal amplitud de intereses no traducía un simple diletantismo, sino todo lo contrario: Mach estaba convencido de que la división de la ciencia en especialidades como física, química o psicología es artificial y arbitraria, además de ser peligrosa, si se toma como algo más que una mera conveniencia práctica. En el desarrollo de su filosofía positivista, Mach alcanzó el concepto que subtiende al Círculo de Viena, a la Escuela de Berlín y a la Enciclopedia universal de la ciencia unificada, uno de los más grandes proyectos de la escuela conocida como positivismo lógico. De hecho, la primera organización pública que formaron varios futuros miembros del Círculo de Viena se registró con el nombre de "Ernst Mach Verein", o sea "Sociedad Ernst Mach''. William James, quien lo visitó en 1882 en Praga, dijo que le parecía que Mach había leído todo y pensado en todo.

Ernst Mach (1838-1916).
En contra de lo que pudiera pensarse, la relación entre Comte y Mach no fue directa ni importante; aunque en una ocasión Mach se refiere a la ley de las tres etapas del conocimiento como si la tomara en serio, su formación tuvo un carácter mucho más riguroso y experimental que el de Comte, y Mach nunca se apartó del terreno científico para internarse en el de la política o la sociología, y mucho menos en la religión. Pero su epistemología es estrictamente fenomenológica, su rechazo de toda metafísica es rotundo y total, y su insistencia en el enfoque histórico de la filosofía de la ciencia es sistemática. Estas razones, junto con las mencionadas arriba, justifican de sobra que se incluya a Mach entre los positivistas, aunque en un momento veremos que también ha sido considerado como operacionista o instrumentalista. El uso de estos términos sugiere que se trata de escuelas bien definidas y fácilmente distinguibles entre sí, pero la realidad es otra; ya hemos mencionado que se reconocen diferentes variedades o tipos de positivismo, dependiendo de la amplitud de la manga dentro de la que se acomodan. Mach parece haber llegado a su postura filosófica esencial a los 17 años de edad, por medio de un episodio semejante a una "revelación" religiosa, estimulada por la lectura de Kant dos años antes; en sus propias palabras:
Repentinamente, comprendí lo superfluo de papel desempeñado por la "cosa en sí". En un día brillante de verano y al aire libre, de pronto el mundo y mi ego se me presentaron como una masa coherente de sensaciones...
Todos los que han leído a Kant estarán de acuerdo en que pretender entenderlo a los 15 años puede tener consecuencias graves e indelebles; esto parece ser lo que ocurrió con Mach, quien pasó el resto de su vida tratando de explicarse el sentido y las implicaciones de la visión del universo y de su yo, como una "masa coherente de sensaciones". Otro filósofo que tuvo una profunda influencia en las ideas de Mach fue Berkeley, a quien se encontró por primera vez en el Apéndice de los Prolegómenos de Kant, la permeación de la filosofía de Mach por ciertos postulados de Berkeley es tan completa que algunos autores consideran más bien al idealista obispo irlandés, en lugar del positivista filósofo francés, como su verdadero precursor. Es muy probable que Mach hubiera aceptado el "Esse est percipit" "de Berkeley, pero en cambio es seguro que hubiera rechazado la noción de que Dios se encargaba de evitar que su fenomenología empirista radical se transformara en un solipsismo estéril. Mach también eliminó de su sistema filosófico científico al cartesianismo, de modo que todas las leyes y principios de la ciencia se basan exclusivamente en la experiencia, que para él significa un conjunto de sensaciones. Los conceptos cartesianos a priori no existen, los imperativos categóricos kantianos son entidades ficticias, lo único que debe creerse es lo que puede experimentarse.
De acuerdo con esta posición, los elementos esenciales del conocimiento son las sensaciones; por lo tanto, lo que debe promoverse es la determinación de las relaciones entre los distintos tipos de sensaciones. Éste parece un programa positivista a la Comte, pero la filosofía de Mach era fundamentalmente monista; lo que pedía era la eliminación definitiva de cualquier remanente metafísico y el apego fiel a las circunstancias empíricas actuales. En este renglón, Mach se acerca al operacionismo, cuando señala que ciertos conceptos científicos se basan en sensaciones específicas:
Postulo que cada concepto físico sólo representa un cierto tipo definido de conexión con los elementos sensoriales... Tales elementos... son los materiales más simples con los que se construye el mundo flisico, y también el psicológico.
Con esta base, Mach rechaza de la ciencia, igual que Comte, todo aquello que no se deriva de nuestras sensaciones. Pero para un físico experimental metido a filósofo, tal posición tenía a fines del siglo XIX muchos más bemoles que para un matemático y astrónomo metido a filósofo a principios del mismo siglo. Comte podía darse el lujo de negarle existencia científica a los átomos, pero para Mach esto era mucho más problemático porque en su tiempo, aunque todavía no demostrable objetivamente, el átomo ya servía para comprender y coordinar una masa enorme de datos empíricos; por ejemplo, es más fácil recordar la composición química de las sustancias por su fórmula que por su peso molecular, a pesar de que era este último el que se determinaba en forma más o menos directa. Esto podría explicar que Mach, aunque por un lado excluye formalmente a "todo lo que nos representamos además de las apariencias", o sea a las hipótesis o teorías, por otro lado las deja entrar subrepticiamente por la puerta falsa, diciendo que sólo son fórmulas o "memoria technica", con valor puramente didáctico o heurístico, pero sin existencia real. De hecho, el uso de conceptos no empíricos para facilitar la predicción de fenómenos registrables como sensaciones objetivas, o sea como instrumentos imaginarios de toda investigación que contribuya a obtener resultados reales, es muy anterior a Mach: es otra forma de describir la doctrina medieval de que deben "salvarse las apariencias". Pero también explica que, ocasionalmente, la filosofía positivista de la ciencia de Mach haya sido calificada de "instrumentalista".
Éste no es el momento de examinar críticamente al instrumentalismo, pero conviene señalar que tal postura filosófica renuncia a explicar los fenómenos observados; de acuerdo con los instrumentalistas, la función de las hipótesis y teorías es únicamente la de facilitar la descripción objetiva de los hechos. Recordemos que la definición de Mach de la ciencia enfatizaba, como su característica más sobresaliente la máxima economía en la descripción del mayor número de hechos. De hecho, se ha dicho que el concepto de ciencia de Mach era "la expresión del máximo de conocimientos con el mínimo de esfuerzo". Pero si las hipótesis y teorías científicas sólo funcionan como "memoria technica", si sólo son instrumentos para generar conocimientos y no poseen realidad objetiva, resulta difícil concederles algún sentido o significado propio. Se trata de estrategias diseñadas para alcanzar objetivos que no sólo no las incluyen sino que las rebasan. No nos dicen nada respecto a la realidad sino que su mensaje se limita a señalar regularidades en nuestras sensaciones.
Mach sabía todo esto, pero también sabía otras cosas. En su tiempo se promulgó la teoría darwiniana de la evolución por medio de la selección natural. Ningún científico que se respetara podía mantenerse al margen de esta teoría, y Mach se tenía un enorme respeto. Por lo tanto, procedió a incorporar no sólo el lenguaje sino también las ideas de Darwin en su filosofía de la ciencia, señalando que puede suponerse que ciertas hipótesis o teorías científicas no se adapten satisfactoriamente a los hechos, mientras que otras sí lo hagan; la consecuencia natural sería que las hipótesis bien adaptadas a la realidad sobrevivieran y que las incongruentes con ella desaparecieran. Además, algunos pensamientos pueden estar más o menos adaptados a otros y cuando lo primero es lo que ocurre, el resultado es una buena teoría. De esta manera logró Mach reintroducir las hipótesis y teorías en su esquema positivista de la ciencia, después de haberlas expulsado con su rechazo inicial de la metafísica.
Sin embargo, con este giro biologista, Mach realmente cambió su esquema filosófico de la realidad: como positivista comtiano, su mundo estaba constituido nada más por sensaciones y las relaciones entre ellas, mientras que como positivista darwiniano, estaba aceptando que también existían pensamientos y "hechos", a los que las ideas podían estar más o menos adaptadas. Cohen ha señalado que esto nos permite distinguir a dos Mach, uno, el austero e inflexible fenomenólogo, nominalista y reduccionista, y el otro, el filósofo menos rígido y menos opuesto al sentido común, que aceptaba hipótesis y teorías, junto con un mundo real más allá de las sensaciones que produce.
Finalmente, conviene señalar otro aspecto de la filosofía de la ciencia de Mach directamente relacionado con su concepto del método científico. Me refiero a los llamados Gedankenexperimenten o "experimentos mentales", que en los escritos de Mach desempeñan un importante papel. Como investigador activo, Mach sabía muy bien que ni él ni sus colegas científicos llegaban a sus laboratorios a hacer experimentos sin ideas preconcebidas, sino todo lo contrario; los experimentos eran la etapa final de un proceso largo y cuidadoso de análisis conceptual, de clarificación de las ideas, de diseño de distintas opciones y de selección de las más viables por medio de confrontaciones con ciertas circunstancias críticas generales. Sólo al final de este proceso, cuando ya no es posible distinguir entre varias hipótesis para explicar un fenómeno dado, en función de la información conocida, se procede a diseñar un experimento cuyo resultado permita tal distinción. A toda la parte teórica de este proceso es a lo que Mach llamaba "experimentos mentales", señalando además que tenían un elevado valor pedagógico y que su costo era mínimo. En años ulteriores, el concepto de "experimento mental se ha hecho menos amplio y dentro de toda esa actividad teórica se ha intentado separar de la definición de conceptos, de la generación de hipótesis y de su análisis comparativo, quedando reducido el "experimento mental" a las preguntas y las respuestas teóricas (estas últimas basadas en información existente) que permiten descartar una o más de las hipótesis propuestas para explicar una relación entre dos o más hechos, o la existencia de un fenómeno. En condiciones ideales (o por lo menos favorables), después de realizado un "experimento mental", el siguiente paso sería un "experimento crucial", o sea un diseño de manipulación de la naturaleza cuyo resultado permitiría discriminar entre las hipótesis que no pudieron distinguirse por medio del "experimento mental". Los "experimentos mentales" son episodios de cerebración, que pueden llevarse a cabo en posición supina en el dormitorio o (mejor aún) en la playa, con los ojos entrecerrados y con mínimo ejercicio muscular, mientras que los "experimentos cruciales" son manipulaciones de la naturaleza que sólo pueden realizarse en el laboratorio o en el campo, casi siempre en posición erecta o sentada, con los ojos bien abiertos y con un gasto de energía física que oscila entre moderado y exhaustivo.
Seguramente que Charles Peirce (1839-1914) se hubiera opuesto a ser considerado como positivista, y no es remoto que hubiera tenido razón. Porque para un personaje tan complejo y tan cambiante a través de su larga y activa vida, una sola categoría filosófica es demasiado poco. Peirce nació en Cambridge, Massachusetts, hijo del profesor "Perkins" de matemáticas y astronomía de la Universidad de Harvard, y el matemático norteamericano más distinguido de su tiempo. Como era de esperarse, desde temprano el joven Peirce mostró gran facilidad y afición por las matemáticas la fisica y la química, en la que se graduó cum laude en 1863, a los 24 años de edad. Los siguientes 15 años los pasó como astrónomo en el observatorio de Harvard y como físico en una oficina técnica del gobierno de su país (de la que su padre era jefe); a partir de 1866 empezó a publicar trabajos sobre lógica y filosofía de la ciencia. En 1879 fue nombrado conferencista de lógica en la nueva universidad Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland. En ese ambiente académico permaneció por cinco años, al cabo de los cuales lo abandonó; tres años más tarde recibió una cuantiosa herencia, con la que se retiró a Milford, Pennsylvania, donde vivió más o menos aislado los últimos 27 años de su vida. Aunque se casó dos veces, no tuvo hijos. Aparentemente Peirce tenía un carácter difícil y un estilo de vida desordenado, por lo que fue rechazado socialmente por los puritanos de Nueva Inglaterra, aunque le reconocieron su eminencia filosófica, al grado de que en vida se transformó en una leyenda que ocasionalmente llegaba a Harvard y daba conferencias sobre lógica y filosofía con gran éxito. La quiebra bancaria de 1893 lo arruinó, tuvo que vender todas sus propiedades pero todavía quedó endeudado por el resto de su vida, y a partir de 1905, a los 66 años de edad, vivió de la caridad pública. En 1907 William James presidió una colecta para proporcionarle un apoyo económico mínimo, que lo ayudó a resolver las necesidades más elementales hasta su muerte, ocurrida en la primavera de 1914.

Charles Sanders Peirce (1839-1914).
Considerando la amplitud y variedad de sus intereses, Peirce seguramente fue el último aspirante al título de Leonardo, de ciudadano universal de la cultura: escribió sobre lógica, epistemología, semiótica, el método científico, metafísica, cosmología, ontología, ética, estética, fenomenología, religión y especialmente sobre matemáticas. En estas líneas sólo prestaremos atención a sus comentarios sobre el método científico, no sólo por su conexión con el positivismo tradicional sino también por sus compromisos con el mundo capitalista actual. Conviene señalar que las ideas de Peirce sobre la estructura de la ciencia y su metodología fueron cambiando a lo largo de los años; al principio de su carrera fue kantiano y al final terminó siendo el fundador del pragmatismo. Su interés central fue siempre la lógica, por medio de la que intentó desarrollar un método científico que fuera común a todas las ciencias, o por lo menos un procedimiento para generar hipótesis. Peirce distinguía tres formas diferentes de razonamiento o "inferencia" usadas habitualmente en la ciencia: deducción, inducción e hipótesis. Peirce bautizó al proceso mental por medio del que se generan hipótesis como "retroducción" o "abducción", y postuló que su lógica no podía separarse de la forma como se pondría a prueba y que está implícita en su formulación, o sea la manera como sería capaz de explicar los hechos para cuya explicación se propone. Para presentar una hipótesis es necesario que sus consecuencias se deduzcan y se pongan a prueba. Es en estos tres pasos sucesivos (abducción o retroducción de una hipótesis, deducción de sus consecuencias y pruebas que se realizan) en los que se basa el método científico de Peirce, aunque desde luego el más importante para él y para nosotros es el primero, o retroducción. Pero respecto al procedimiento mismo para generar hipótesis, a la lógica del descubrimiento científico, Peirce no dice nada concluyente; cuando más, ofrece razones para que ciertas hipótesis se prefieran sobre otras. En sus primeras formulaciones, Peirce sugirió que la lógica de la retroducción tenía un elemento ético, en vista de que es:
[...] la teoría del razonamiento correcto, de lo que el razonamiento debería ser, no de lo que es... no es [la lógica] la ciencia de cómo pensamos, sino de cómo deberíamos pensar... para que pensemos lo que es cierto.
Peirce también insistió, de acuerdo con los positivistas, en que las hipótesis debían poderse poner a prueba experimentalmente, y que tal cosa, ahora en desacuerdo con los positivistas, debería hacerse con la mayor economía, no sólo de ideas sino también de trabajo, de tiempo y de recursos materiales. Aquí Peirce le concedía importancia a factores socioeconómicos en la estructura misma del conocimiento, lo que Mach nunca hubiera aceptado. Pero además, Peirce tenía un concepto más amplio que los positivistas de significado de las pruebas experimentales, que para estos últimos deberían ser objetivas y directas, mientras que para Peirce las demostraciones indirectas también eran igualmente aceptables. Finalmente, Peirce introdujo el pragmatismo como un elemento nuevo en el método científico, insistiendo en la importancia de las consecuencias prácticas de todo el proceso. En sus propias palabras:
La única forma de descubrir los principios sobre los que debe basarse la construcción de cualquier cosa es considerando qué es lo que se va a hacer con ella una vez que esté construida.
Manuscrito de un artículo original de Peirce.
Es importante examinar, aunque sólo sea de pasada, el concepto pragmático de la verdad. Si en un momento determinado dos hipótesis distintas, ambas generadas para explicar un mismo grupo de fenómenos, no pudieran distinguirse en función de sus capacidades predictivas en la práctica, las dos deberían considerarse igualmente ciertas. Esto es precisamente lo que ocurrió en Europa durante el siglo XVI cuando la teoría geocéntrica de Ptolomeo y la heliocéntrica de Copérnico servían para ayudar a la navegación marítima con igual eficacia, por lo que ambas podían haber sido declaradas como verdaderas desde ese punto de vista; en cambio, con la introducción del telescopio la utilidad práctica de la hipótesis de Copérnico superó a la de Ptolomeo, por lo que a partir de ese episodio la verdad ya nada más le correspondió a Copérnico. De igual forma ocurrió en el siglo XIX con las teorías contagionista y anticontagionista de la fiebre amarilla: ambas tenían consecuencias prácticas de valor no sólo médico y filosófico sino también económico, en vista de que decidían la viabilidad y la extensión de las facilidades comerciales entre los distintos países, debido a las famosas cuarentenas portuarias. La información objetiva que existía en este campo hasta antes de Pasteur y Koch se podía explicar en forma igualmente satisfactoria (o insatisfactoria) por las dos teorías, que postulaban hechos diametralmente opuestos; sin embargo, con el descubrimiento del papel patógeno de los agentes microbianos, la teoría anticontagionista dejó de ser verdad y le cedió todo el campo a la teoría microbiana de la enfermedad.
De lo anterior se desprende que el pragmatismo, además de tener fuertes relaciones con el instrumentalismo, también está emparentado de cerca con el relativismo, una corriente filosófica antigua pero que en el campo de la ciencia es relativamente reciente y ha tenido un impacto importante, sobre todo a partir de los trabajos de Kuhn. Pero el pragmatismo también tiene elementos positivistas, que ya hemos señalado y que explican su inclusión en este capítulo. Todas estas influencias e interacciones entre las distintas "escuelas" mencionadas son convenientes en teoría pero falsas (o mejor aún, parciales y artificiales) en la realidad. Los científicos y filósofos cuyos pensamientos y contribuciones hemos mencionado no se preocuparon por mantenerse dentro de esquemas que posteriormente resultaran cómodos a los historiadores, sino que pensaron y argumentaron según su época y su leal saber y entender. Somos nosotros, sus estudiantes e intérpretes, los que intentando comprenderlos mejor, tratamos de encasillarlos en compartimentos más o menos rígidos; la medida en que nuestros esquemas se apartan de la perfección teóricamente anticipada no es sólo reflejo de nuestra incapacidad sino también del grado en que las distintas casillas se superponen.
En relación con los aspectos prácticos, la lógica es la cualidad más útil que pueden poseer los animales y, por lo tanto, debe haberse derivado de la acción de la selección natural.
El darwinismo prevaleció como filosofía en los últimos escritos de Peirce, quien señaló:
En años posteriores, Peirce consideró cuatro métodos por los que se pueden "fijar las creencias": 1) tenacidad, o sea creyendo lo que se quiere creer, 2) autoridad, aceptando que el Estado (o cualquier otra estructura de poder) controle las creencias; 3) el método a priori, en el que las conclusiones se alcanzan racionalmente; 4) el método científico. En términos generales, la evolución del pensamiento humano habría progresado a partir de las ideas prefilosóficas primitivas a las especulaciones autoritarias de la Edad Media, de ahí al racionalismo europeo tipificado por Descartes, para finalmente alcanzar su último desarrollo, las teorías científicas de Peirce. Pero no se detuvo ahí, porque de la misma manera que Mach, Peirce aceptó el marco darwiniano para reformular sus ideas, que de esa manera confirmaron una de sus propiedades más valiosas: su capacidad para reconformarse siguiendo la nueva información. De acuerdo con Aristóteles y con Santo Tomás de Aquino, pero por razones muy distintas, Peirce aceptó la existencia de una afinidad especial entre el hombre y la naturaleza, lo que explicaría que a través del tiempo el ser humano hubiera ido adquiriendo progresivamente cierta capacidad o aptitud especial para seleccionar, del universo de todas las hipótesis posibles, las mejores para explicar un fenómeno dado.
Para justificar el razonamiento inductivo, Peirce se adhirió al realismo epistemológico, que postula la existencia independiente de los objetos estudiados por la ciencia. Las ideas o conceptos sólo tendrían significado si eran capaces de producir efectos experimentados en condiciones controladas. En escritos previos, Peirce había señalado que la esencia de cualquier idea era la creación de un hábito específico, de modo que cuando dos ideas en apariencia distintas resultaban en el mismo hábito, o sea que disipaban la misma duda por medio de la misma acción, en realidad no eran esencialmente diferentes, aun cuando se expresaran de manera muy disímbola. Para determinar el significado de alguna idea, lo que debe hacerse es:
...determinar los hábitos que produce, porque el significado de una cosa es simplemente los hábitos que causa. Ahora bien, la identidad de un hábito depende de cómo nos lleve a actuar no sólo en circunstancias comunes sino en cualquiera que pudiera ocurrir, aunque fuera la más improbable. Lo que el hábito es depende de cuándo y cómo nos induce a actuar. En relación con el cuándo, cada estímulo para actuar se deriva de una percepción; en referencia al cómo, cada propósito de actuar es producir algún resultado sensible. De esta manera llegamos a que lo tangible y práctico es la raíz de todas las diferencias verdaderas en el pensamiento, no importa qué tan sutiles sean, y no existe una distinción de significado tan fina que no sea otra cosa que una diferencia posible en la práctica.
Aceptar que un cuerpo es blando es lo mismo que decir que otros cuerpos lo rasguñan, lo cortan o lo deforman; en otras palabras, las cualidades de los objetos se transforman en relaciones entre los objetos. Para Peirce, las consecuencias derivadas de las acciones basadas en una idea no determinan su significado, sino que éste más bien depende de las proposiciones que relacionan las consecuencias mencionadas con las circunstancias en que ocurren; en otras palabras, el significado de una idea está contenido en proposiciones de la forma "si X, entonces Y", o sea que relacionan operaciones en el objeto de la idea con efectos experimentados por el investigador o filósofo.
En su magnífico libro sobre la evolución histórica de la filosofía de EUA, Kuklick señala que la salida de Peirce de la Universidad Johns Hopkins significó su aislamiento progresivo del ambiente académico, y aunque el filósofo continuó trabajando y modificando su sistema, al final la inevitable combinación de los años + la soledad terminaron por hacer sus ideas primero desconocidas (aparte de unos cuantos artículos en revistas periódicas, no publicó nada en los 30 años que sobrevivió después de salir de la Universidad Johns Hopkins), después oscuras y difíciles, y finalmente anacrónicas. Kuklick termina su examen de la vida y filosofía de Peirce con el siguiente párrafo:
Esos fueron los costos, para Peirce y para la filosofía norteamericana, de su salida de Hopkins. Murió al iniciarse la primavera de 1914, un extraño recluso, en un cuarto oscuro y sin calefacción de Arisbe (su casa en Milford), mientras seguía buscando, como los antiguos filósofos griegos, el Arché, el Principio, el Origen de las cosas.
Uno de los libros más importantes que he leído sobre filosofía de la ciencia es una antología de ciertos escritos de Henri Poincaré, tomados sobre todo de dos de sus obras fundamentales (La science et l'hypothese, Flammarion, París, 1902, y Science et Méthode, Flammarion, París, 1908). Esta antología se publicó en México en 1964 por la UNAM, con una espléndida y muy aceptable introducción de Eli de Gortari (reimpresa en 1984), y en 1981 por CONACyT, con el extenso y un tanto técnico prólogo de Jean Dieudonné; ambas ediciones carecen de índices de autores y de materias. Henri Poincaré (1854-1912), matemático y filósofo francés, nació en el seno de una distinguida familia de Nancy; su primo hermano Raymond fue primer ministro y presidente de la Tercera República Francesa. Aunque las primeras aficiones de Poincaré fueron la historia y los clásicos, a los 15 años de edad ya estaba interesado en las matemáticas; sin embargo, cuando se presentó al examen final del bachillerato de ciencias casi lo reprueban porque fracasó en la prueba escrita de matemáticas, que consistía en la suma de los términos de una progresión geométrica, campo en el que años más tarde hizo importantes contribuciones originales. Estudió ingeniería de minas y, por su parte, matemáticas, y en ambas obtuvo la licenciatura con un año de diferencia. En 1879 se doctoró en matemáticas en la Facultad de Ciencias de la Universidad de París, y después de un intervalo de seis meses, en que trabajó como ingeniero de minas, ingresó como profesor de matemáticas en la Universidad de Caen. Su prestigio creció de manera efervescente, sobre todo después de haber conquistado una mención honorífica en el concurso para otorgar el Gran Premio de Matemáticas, convocado por la Academia de Ciencias en 1880, de modo que en 1881 fue llamado como profesor a la Facultad de Ciencias de París, en donde apenas cinco años más tarde fue designado profesor titular de la cátedra de física matemática y cálculo de probabilidades. Este meteórico ascenso académico debido a la calidad de sus contribuciones científicas, le permitió ingresar como miembro a la Academia de Ciencias en 1887, cuando todavía no cumplía 33 años de edad. A partir de entonces y por los siguientes 25 años Poincaré trabajó con una energía y originalidad prodigiosas, publicó más de 1500 artículos científicos y más de 30 monografías, dictó incontables conferencias en Europa, Rusia y América, recibió todos los honores posibles en su tiempo para los matemáticos, fue presidente de numerosos congresos internacionales, en 1906 ocupó la presidencia de la Academia de Ciencias de París y en 1908 ingresó como miembro de la Academia Francesa, en sustitución del poeta Prudhomme. De Gortari nos dice:
En 1900, al celebrarse la Exposición Internacional de París, Poincaré dio muestras de la intensidad de sus actividades. Así, dictó tres conferencias de gran importancia en el lapso de 15 días. La primera sobre la función de la intuición y de la lógica en las matemáticas, en el Segundo Congreso Internacional de Matemáticas, que él presidía. La segunda sobre los principios de la mecánica, en el Primer Congreso Internacional de Filosofía. Y la tercera acerca de las relaciones entre la física experimental y la física matemática, en el Primer Congreso Internacional de Física.
 Henri Poincaré (1854-1912).
La vida familiar de Poincaré fue tranquila y feliz. Se casó una sola vez, con una bisnieta del biólogo Geoffroy-Saint-Hillaire, con la que tuvo cuatro hijos. Su familia lo apoyó en su trabajo con gran cariño y eficiencia, lo que no pocas veces fue afortunado, pues a pesar de su prodigiosa y legendaria memoria, era terriblemente distraído. Murió repentinamente, seis días después de una intervención quirúrgica poco importante, a los 58 años de edad.
Frontispicio del libro Filosofía de la ciencia, de Henri Poincaré, publicado por el CONACyT en 1981.
La contribución de Poincaré a la filosofía de la ciencia pertenece a la tradición positivista de Mach: además, el matemático francés reconoce su deuda con Kant, lo que no es de extrañar, dado su interés en el carácter estrictamente formal de las teorías en la física. Poincaré muestra poca preocupación por los problemas epistemológicos que subyacen la validez y la aceptabilidad de las teorías, aunque dedicó algunas páginas a la psicología del descubrimiento científico, que por cierto se encuentran entre las más citadas (aunque no necesariamente las más leídas) de toda su interesante contribución en este campo. Para Poincaré, el método científico se basa en la existencia de un orden general en el universo que es independiente del hombre y de su conocimiento; esto es lo que distingue a la ciencia de las matemáticas, que simplemente postulan la capacidad de la mente humana para realizar ciertas operaciones. La meta del científico es descubrir y entender todo lo que pueda del orden universal postulado, aceptando que la certeza de su universalidad es inalcanzable; de hecho, el progreso de la ciencia no es otra cosa que la extensión progresiva de los límites del conocimiento del orden universal. El descubrimiento de los hechos depende de la observación y de los experimentos, pero éstos a su vez dependen de la selección realizada por los científicos, quienes no pueden observar y experimentar todo simultáneamente. Existe un criterio de selección, que no es ni de utilidad práctica ni de valor moral, sino simplemente de probabilidad: el hombre de ciencia escoge observar y experimentar aquello que tiene la mayor probabilidad de repetirse, o sean las configuraciones relevantes con el menor número de componentes. Poincaré reconoció que el conocimiento previo o costumbre también contribuye a la calificación de un fenómeno determinado como simple o complejo, pero a pesar de haber señalado claramente que estos dos distintos conceptos de simplicidad (número mínimo de elementos constitutivos y familiaridad previa) son diferentes, declinó internarse en un estudio más detallado del problema.
Para Poincaré, los objetos eran grupos de sensaciones "unidas por una liga permanente", que es el objetivo o campo de estudio de la ciencia. Nuestros sentidos registran todo lo que existe relacionado en el mundo; la ciencia no nos enseña la verdadera naturaleza de las cosas sino sólo las relaciones que existen entre ellas. El resultado de la investigación científica no es un retrato del contenido de la naturaleza, sino de sus interrelaciones; por ejemplo, lo que nos revela la teoría de la luz no es la esencia de este fenómeno sino la naturaleza y extensión de las relaciones de la luz con otros hechos o procesos, al margen de lo que la luz es.
De acuerdo con Poincaré, las matemáticas y la ciencia comparten sus métodos de descubrimiento pero difieren en sus técnicas de confirmación; este punto de vista se sustenta en la comparación de la geometría con la ciencia (también en este caso, como en la mayoría, la ciencia = la física). El ámbito de la geometría no es el de la ciencia, en vista de que es perfectamente posible manipular objetos de tal manera que dos de ellos, idénticos a un tercero, no lo sean entre sí. El divorcio entre la exactitud matemática y la realidad llevó a Poincaré a postular que los axiomas geométricos no son ni verdades a priori ni hechos experimentales, sino que simplemente son verdades disfrazadas, o mejor aún, convenciones. No se trata de postulados arbitrarios, en vista de que se apoyan en observaciones, experimentos y el principio de la no contradicción; de todos modos, no pertenecen a la polaridad verdadero-falso. Se aceptan porque en ciertas circunstancias contribuyen a establecer la configuración verdadera de la realidad. Para la mayor parte de los propósitos, la geometría euclideana es la más conveniente; pero como todos sabemos, no es la única que existe. Además, no es posible ofrecer apoyo experimental ni para la geometría euclideana ni para ninguna de las otras, porque los experimentos sólo se refieren a las relaciones entre los cuerpos y no a las relaciones entre los cuerpos y el espacio, o entre dos o más partes del espacio entre sí. Poincaré sostuvo que las ciencias físicas contienen, además de elementos matemáticos, hipotéticos y experimentales, otros más de tipo convencional, lo que había pasado inadvertido para la mayor parte de los científicos; por ejemplo, el principio de la inercia, según el cual en ausencia de alguna fuerza un cuerpo sólo puede moverse a velocidad constante y en línea recta, no es ni a priori ni experimental sino que se ha convertido en una definición y por lo tanto no puede refutarse por medio de experimentos. Las conclusiones científicas son siempre más o menos convencionales, en vista de que siempre hay hipótesis alternativas y lo que el investigador hace es escoger la más económica, pero como no existe manera de saber si las propiedades cualitativas de la hipótesis seleccionada corresponden a la realidad, no tiene sentido que la considere como "verdadera".
En las ciencias físicas, de acuerdo con Poincaré, hay dos clases de postulados: las leyes, que son resúmenes de resultados experimentales y se verifican de manera aproximada en sistemas relativamente aislados, y los principios, que son proposiciones convencionales de máxima generalidad, rigurosamente ciertas y más allá de toda posible verificación experimental, ya que por razones de conveniencia así se han definido. Por lo tanto, como la ciencia no consiste solamente de principios no es totalmente convencional; se inicia con una conclusión experimental o ley primitiva, que se divide en un principio absoluto o definición, y una ley que puede revisarse y perfeccionarse. El ejemplo que da Poincaré es la proposición empírica: "Las estrellas obedecen la ley de Newton", que se desdobla en la definición, "La gravitación obedece la ley de Newton", y en la ley provisional, "La gravitación es la única fuerza que actúa sobre las estrellas". La gravitación es un concepto ideal inventado, mientras que la ley provisional es empírica y no convencional puesto que predice hechos verificables. Otro ejemplo es la ley de la conservación de la energía, que es completamente convencional porque lo que hace es definir el concepto de energía. La predicción implica generalización, y ésta a su vez requiere idealización. De esta manera Poincaré se opuso a los principios a priori postulados por Kant y Whewell, así como a la idea de Mill, de que los axiomas geométricos son proposiciones de carácter empírico.
Uno de los episodios más famosos en la historia de la ciencia, y que los popperianos citan infaliblemente, es el relato de Poincaré sobre sus vanos descubrimientos matemáticos en forma de ideas de aparición súbita y sin conexión con sus actividades o pensamientos del momento, aunque casi siempre habían sido precedidas por un periodo previo de intenso trabajo en el problema, también casi siempre infructuoso. El relato es compatible con la teoría de la retroducción de Peirce, sobre todo porque introduce el concepto de un "ego subliminal" que se encarga de continuar el trabajo hasta que se encuentra la solución al problema y surge con ella a la conciencia. Pero aunque un positivista estricto como Mach hubiera rechazado al "ego subliminal" como un ente metafísico, el convencionalismo de Poincaré se acerca mucho al instrumentalismo y al pragmatismo, que como ya hemos mencionado, están relacionados muy de cerca con el positivismo.
VI. EL POSITIVISMO LÓGICO: WITTGENSTEIN, CARNAP Y EL CÍRCULO DE VIENA. REICHENBACH Y LA ESCUELA DE BERLÍN
LA ESCUELA filosófica cuya contribución al método científico vamos a examinar en este capítulo fue bautizada por Blumberg y Feigl como positivismo lógico, aunque también se conoce como empirismo lógico, empirismo científico o neopositivismo lógico; el término positivismo lógico también se usa, aunque incorrectamente, para referirse a la filosofía analítica o del lenguaje, desarrollada sobre todo en Inglaterra después de la segunda Guerra Mundial. Los prolegómenos de lo que 15 años más tarde se inauguraría como el Círculo de Viena datan de 1907, cuando un físico, Philipp Frank, un matemático, Hans Hahn, y un economista, Otto Neurath, empezaron a reunirse para discutir temas de filosofía de la ciencia. Se consideraban herederos de la tradición empirista vienesa del siglo XIX, íntimamente relacionada con el empirismo inglés, que había culminado con la postura rigurosamente antimetafísica y positivista de Ernst Mach. Sin embargo, no estaban satisfechos con la participación adjudicada por Mach a la física, las matemáticas y la lógica en la ciencia, sino que se inclinaban más en dirección del pensamiento de Poincaré, aunque sin abandonar la doctrina fundamental de Mach, que consideraba a la ciencia como la descripción de la experiencia. Cuando en 1922 Moritz Schlick fue invitado a Viena a desempeñar la cátedra de historia y filosofía de las ciencias inductivas (la misma que había impartido Mach hasta 1901), las reuniones se hicieron cada vez más regulares y el grupo fue aumentando en número y en variedad de miembros.
Otto Neurath (1882-1945).
En 1926 Rudolf Carnap se incorporó a la Universidad de Viena como instructor de filosofía y permaneció ahí por cinco años, asistiendo regularmente a las reuniones, hasta que fue llamado a la Universidad de Praga. Tanto Schlick como Carnap eran físicos, el primero discípulo de Max Planck y el segundo de Gottlob Frege, pero ambos habían derivado sus intereses hacia la filosofía de la ciencia, influidos por las ideas de Mach. No es de extrañar, pues, que en 1928 el grupo se haya constituido formalmente en la "Ernst Mach Verein", o sea la "Sociedad Ernst Mach'', definiendo sus objetivos como la propagación y progreso de una visión científica del mundo y la creación de los instrumentos intelectuales del empirismo moderno. En 1929, para conmemorar el regreso de Schlick a Viena, que había pasado una temporada como profesor visitante en EUA, el círculo preparó un escrito en forma de manifiesto, titulado: "La visión científica del mundo: el Círculo de Viena", en donde se define el movimiento filosófico y se identifican sus orígenes en positivistas como Hume y Mach, metodólogos como Poincaré y Einstein, lógicos como Leibniz y Russell, moralistas como Epicuro y Mill, y sociólogos como Feuerbach y Marx. En el apéndice de este manifiesto aparecen los miembros del Círculo de Viena, que entonces eran catorce:
GUSTAV BERGMANN, filósofo y matemático

RUDOLF CARNAP, físico y filósofo

HERBERT FEIGL, filósofo

PHILIPP FRANK, físico

KURT GÖDEL, matemático

HANS HAHN, matemático

VIKTOR KRAFT, historiador y filósofo
KARL MENGER, matemático
MARCEL NATKIN, matemático
OTTO NEURATH, sociólogo
OLGAHAHN-NEURATH, matemática
THEODOR RADAKOVIC, filósofo
MORITZ SCHLICK, físico y filósofo
FRIEDRICH WAISMANN, filósofo
Moritz Schlick (1882-1936).
Además, aparecen otros diez personajes identificados como simpatizadores, entre ellos Alfred J. Ayer y Frank P. Ramsey, filósofos ingleses, Hans Reichenbach y Kurt Grelling, de Berlín y otros más. Los tres "principales representantes de la concepción científica del mundo" son identificados como Albert Einstein, Bertrand Russell y Ludwig Wingenstein.
Aunque posteriormente se agregaron al Círculo de Viena otros miembros, como el abogado Félix Kaufmann, los matemáticos Karl Menger y Kurt Reidemeister, y el filósofo Edgar Zilsel, durante su breve existencia el Círculo conservó un tamaño minúsculo, nunca mayor de 20 a 25 miembros. Sin embargo, su impacto internacional fue de gran trascendencia, no sólo en Europa sino en todo el mundo, gracias a su prodigiosa productividad original: de 1928 a 1938 publicó una serie de monografías (atribuidas los primeros seis años a la "Ernst Mach Verein", y editadas por Neurath los últimos cuatro años), en 1930 tomó posesión de la famosa revista Annalen der Philosophie y la transformó en Erkenntnis ("Conocimiento"), que funcionó como la voz de los miembros del Círculo de Viena y de sus partidarios hasta 1938, cuando se mudó a La Haya y cambió de nombre, a Journal of Unfied Science, que conservó hasta su interrupción, dos años después. En cambio, el impacto del Círculo de Viena en la filosofía alemana de su tiempo y de la posguerra fue mínimo; con excepción del grupo de Berlín y de Heinrich Scholz, de Münster, la reacción fue de un persistente y ominoso silencio. Aunque la explicación de este interesante fenómeno social y cultural seguramente es múltiple, creo que es posible identificar por lo menos dos factores que seguramente contribuyeron de manera importante a su génesis: 1) el Círculo de Viena prefirió dejar de lado el movimiento filosófico alemán más original y poderoso de principios del siglo XIX, conocido y aceptado como la Naturphilosophie, de hecho, la Naturphilosophie era precisamente lo que el positivismo lógico combatía, el obstáculo que debería eliminarse para poder aspirar a un conocimiento real de la naturaleza; 2) casi todos los miembros del Círculo de Viena eran judíos, lo que a partir de los años treinta se transformó, no sólo en Viena sino en otras muchas partes de Europa, en un problema de sobrevivencia. De cualquier manera, en esa década el Círculo se desintegró y dejó de funcionar. En 1931 Carnap se mudó de Viena a Praga y Feigl se fue primero a Iowa y después a Minnesota; Hahn murió en 1934; en 1936 Schlick fue asesinado por un estudiante loco en las escaleras de la Universidad de Viena, y Carnap emigró a EUA, seguido por Feigl, Gödel, Menger, Kaufmann y Ziegel; Neurath y Waismann se refugiaron en Inglaterra. La «Ernst Mach Verein" fue legalmente disuelta en 1938 y a partir de esa fecha la venta de sus publicaciones quedó formalmente prohibida en Alemania.
En los breves años en que funcionó el Círculo de Viena, dos personajes de gran interés para nuestra historia, Ludwing Wittgenstein y Karl Popper, vivieron en esa ciudad y tuvieron relaciones cercanas con algunos de sus miembros, aunque no formaron parte del círculo ni asistieron a sus famosas reuniones de los jueves en la noche. Los amigos de Wittgenstein eran Schlick y Waismann, pero la influencia más profunda la ejerció Wittgenstein en el Círculo de Viena a través de su Tractatus Logico-Philosophicus.
Uno de los filósofos más importantes de este siglo, pero también uno de los más difíciles de entender, fue Ludwig Wittgenstein (1889-1951) quien nació en Viena, en una familia de amplios recursos; su padre era una figura importante en la industria del hierro y acero del Imperio austro-húngaro. Aunque los Wittgenstein eran de ascendencia judía, el abuelo se convirtió al protestantismo, la madre del filósofo era católica y lo bautizó en esa Iglesia. La familia entera tenía gran afición por la música; todos los hijos (fueron ocho) tocaban algún instrumento, un hermano del filósofo fue pianista y el mismo Ludwig tocaba el clarinete; Johannes Brahms era un amigo cercano de la familia. Wittgenstein fue educado en su casa hasta los 14 años de edad, y por tres años más en una escuela en Linz. A continuación estudió ingeniería en la Escuela Politécnica de Berlín, y dos años después aeronáutica en la Universidad de Manchester, en donde permaneció por tres años. Fue en este periodo en que sus intereses poco a poco se fueron desviando del diseño de una hélice (que es un problema fundamentalmente matemático) a las matemáticas puras, y de ahí a los fundamentos de las matemáticas. Se dice que cuando solicitó literatura en este campo se le recomendó el libro de Bertrand Russell Los principios de las matemáticas que había aparecido en 1903 y que de ahí surgió su interés en examinar los trabajos de Frege, su decisión de abandonar sus estudios de ingeniería, y su deseo de ir a Jena a discutir sus planes con el propio Frege. El lógico alemán le aconsejó que fuera a Cambridge y estudiara con Russell, y Wittgenstein siguió su consejo.
Ludwig Wittgenstein (1889-1951).
En Cambridge, Wittgenstein encontró una atmósfera de gran actividad intelectual. En la década que precedió a la primera Guerra Mundial, Russell y Whitehead publicaron su Principia Mathematica, mientras que el filósofo más influyente era George E. Moore. Wittgenstein se hizo pronto amigo de Russell, y lo mismo ocurrió con Moore y con Whitehead, así como con Keynes el economista, Hardy el matemático y otros talentos semejantes. Wittgenstein permaneció en Cambridge casi dos años, y a fines de 1913 se fue a vivir a Noruega, en una cabaña que se construyó él mismo, en un sitio completamente aislado. Al estallar la guerra ingresó como voluntario al ejército austriaco y peleó hasta 1918, en que cayó prisionero de los italianos. Durante todo el tiempo que estuvo en el frente siguió trabajando en los problemas de filosofía que lo habían ocupado en Cambridge y en Noruega, y en agosto de 1918 había terminado de escribir su libro Logisch-philosophische Abhandlung (mejor conocido por su titulo en latín, Tractatus Logico-Philosophicus, sugerido por Moore), de modo que cuando fue capturado llevaba el manuscrito en su mochila. Gracias a la ayuda de Keynes, logró enviarle una copia a Russell desde el campo de concentración donde estaba prisionero, cerca de Monte Cassino, en el sur de Italia; también le mandó copia a Frege.
Poco menos de un año más tarde, cuando los italianos lo liberaron, Wittgenstein buscó reunirse con Russell para discutir su libro con él, pero como no tenía dinero para viajar hasta Inglaterra, Russell obtuvo recursos para el viaje vendiendo unos muebles que Wittgenstein había dejado en Cambridge. Los muebles no deben haber valido mucho, porque la reunión no se llevó a cabo en Inglaterra sino en Amsterdam. La pobreza de Witgenstein se debía a que, convencido por sus lecturas de Tolstoi de que no debería poseer ni disfrutar riqueza, se había deshecho de la considerable fortuna que heredó a la muerte de su padre, en 1912. Wittgenstein convenció a Russell de que escribiera un prólogo a su libro, que primero se publicó en alemán (sin la introducción de Russell) en 1921, y al año siguiente en inglés. Como Wittgenstein pensaba que ya había resuelto todos los problemas más importantes de la filosofía (lo dice en el prefacio del Tractatus), decidió dedicarse a otra actividad y escogió la de profesor de primaria. En 1919 asistió a una escuela normal vienesa (Lehrer bildungsanstalt), y de 1920 a 1926 fue profesor de escuela primaria en varios pueblitos en el sur de Austria. Su siguiente ocupación (que duró pocos meses) fue la de jardinero de un monasterio en Hüteldorf, cerca de Viena. A continuación, pasó dos años trabajando como arquitecto, ingeniero y decorador de una mansión que se construyó en Viena para una de sus hermanas. En esa misma ciudad, en 1928, Wittgenstein escuchó a Brouwer disertar sobre los fundamentos de las matemáticas, lo que debe haberlo impresionado profundamente, porque a principios de 1929 llegó a Cambridge y se matriculó como estudiante del doctorado en filosofía. Como su estancia previa en esa universidad llenaba los créditos requeridos, y su Tractatus (publicado ocho años antes) valía como tesis, Wittgenstein se graduó en junio de 1929. Un año después fue nombrado "Fellow" del Trinity College, y a partir de entonces permaneció en Cambridge hasta su muerte, con excepción de un año que volvió a pasar en su solitaria cabaña noruega (1936-1937). En 1939 Wittgenstein fue nombrado profesor de filosofía de la Universidad de Cambridge, pero poco antes de que ocupara su puesto estalló la segunda Guerra Mundial y Wittgenstein trabajó primero como camillero en el Hospital Guy's de Londres y después como técnico en un laboratorio médico en Newcastle. Al terminar la guerra regresó a Cambridge pero sólo por dos años, ya que en 1947 renunció a seguir siendo profesor, para dedicar todo su tiempo a la investigación filosófica.
De acuerdo con su costumbre, primero se fue a vivir a una granja en Irlanda y después en una cabaña en la costa oeste del mismo país, pero en 1948 ya estaba residiendo en Dublín. Al año siguiente, Wittgenstein viajó a EUA para visitar algunos amigos, pero al regreso de este breve viaje se le diagnosticó un cáncer incurable. A partir de este momento Wittgenstein se quedó en Inglaterra, viviendo por temporadas con amigos en Cambridge y en Oxford. Murió en 1951, en Cambridge; sus últimas palabras fueron: "Diles que he vivido una vida maravillosa", pero el profesor Norman Malcolm, quien lo conoció íntimamente (fue uno de los amigos estadunidenses que Wittgenstein visitó en su último viaje a EUA) dice de esta última frase de Wittgenstein lo siguiente:
Cuando pienso en su profundo pesimismo, en la intensidad de sus sufrimientos mentales y morales, en la forma incansable en que estimuló su intelecto, en su necesidad de amor, junto con la rudeza con que lo rechazó, me inclino a creer que su vida fue forzosamente infeliz. Sin embargo, al final él mismo dijo que había sido "maravillosa". Para mí, este pronunciamiento es una expresión extrañamente emotiva y misteriosa.
El Tractatus ha sido muchas cosas diferentes para sus distintos lectores, pero para el Círculo de Viena representó uno de los textos fundamentales. Está escrito en forma de aforismos, numerados de acuerdo con un código especial: cada sección lleva un número (del 1 al 7), los comentarios sobre el primer aforismo se numeran 1.l, 1.2, etc., los comentarios sobre los comentarios 1.1.1., 1.1.2., 1.1.3., etc. Cada aforismo es un resumen supercondensado de conjuntos de ideas que Wittgenstein había anotado en sus cuadernos y que había ido integrando y sintetizando a través de varias (a veces muchas) formulaciones, de modo que a pesar de que el Tractatus es un esbelto librito de menos de 80 páginas, su lectura (requiere varias) cuesta muchas, pero muchas más horas de atención concentrada. Para nuestro interés, quizá lo mejor será iniciar un resumen de sus principales contribuciones al método científico con el último y más famoso aforismo del libro: "De lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio."
¿Qué quiere decir esta aseveración? Quiere decir que el mundo exterior existe como un grupo de hechos, que a su vez están constituidos cada uno por distintas configuraciones (Sachverhalten) cuyos componentes se representan por proposiciones elementales, lógicamente independientes entre sí. Cuando tratamos de describir el mundo en cualquier lenguaje, científico o no, surge la duda de si lo que decimos realmente corresponde a lo que el mundo es, o sea el serio problema de las relaciones entre el lenguaje y las configuraciones de la realidad que intenta describir. Lo que deseamos conocer es la verdadera naturaleza de tal correspondencia, pero estamos condenados a lograrlo de manera indirecta, porque sólo podemos expresarla por medio del lenguaje. Wittgenstein trató de hacerlo lo mejor que pudo por medio de la teoría, del lenguaje, como imagen. Según Von Wright,
Wingenstein me dijo cómo se le ocurrió la idea del lenguaje como una imagen de la realidad. Se encontraba en una trinchera en el frente oriental, leyendo una revista en la que había una representación esquemática de las secuencias de eventos posibles de un accidente automovilístico. La figura desempeñaba el papel de una proposición, o sea, de una descripción de las configuraciones posibles. Poseía tal función gracias a la correspondencia entre las partes de la imagen y las cosas reales. Fue aquí cuando se le ocurrió a Wittgenstein que la analogía podría invertirse y que decir que una proposición funciona como una imagen, en virtud de la correspondencia entre sus partes y la realidad. La manera como se combinan las partes de la proposición —la estructura de la proposición— describe una combinación posible de los elementos en la realidad, una posible configuración.
Buena parte del Tractatus se invierte en tratar de expresar la naturaleza de la relación entre el lenguaje y la realidad que describe, pero el libro termina sin haberlo logrado. Lo que Wittgenstein concluye es que tal relación existe pero no es lógicamente expresable; no se puede decir, pero si se puede mostrar, por medio del lenguaje interpretado como imágenes. Tal esfuerzo se conoce como filosofía, que por lo tanto no es una ciencia, en vista de que no nos dice nada acerca de las configuraciones que constituyen la realidad del mundo exterior. Para Wittgenstein, la filosofía es más bien una actividad, en lugar de ser un cuerpo de doctrina, y su objetivo es contribuir a aclarar las ideas. Desde luego, toda esta discusión se presenta por medio del lenguaje, lo que requiere definiciones y aclaraciones, otra vez expresadas por medio del lenguaje, y así ad infinitum. La conclusión es que en última instancia, lo que Wittgenstein trataba de comunicarnos no podía, per natura, hacerlo estrictamente explícito, o sea que el análisis filosófico no tiene sentido, porque lo que tiene que decir es inherentemente inexpresable. Las relaciones entre el mundo real y su descripción por medio del lenguaje no pueden expresarse en ese mismo lenguaje. De ahí que: "De lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio."
En su teoría del lenguaje como imagen, las proposiciones poseen una especie de estructura lógica que refleja la propia estructura lógica de la realidad, ya que se supone que tanto el lenguaje como el mundo comparten tal arquitectura. El lenguaje "ilustra" las configuraciones posibles en la naturaleza, y se dice que posee sentido o significado precisamente cuando hay la posibilidad de correlacionarlo con los hechos reales. La confrontación de las proposiciones con la realidad permite establecer si son verdaderas o falsas. Esto es lo más cerca que estuvo Wingenstein del "principio de la verificabilidad" que, como veremos en un momento, el Círculo de Viena le atribuyó. En cambio, sobre la posible relación causal entre diferentes configuraciones del mundo exterior, la postura de Wittgenstein era idéntica a la de Hume, ya que negaba cualquier conexión lógica entre ellas:
Es imposible hacer cualquier inferencia a partir de la existencia de una configuración determinada, sobre la existencia de otra configuración completamente distinta.
Frontispicio del libro Tractaus Logico-Philophicus, de Ludwing Wittgenstein, publicado por primera vez en 1921.
No existe conexión lógica alguna entre configuraciones diferentes, por lo que la inducción se reduce a una forma cómoda de proceder, compatible con la experiencia y basada en un principio de sencillez, pero sin validez lógica.
Esta postura tenía consecuencias importantes para la ciencia, en vista de que, en sentido lógico, sus leyes no son tales, sino más bien resúmenes condensados de la experiencia, capaces de describir los fenómenos que subentienden pero totalmente incapaces de explicarlos. Intentar explicar una ley científica por medio de otra ley, y así sucesivamente, es caer en una regresión infinita, por lo que los antiguos filósofos (según Wittgenstein) no estaban tan descaminados al asignarle la explicación última a una entidad final, Dios o el Destino, que no necesita explicación. Pero Wittgenstein fue más allá que Hume, insistiendo en que la ley de la causalidad no era una ley, sino más bien la forma de una ley; en otras palabras, el principio que dice: "Todo evento tiene su causa", no es empírico, no se deriva de la experiencia, no es una descripción de la naturaleza. La razón es que dos episodios del mismo evento que ocurren en momentos distintos siempre difieren entre sí en algo, por lo tanto, siempre deberán convocarse factores causales para explicar tales diferencias. La conclusión es que el principio de causalidad se reduce a una de las reglas que seguimos para hablar de la realidad; de ninguna manera implica que la naturaleza sea, realmente, causal.
Frontispicio del libro Ludwing Wittgenstein, A memoir, de Norman Malcom, publicado en 1958.
Wittgenstein ofreció una imagen muy esclarecedora (por lo menos, para mí) de sus ideas sobre el conocimiento científico de la realidad; me refiero a su ejemplo para interpretar la mecánica newtoniana:
Imaginemos una superficie blanca con manchas negras irregulares. Al margen de la imagen de conjunto que adopten, siempre podremos aproximarnos a ella con toda la exactitud que queramos cubriéndola con una malla tan fina como sea necesario y anotando en cada espacio si es blanco o negro. De esta manera habremos impuesto una estructura uniforme en la descripción de la superficie.
Naturalmente, también puede haber mallas de distintas medidas, con agujeros de formas diferentes, lo que correspondería a diversos tipos de descripciones teóricas: desde luego, se podría contemplar la superficie blanca con manchas negras irregulares a través de una malla "causal", lo que seguramente produciría una imagen muy distinta de la obtenida con una malla "acausal". De cualquier manera, la distribución de las manchas negras sobre la superficie blanca siempre tendrá una influencia determinativa sobre lo que se ve a través de las mallas, igual en importancia al tipo de malla que se utilice. En otras palabras, existen dos componentes esenciales en el conocimiento, el objetivo, que es el equivalente a la superficie blanca con las manchas negras, o sea la realidad (o el elemento a posteriori kantiano), y el subjetivo, que corresponde a la malla, o sea el sujeto que conoce (o el elemento a priori kantiano). Es claro que la superficie blanca con manchas negras nunca podrá ser vista en ausencia de alguna malla; la realidad tal cual es (la famosa Ding an sich kantiana) nos está vedada. Pero en cambio existe la posibilidad de que podamos aprender más acerca de la naturaleza investigando cuál tipo de malla (o de teoría científica) permite la descripción más simple.
Wittgenstein escribió otras obras, pero aparte del Tractatus y de un breve artículo ninguna más se publicó durante su vida. Sus tres libros póstumos (dos de ellos dictados durante sus conferencias como profesor de filosofía en Cambridge, el otro integrado por devotos alumnos a partir de sus desordenadas notas), son de interés menor para nuestro tema, excepto por un aspecto: en su Philosophical investigations ("Investigaciones filosóficas"), que tan mal le supo a Russell, Wittgenstein se abre a la sociología de la ciencia. A partir de que las proposiciones lógicas nos parecen válidas por razones "no lógicas" sino más bien por nuestra educación y medio cultural, de que las expresamos en un lenguaje que tiene sus propias reglas, que también se derivan de la práctica cotidiana, que nos ha enseñado que ciertas formas de expresión tienen sentido y otras no lo tienen, debe concluirse que el conocimiento científico reside, en última instancia, en la forma de la sociedad y en sus costumbres, especialmente en relación con el lenguaje. De manera que realmente el científico (y también el no científico) nunca "ve" pasivamente al mundo absorbiendo impresiones que posteriormente interpreta, como creían los empiristas y los positivistas, como Wittgenstein afirmó en su Tractatus y como defendieron los positivistas lógicos, sino que la observación es un proceso activo, matizado por las expectativas teóricas, las suposiciones culturales, los atributos del lenguaje, y otros factores más, tanto sociales como individuales; en otras palabras, la observación es un proceso conceptual que influye o determina la percepción. Como veremos en un momento, esto se opone al concepto de la estructura de las teorías científicas que postularon los positivistas lógicos, basados en el Tractatus de Wittgenstein.
Quizá la figura filosófica más sobresaliente del Círculo de Viena fue Rudolf Carnap (1891-1970), quien nació en Ronsdorf, en el noroeste de Alemania, en el seno de una familia de "humildes tejedores". Después de terminar el Gymnasium en Barmen, estudió en las universidades de Freiburg y Jena de 1910 a 1914, especializándose en física, matemáticas y filosofía; uno de sus profesores en Jena fue Gottlob Frege, quien junto con Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, probablemente ejerció la más poderosa influencia en su desarrollo intelectual. Al declararse la guerra, Carnap interrumpió sus estudios, se enlistó en el ejército alemán y peleó durante cuatro años, hasta el mismo día del armisticio. De regreso en Jena, terminó su carrera y se doctoró en filosofía en 1921 con una tesis titulada "El espacio: una contribución a la teoría de la ciencia", que ya contiene algunos elementos fundamentales de su filosofía, entre otros la tendencia a considerar las controversias filosóficas como debidas a la falta del análisis lógico de los conceptos empleados, así como el compromiso con un empirismo de base, apoyado en los métodos más avanzados de la lógica y las matemáticas. En esos tiempos Carnap también estaba influido por el convencionalismo de Poincaré. De Jena, Carnap viajó a Freiburg con una beca para continuar sus estudios, y ahí permaneció por los siguientes cinco años; durante su estancia en Jena había leído el Principia Mathematica de Russell y Whitehead, así como los trabajos ulteriores de Russell sobre la teoría del conocimiento; sin embargo, en Freiburg no pudo encontrar una copia de los Principia y como no tenía dinero para comprarse una nueva, le escribió a Russell preguntándole dónde podría conseguir una copia usada de su obra. La respuesta fue una carta de 36 páginas en la que Russell condensó todas las definiciones en que se basan las conclusiones más importantes de su monumental libro. Con este tesoro, Carnap pudo terminar su texto Elementos de lógica matemática en 1924, aunque no se publicó hasta 1929.
Un trabajo inmensamente ambicioso que refleja, igual que todas las otras obras de Carnap, enorme labor y muy grandes logros teóricos, y que adopta el punto de vista que llamó solipsismo metodológico. El uso del término "metodológico" fue claramente intencionado: pretendía inhibir las discusiones sobre problemas epistemológicos a los que seguramente daría cabida la elección de una plataforma solipsista.
Dos años más tarde, Carnap aceptó una invitación de la Universidad de Viena para fungir como instructor (Privatdozent) de filosofía, posición en la que permaneció por los siguientes cinco años; además de ingresar al Círculo de Viena y de convertirse en uno de sus miembros más asiduos e importantes, en ese lapso Carnap publicó su famoso libro La construcción lógica del mundo. De este volumen Ayer dice lo siguiente:
Todos los que hemos leído el famoso Aufbau, de Carnap estaremos de acuerdo en que se trata de un tour de force filosófico, la culminación de un programa iniciado por Russell, que partiría de las bases empíricas más simples y que crecería lógicamente hasta alcanzar la descripción definitiva de nuestro conocimiento de la realidad; en otras palabras, la presentación de un programa fielmente empirista, apoyado no sólo en el atomismo lógico de Russell sino en el fenomenismo de Mach. La diferencia principal era que, si bien Mach planteó a las sensaciones y los pensamientos como dados, y su preocupación fue analizarlos en búsqueda del mecanismo por el que las sensaciones generan a los pensamientos, Carnap no supuso que su empresa tuviera mucho que ver con procesos psicológicos. Más bien se trataba de una reconstrucción racional, de la descripción esquemática de un procedimiento imaginario, consistente en pasos específicos, prescritos racionalmente; además, influido por los psicólogos partidarios del movimiento Gestalt, que postularon que las experiencias no se registran como la suma de muchas sensaciones individuales sino como paquetes integrados, Carnap propuso que los componentes de las percepciones son experiencias instantáneas totales, en lugar de datos sensoriales aislados. De todos modos, las unidades aceptadas por Carnap para construir la estructura lógica del mundo no fueron las experiencias elementales sino las semejanzas y diferencias que reconocemos entre ellas; es decir, no son los hechos mismos sino las relaciones que percibimos entre ellos las que se encuentran en la base de todo el edificio carnapiano. Naturalmente, las semejanzas pueden reconocerse entre más de dos experiencias elementales, lo que permite identificar "círculos de semejanza" que a su vez pueden coincidir o superponerse en parte, con lo que Carnap introdujo su concepto de la "clase cualitativa", definido como sigue:
Una clase k de experiencias elementales se convierte en una clase cualitativa cuando k está contenida totalmente en cada círculo de semejanza que contiene por lo menos la mitad de ella y si, para cada experiencia elemental x que no pertenece a k, existe un círculo de semejanza que contiene a k y al que x no pertenece.
No voy a continuar resumiendo la construcción lógica del mundo según Carnap por varias razones: en primer lugar, Carnap mismo se apartó de sus ideas básicas en escritos ulteriores; en segundo lugar, no hay sitio en la teoría carnapiana del conocimiento para la contribución del investigador a la estructura del universo, o sea que Kant queda excluido y prevalece el concepto de Locke, de la mente humana como tabula rasa, con la salvedad de que puede reconocer y recordar semejanzas y diferencias entre experiencias elementales; en tercer lugar, como todo verdadero empirista, Carnap se encuentra muy pronto con el problema de la inducción y no hace nada con él. Según Oldroyd:
Con base en su tremendo esfuerzo junto con su alto grado de ingenio filosófico, el sistema de Carnap ciertamente convoca tanto nuestra atención como nuestra admiración. La construcción lógica del mundo fue una verdadera tour de force; pero me permito sugerir que, considerada globalmente, no tuvo mucho sentido. El mismo Carnap la identificó abiertamente como un ejeniplo de "reconstrucción racional", sin duda interesante como ejercicio intelectual, pero sin relación alguna con la manera como realmente pensamos acerca del mundo o de nosotros mismos. Para averiguar esas cosas se requiere la ciencia de la psicología. Además, la empresa de Carnap no tuvo ni atractivo ni aplicación para los investigadores científicos.
En el mismo año en que apareció La construcción lógica del mundo (1928), Carnap publicó otro pequeño volumen con el largo pero explícito título de Seudoproblemas en filosofía: otras mentes y la controversia del realismo. En este texto Carnap ya se muestra profundamente influenciado por Wittgenstein, en vista de que abandona su postura previamente neutra respecto a la metafísica y se convierte en su principal y más importante enemigo. A partir de esa época, los problemas metafísicos generales, y especialmente la controversia entre idealismo y realismo, se identificaron como seudoproblemas. Las ideas de Carnap prevalecieron en el Círculo de Viena y hasta persuadieron a Schlick (quizá no completamente) de abandonar su persistente realismo. El concepto de seudoproblema filosófico influyó en otros filósofos de la ciencia y nunca estuvo ausente de los escritos ulteriores de Carnap, cuando se interpretan de acuerdo con lo que este autor identificaba como el "principio de la verificabilidad" de Wittgenstein. Como ya señalamos anteriormente, este principio no ocurre como tal en ninguno de los textos del pensador austriaco, pero también es cierto que en ellos no hay nada que se oponga a él. El principio de la verificabilidad establece que el significado de una proposición está dado por las condiciones de su verificación y que tal proposición sólo es cierta cuando es verificable en principio. En términos más generales, la teoría específica que las palabras adquieren significado sólo cuando satisfacen ciertas condiciones empíricas, directas o indirectas; Carnap incluyó además a algunas expresiones lingüísticas y matemáticas, que no poseen contenido objetivo, en vista de que se relacionan con la estructura de los lenguajes en los que se expresan las proposiciones empíricas. Pero todas las otras proposiciones deben descartarse, en vista de que no tienen significado; esto incluye a la inmensa mayoría o a todas las proposiciones metafísicas, éticas y estéticas. Carnap sugiere que los problemas formulados en estas áreas sólo pueden responderse por medio de proposiciones sin significado, y por lo tanto se trata de seudoproblemas. El concepto de los seudoproblemas fue adoptado por los positivistas lógicos del Círculo de Viena como uno de sus principales arietes en contra de la metafísica.
Frontispicio del libro An introduction to the philosophy of science, de Rudolf Carnap (1891-1970, foto), editado por Martin Gardner, que contiene un resumen de muchas de las ideas del filósofo positivista.
Otro aspecto del positivismo lógico de Carnap, que por cierto este autor adoptó de Neurath, fue su postulado de la unidad de todas las ciencias; de acuerdo con este postulado, los protocolos de todas las ciencias (físicas, biológicas y sociológicas) pueden y deben expresarse, en última instancia, en forma de enunciados cuantitativos de puntos definidos de espacio-tiempo. En otras palabras, Carnap surgió como el más articulado defensor de una vieja postura filosófica en la ciencia, el reduccionismo, que poseía una antigua tradición (apoyada en todos los opositores de Aristóteles, que no eran pocos), una fuerte presencia en su tiempo (los antivitalistas, que eran legión), y un futuro repleto de éxitos sensacionales, como la biología molecular y la ingeniería genética, que son fluorescentes realidades actuales. Naturalmente el reduccionismo de Carnap se enfrentó a corrientes tanto directamente opuestas como tangencialmente distintas, cuyo contenido, impacto y vigencia no voy a examinar aquí. Lo que sí mencionaré es el hecho histórico de que en 1938 se publicó en Chicago el primer volumen de la Enciclopedia universal de la ciencia unificada, editado por Neurath y con colaboraciones del editor, de Neils Bohr, Rudolf Carnap, John Dewey, Charles W. Morris y Bertrand Russell. En este volumen Carnap contribuyó con un artículo titulado "Logical Foundations of the Unity of Science" (Bases lógicas de la unidad de las ciencias") en donde plantea las tesis principales del empirismo lógico, que han sido admirablemente resumidas por Salmerón en las seis siguientes: 1) La lógica de la ciencia prescinde del contexto social (histórico o psicológico) del historiador. 2) La distinción entre ciencias empíricas y formales es de contenido, no de concepto. 3) Las ciencias empíricas constituyen un todo continuo, que va desde la fisica hasta la sociología, y que incluye no sólo a los hechos sino a las leyes. 4) No hay ciencias empíricas diferentes que tengan fuentes de conocimiento diferentes o usen métodos fundamentalmente distintos, sino divisiones convencionales para propósitos prácticos. 5) El progreso de la ciencia es un avance en los niveles de exactitud pero, sobre todo, de reducción. 6) Las leyes científicas sirven para hacer predicciones; en esto consiste la función práctica de la ciencia.
El esfuerzo contenido en los seis pasajes numerados no pretendía, por supuesto, la constitución de una disciplina de carácter especulativo que, por encima de las ciencias especiales, legislara sobre la forma en que éstas deberían cumplir su trabajo. Se presentaba solamente como el análisis descriptivo de una estructura lógica, cuyos rasgos unitarios permitían comprender la forma de operar de la investigación científica en su trato con la experiencia y, como consecuencia la organización de las disciplinas y de sus relaciones. Sin embargo, muchas condiciones contribuyeron a frustrar aquel propósito: entre ellas, la limitación impuesta por el modelo elegido como ciencia ejemplar; la postulación de una meta de unidad, que la marcha de la investigación no ha logrado todavía confirmar; y el rechazo de una manera de entender la teoría, en el sentido de contemplación del mundo, que en la tradición filosófica siempre ha implicado la continuidad entre la teoría pura y la práctica vivida.
Salmerón comenta estas seis tesis como sigue:
Carnap introdujo algunas modificaciones a los principios positivistas de la verificabilidad y del reduccionismo, para hacer frente a ciertas críticas de Popper y para acercar más su sistema al verdadero carácter de la práctica de la ciencia. En relación con la verificabilidad, Carnap aceptó la crítica de Popper, de que las hipótesis científicas nunca pueden verificarse completamente por medio de la observación, y la cambió por el principio de la confirmación. De acuerdo con este principio, las hipótesis pueden ser más o menos confirmadas, o desconfirmadas, por los datos observacionales. Pero además, Carnap distinguió entre la confirmabilidad, y la noción más fuerte de "experimentalidad". Una proposición es confirmable si existen registros de observaciones que la confirmen o desconfirmen, y una proposición confirmable es también experimentable cuando podemos definir y realizar a voluntad experimentos que conduzcan a su confirmación. De lo anterior se desprende que una proposición dada puede ser confirmable sin ser experimentable (como cuando sabemos que la observación de un grupo de eventos la confirmaría pero no es posible realizar los experimentos pertinentes), mientras que todas las proposiciones experimentables también son confirmables. Respecto al reduccionismo, Carnap relajó la exigencia de que un símbolo siempre sea equivalente a otros símbolos, a que sólo lo sean en ciertas circunstancias; el resultado es que reconoció dos tipos de proposiciones científicas, unas que llamó definiciones y que si son reducibles, y otras que llamó reducciones y que no lo son. En las definiciones siempre es posible sustituir el nuevo símbolo por medio de otros símbolos equivalentes, mientras que en las reducciones esto ya no es posible; en vista de que muchos términos científicos, según Carnap, son reducibles pero no definibles, no es posible sostener la exigencia de que se logre una traducción de cada proposición científica al mismo lenguaje de la física.

El volumen 1 de la Universal Encyclopedia of Unified Science, publicado en 1938.
¿Qué fue de todas estas espléndidas teorías y rígidas formulaciones del método científico, en la generación anterior a la nuestra? La pregunta no es esotérica, pero su respuesta debe esperar a la descripción y el análisis de las ideas de Reichenbach y de la Escuela de Berlín.
El único grupo importante de filósofos alemanes que adoptó ideas paralelas a las promovidas por el Círculo de Viena fue el de Berlín, que aunque pequeño contaba entre sus miembros a Otto von Mises, Carl G. Hempel y Hans Reichenbach (1891-1953). Este último nació en Hamburgo, en el seno de una influyente familia judía; después de estudiar ingeniería en la Technische Hochschule de Stuttgart, continuó estudiando matemáticas, física y filosofía en las universidades de Berlín, Gotinga y Munich, hasta que en 1915 obtuvo el doctorado en filosofía en la Universidad de Erlangen. Inmediatamente después ingresó al ejército alemán y combatió durante toda la primera Guerra Mundial. De 1920 a 1926 fue profesor en su propia escuela en Stuttgart, de donde (con el apoyo de Einstein) pasó a ser profesor de filosofía de la física en la Universidad de Berlín, en donde permaneció hasta 1933, cuando fue despedido por los nazis. Fue en este breve lapso de siete años en que Reichenbach se identificó con el Círculo de Viena (pero no totalmente, como veremos en un momento), publicó algunas de sus obras más importantes, editó (junto con Carnap) la revista Erkenntnis, ganó prestigio internacional, e inició la formación de un grupo pequeño de filósofos de la ciencia que, junto con él, empezaron a conocerse como la Escuela de Berlín. Esta escuela era un verdadero islote dentro del movimiento filosófico alemán del primer tercio de este siglo, que con la sola excepción del grupo todavía más pequeño de la Universidad de Münster, se encontraba totalmente dominado por la metafísica más estridente y desenfrenada, todavía con influencias claramente reconocibles de la Naturphilosophie de 100 años antes. Después de ser despedido de su cátedra en la Universidad de Berlín por el delito de ser judío, Reichenbach emigró de Alemania y de 1933 a 1938 fue profesor en la Universidad de Estambul, y de 1938 a 1953, en la Universidad de California.
Como Carnap, Reichenbach hizo contribuciones fundamentales en temas tan diferentes como probabilidad, inducción, espacio, tiempo, geometría, relatividad, leyes científicas, mecánica cuántica y otras más; sin embargo, aquí sólo señalaremos, en forma resumida, sus ideas más relevantes al método científico. Desde que Laplace, a principios del siglo XIX, propuso que como el universo es una entidad totalmente determinista, si conociéramos en un momento dado todas las leyes de la mecánica y todas las configuraciones y movimientos de la materia en todo el universo, podríamos predecir con exactitud toda la historia futura de la humanidad, muchos físicos y filósofos aceptaron el determinismo físico como filosofía. Naturalmente, el riguroso determinismo laplaciano se vio minado por los avances en la termodinámica del mismo siglo XIX y por la mecánica cuántica del siglo XX y desde sus orígenes fue rechazado violentamente por los que creen en la libertad de la decisión humana. De todos modos, aunque se rechazó al nivel microscópico, el determinismo físico siguió siendo aceptable al nivel microscópico. Desde luego, Laplace sabía muy bien que no podemos predecir el futuro con certeza, y que lo más a que podemos aspirar es a plantear probabilidades, pero el sabio francés atribuía tal situación a las imperfecciones humanas y no al carácter esencialmente probabilístico de la naturaleza; esto es lo que se conoce como la "teoría subjetiva" de la probabilidad. Reichenbach la rechazó, argumentando que la esencia misma del conocimiento es su incertidumbre, en vista de que las predicciones físicas nunca son (ni pueden ser) exactas, ya que es imposible incorporar todos los factores relevantes en los cálculos. No se trata de una limitación de las capacidades intelectuales de los científicos, sino más bien de la manera como el universo se relaciona con nuestras observaciones. Tampoco es el caso que los eventos se den en condiciones exactas y estrictamente determinadas, que nosotros sólo podemos conocer de manera aproximada. Lo que ocurre es que nos enfrentamos a secuencias de eventos que se desenvuelven dentro de ciertos rangos de probabilidad; tales secuencias son, de acuerdo con Reichenbach, los fenómenos empíricos que estudian los científicos. Éste fue el punto de partida de Reichenbach para su examen del problema de la inducción, que enfocó desde un punto de vista probabilístico.

Hans Reichenbach (1891-1953).
Reichenbach consideraba a la epistemología no como una materia descriptiva sino como un ejercicio crítico y prescriptivo. Su función más importante era generar una reconstrucción racional de la manera de pensar de un científico "ideal", que siempre debería compararse con la de los científicos reales. El objetivo de tal comparación sería la eliminación de todas aquellas formas de pensamiento que no cumplieran con los dos criterios mínimos de aceptabilidad racional: conformación compatible con el resto de la estructura previamente aceptada como esencial, y un cierto valor de "consejo", o sea de contribución distinta y original a la mencionada estructura. Los intereses de Reichenbach en la reconstrucción racional de la filosofia de la ciencia eran afines a los de sus amigos, los positivistas lógicos en Viena, pero él los mantuvo separados por medio de su insistencia probabilística.
Para Reichenbach una proposición tiene significado sólo si es posible determinarle un grado definido de probabilidad; además, dos proposiciones poseen el mismo significado si se demuestra que tienen el mismo grado de probabilidad. Las experiencias previas proporcionan base a las expectativas de eventos futuros, en vista de que nos permiten estimar la probabilidad de su ocurrencia. Tales eventos se consideran como miembros de clases y deben ser más o menos repetibles, aun cuando se trate de acontecimientos únicos, como cuando un médico señala que un enfermo probablemente falleció de cáncer, basado en su experiencia de otros casos semejantes. De esa manera, además de la inducción, Reichenbach introdujo un elemento de pragmatismo en su filosofía positivista, ya que el significado se juzga en función de los procedimientos o el comportamiento que resulta en acciones prácticas. Un elemento central en la epistemología de Reichenbach es el "postulado", o sea una proposición que se trata como si fuera cierta, por lo menos temporalmente, aunque no se sabe que lo sea; normalmente se postulan los eventos que poseen la máxima probabilidad, o sea que se apuesta a que lo más probable es lo que ocurrirá. Ésta es la forma racional de actuar y es la que casi siempre usamos, porque es la más práctica. La meta de la inducción consiste en encontrar una serie de eventos cuya frecuencia converge hacia un límite, para lo que se hace un "postulado ciego", o sea se hace la mejor predicción posible basada en experiencias previas, con la idea de que sólo por medio de observaciones repetidas podrá saberse qué tan buena fue la predicción. Si los datos confirman el "postulado ciego" y convergen hacia el límite predicho, sabremos que fue correcto; en otras palabras, si el límite existe, éste es el procedimiento para encontrarlo. A partir del límite ya es posible asignarle un valor de probabilidad al "postulado ciego", que por lo tanto deja de serlo para transformarse en una proposición con significado.
Frontispicio del libro The Rise of Sciencific Philosophy, de Hans Reichenbach, publicado en 1954.
Esta forma de concebir a la inducción no es de carácter histórico; Reichenbach no pretendía que así es como se procede al hacer ciencia, sino que simplemente intentaba hacer una reconstrucción racional del conocimiento científico, una especie de apologética de la ciencia. Por ello es que insistió en distinguir entre el "contexto del descubrimiento" y el "contexto de la justificación", señalando que aunque el primero de ellos pudiera ser irracional, el segundo habitualmente coincide con la forma como los científicos presentan sus resultados al público, o sea con una estructura compacta y coherente, de la que ha desaparecido toda incongruencia y arbitrariedad. No debe confundirse la distinción de estos dos contextos con la postura inductivo-deductiva o con la hipotético-deductiva, en vista de que el contexto de justificación no es de carácter deductivo sino que se trata de una reconstrucción del argumento que lo transforma en coherente y lo libera de lo que fueron adivinanzas o apuestas especulativas, o sea que procede de manera esencialmente inductiva. Es en realidad la justificación pragmática del inductivismo científico.
Con la desbandada del Círculo de Viena a partir de 1933, la influencia del positivismo lógico empezó a disminuir en el mundo filosófico. Desde luego en Alemania, donde nunca tuvo particular arraigo, su exclusión de la vida académica fue completa y hasta después de la segunda Guerra Mundial se mantuvo ausente; la filosofía de Heidegger y sus seguidores es prácticamente todo lo que los positivistas lógicos combatieron. En otros países con mayor simpatía empirista, como Inglaterra, Australia, EUA y otros, es difícil separar la influencia directa de los positivistas lógicos de la de otros filósofos cercanos, como Russell y los analistas del lenguaje, o bien de los lógicos polacos, como Tarski. De hecho, en la Enciclopedia de la filosofía, en la sección dedicada al positivismo lógico, Passmore dice lo siguiente:
El positivismo lógico, considerado como la doctrina de una secta, se ha desintegrado. De varias maneras ha sido absorbido por el movimiento internacional del empirismo contemporáneo, dentro del cual todavía se pelean las diferencias que los separaban... El positivismo lógico, por lo tanto, está muerto, o tan muerto como puede llegar a estar un movimiento filosófico.
De manera un poco menos tajante, y con cierta nostalgia personal, el filósofo inglés Alfred J. Ayer, quien perteneció al Círculo de Viena y asistió a sus reuniones en 1930-1931, termina su examen de ese grupo y de sus ideas de la manera siguiente:
La filosofía progresa, a su rnanera, y pocas de las tesis principales del Círculo de Viena sobreviven intactas. Metafísica ya no es un término de oprobio y se ha reconocido que al menos algunos metafísicos llegaron a sus increíbles conclusiones tratando de resolver problemas conceptuales muy difíciles. El tratamiento pragmático de las teorías científicas se favorece menos que el realismo científico. Tanto la distinción analítico-sintética como el concepto mismo de los datos sensoriales se han cuestionado, y aún entre los que todavía creen que los datos sensoriales o algo similar sirven para algún propósito útil hay pocos (si es que hay alguien) que creen que cada proposición empírica puede reformularse en sus términos. Por otro lado, todavía existe considerable apoyo para la conexión entre el significado y la posibilidad de verificación, y más aún para la conexión del significado con las condiciones de la verdad. Finalmente, pienso que puede decirse que el espíritu del positivismo vienés sobrevive: en el reacomodo de la filosofía con la ciencia, en sus técnicas lógicas, en su insistencia en la claridad, en su rechazo de lo que yo puedo describir mejor como una excrecencia repulsiva de la filosofía, le dio una nueva dirección a la materia que no parece posible que se pierda.
VII. LAS IDEAS CONTEMPORÁNEAS (I): BRIDGMAN, ROSENBLUETH Y EL OPERACIONISMO; EDDINGTON Y EL SUBJETIVISMO SELECTIVO; POPPER Y EL FALSACIONISMO

EN ÉSTE y el siguiente capítulo voy a revisar brevemente algunas ideas contemporáneas sobre el método científico. He seleccionado aquellas con las que estoy más familiarizado y que me parece han tenido mayor impacto tanto entre filósofos como entre científicos. Es obvio que mi objetivo no ha sido ni presentar un cuadro completo de la filosofía de la ciencia contemporánea, ni tampoco una muestra representativa de las principales escuelas que actualmente compiten por el consenso general. Mi interés ha sido simplemente ilustrar, por medio de unos cuantos ejemplos entresacados de mis aficiones y lecturas en el campo, la riqueza en la variedad de enfoques y de ideas que caracteriza a un solo aspecto de la filosofía de la ciencia actual, que es el método científico. Hasta aquí hemos podido usar cómodamente en nuestro discurso las distintas variedades del tiempo pasado; de ahora en adelante, casi todo tendrá que decirse en tiempo presente, en vista de que los conceptos que estaremos examinando han sido tomados no del panteón de las ideas sino del mundo en que vivimos. De hecho, cuando leí por primera vez los libros de los autores que vamos a discutir en este capítulo, Bridgman, Rosenblueth, Eddington y Popper, los cuatro estaban vivos; esto fue hace muchos años, pero deseo registrar el hecho de que todavía hoy (1988) uno de ellos sigue vivo y mi deseo es que siga viviendo por muchos años más.
Conviene hacer notar que de los siete pensadores contemporáneos, cuyas ideas sobre el método científico nos ocuparán en éste y en el siguiente capítulo, seis iniciaron sus respectivas carreras como físicos y matemáticos, y que la gran mayoría de sus referencias y ejemplos son a las llamadas ciencias "exactas", o sean la física, las matemáticas y la astronomía. Esto no debe extrañarnos, porque a lo largo de estas páginas hemos visto iniciarse y reafirmarse la tradición de que los científicos que se ocupan de la filosofía de la ciencia sean los que practican las ciencias "exactas". Pero para los que estamos interesados en las ciencias de la vida, y que hemos contemplado en nuestro tiempo la fantástica revolución biológica, iniciada desde el siglo pasado por Charles Darwin, pero acelerada en forma casi increíble a partir de 1950 con el desarrollo de la biología celular, de la biología molecular y de la ingeniería genética, cualquier filosofía de la ciencia que excluya o considere de importancia secundaria a este sector del conocimiento científico nos resulta inaceptable. En el último capítulo de este libro insisto en que las disciplinas científicas se han movido más aprisa y con mayor versatilidad que la filosofía de la ciencia, y que hoy reclaman su inclusión en ella, con todo derecho, no sólo las ciencias biológicas sino también las ciencias económicas, políticas y sociales. Pero no conviene adelantar demasiado de lo que le espera al amable lector en lo que falta de este texto. Mejor revisemos el operacionismo de Bridgman y de Rosenblueth, el subjetivismo selectivo de Eddington, y el falsacionismo de Popper y su escuela.
El operacionismo es un programa que aspira a relacionar todos los conceptos científicos válidos con procedimientos experimentales, deparando de esa manera a la ciencia de la terminología no definible operacionalmente, que por lo tanto no posee significado empírico. El operacionismo propone que los investigadores científicos adoptaron sus principios y funcionaron de acuerdo con ellos mucho antes de que se promulgaran; por lo tanto, no se trata de una teoría erigida sobre consideraciones filosóficas independientes, sino basada en lo que los hombres de ciencia realmente hacen. Su principal proponente fue Percy W. Bridgman (1882-1961), el profesor "Hollis" de matemáticas y filosofía natural de la Universidad de Harvard, en Boston, quien en 1946 ganó el premio Nobel por sus investigaciones sobre las propiedades de la materia sometida a muy altas presiones. Como Bridgman era un verdadero investigador científico, los que influyeron en sus ideas fueron otros científicos y filósofos, como Mach, Poincaré, y sobre todo Einstein; de hecho, Bridgman señaló que él solamente estaba haciendo explícito lo que ya estaba implícito en los trabajos de los sabios mencionados. Pero la verdad es que estaba haciendo mucho más que eso; Bridgman estaba desarrollando un nuevo sistema filosófico y metodológico, íntimamente relacionado con el empirismo, el positivismo lógico y el pragmatismo, aunque con ciertas facetas novedosas que permiten distinguirlo como una filosofía diferente. Bridgman escribió varios libros importantes, pero los tres que estaremos comentando son: Lógica de la física moderna (1927), Naturaleza de la teoría física (1936), y La manera como son las cosas (1959), así como algunos de sus artículos filosóficos en revistas especializadas.

Percy W. Bridgman (1882-1961).
Según Bridgman, el científico debe ser un empirista puro, para quien lo único que posee existencia real son los hechos, ante los que debe adoptar una actitud de "humildad casi religiosa". Su rechazo de los principios kantianos a priori, que preceden y delimitan la experiencia, es absoluto y definitivo; además, la naturaleza no puede incluirse completa en, o agotarse por, ninguno de los esquemas contendientes actuales (como el racionalismo, el relativismo o el idealismo absoluto). Una forma de aproximarse al operacionismo es examinando la manera como los físicos atacaron el problema de la longitud, una vez que descubrieron, en el siglo XIX, que la geometría de Euclides no era la única lógicamente posible. La pregunta más candente en ese momento era si las líneas y las imágenes proyectadas en el espacio físico obedecían (o no) los teoremas de Euclides; para fines del mismo siglo la postura más aceptada generalmente era que si no podemos diseñar operaciones que nos revelen si el espacio es o no euclidiano, no le podemos asignar ninguna propiedad geométrica. El problema de fondo es que para determinar la geometría de los cuerpos físicos se requiere poder comparar distancias, y para eso es necesario contar con una regla que no cambie de longitud cuando se lleve de un lado a otro para medir distancias; naturalmente, para comprobar que la regla no altera su longitud se necesita otro estándar de referencia, pero hay acuerdo general en que tal estándar no existe. Por lo tanto, lo único que existen son las reglas, lo que hace imposible saber si las distancias son iguales o diferentes entre sí, lo que a su vez imposibilita conocer la naturaleza geométrica del espacio. Desde un punto de vista operacional, el espacio no tiene medidas intrínsecas, por lo que resulta arbitrario decidir qué obedece a este o aquel grupo de axiomas geométricos.
Fronstispicio del libro The Nature of Physical Theory, de Percy W. Bridgman, publicado en 1916.
Aunque aparentemente la idea de que las entidades físicas los procesos y las propiedades no poseen una existencia independiente de las operaciones que nos sirven para establecer su presencia o ausencia, o sea el operacionismo, ya desempeñaba un papel central en el pensamiento de los científicos desde antes de 1920, no fue sino hasta 1927, cuando Bridgman publicó su famoso libro La lógica de la física moderna, que se transformó en un programa explícito y en una postura filosófica definida dentro de la ciencia. Sin embargo, el operacionismo inicial, el que postula que todo concepto científicamente significativo debe ser sujeto de definición completa por medio de operaciones físicas, y que un concepto científico no es otra cosa que el grupo de operaciones requeridas para definirlo (o sea, el operacionismo radical), fue rápidamente criticado por L. J. Russell, en 1928, y por Lindsay, en 1937. El primero de estos dos críticos señaló que en la práctica de la ciencia frecuentemente se habla de que unas operaciones son mejores que otras, lo que no podría hacerse a menos de que existiera algún criterio o hecho indepencliente de las operaciones, que sirve para calificarlas; además, Russell comentó que muchos conceptos físicos útiles no se prestan a definiciones exhaustivas, y que sus conexiones con operaciones instrumentales son más bien indirectas y poco estrictas. En cambio, Lindsay escribió que si el operacionismo se tomara en serio resultaría radicalmente opuesto a lo que todo el mundo puede ver que los físicos realmente están haciendo, que es trabajar con conceptos indefinibles operacionalmente, como los números o las "funciones de onda" que aparecen en la mecánica cuántica; en su opinión, cuando se acepta el criterio operacionista automáticamente se elimina a toda la física teórica. Bridgman aceptó éstas y otras objeciones y suavizó su postura, introduciendo lo que llamó "operaciones de papel y lápiz", o sea maniobras lógicas y matemáticas por medio de las cuales un concepto científico aceptable puede "establecer conexiones indirectas con operaciones instrumentales". Además, Bridgman admitió que las "operaciones verbales" desempeñan un papel importante en la ciencia; en sus propias palabras:
En el mundo del "papel y lápiz" es posible la libre invención, divorciada de cualquier contacto con el universo instrumental del laboratorio... Las "operaciones verbales" y las "de papel y lápiz" poseen enorme latitud. Sin embargo, pienso que los físicos están de acuerdo en imponer una restricción a la libertad de tales operaciones: que en última instancia logren aunque sea indirectamente, conectarse con operaciones instrumentales.
Naturalmente, Bridgman reconoció la existencia de muchas otras esferas "puramente verbales" del pensamiento y de la actividad humana, como la política, la religión o la metafísica, que por su naturaleza no poseen ni pueden establecer conexiones con el mundo de la experiencia empírica. Tales esferas son de gran importancia para el hombre, pero se encuentran fuera del campo de la ciencia.
A pesar de que mi intención en este texto sobre el método científico no ha sido crítica sino descriptiva, creo que para redondear el resumen de las principales conclusiones del operacionismo conviene mencionar algunos de sus problemas filosóficos. El primero es si es conveniente, o hasta posible, identificar conceptos con operaciones en una relación de igualdad; en principio resultaría en una distorsión, entre grave y grotesca, de lo que generalmente se entiende por concepto, científico o de cualquier otro tipo. El segundo problema es que muchos conceptos pueden definirse por medio de operaciones totalmente distintas; por ejemplo, el tiempo puede medirse por medio del pulso, del reloj mecánico, de las estrellas, del reloj atómico, del reloj acuático, etc., y según el operacionismo, con cada procedimiento diferente tendría que asociarse un concepto distinto del tiempo, lo que no refleja para nada lo que ocurre en la realidad. Un tercer problema es que el operacionismo supone que la realidad y su conocimiento son la misma cosa, lo que podemos identificar como la tesis central del fenomenismo a ultranza; esta posición puede ser atractiva para los positivistas, en vista de que sugiere la identidad de la ciencia con el trabajo científico, o a la inteligencia con los resultados de las pruebas usadas para medirla. Sin embargo, de acuerdo con Oldroyd: "Ésta es una flagrante violación del uso del lenguaje. Equivale a confundir un pastel con la receta para hacer un pastel."
Es obvio que el operacionismo de Bridgman está íntimamente ligado con el empirismo, el positivismo lógico y el pragmatismo, que a su vez también son expresiones ligeramente distintas de la misma tendencia central: el rechazo de la metafísica y la insistencia en construir el edificio de la ciencia sobre las bases más apegadas a la realidad, entre otras razones porque, en última instancia, ésta es la actitud más práctica o útil. En relación con el pragmatismo, Bridgman señaló que "lo que se quiere decir por un concepto se revela más por lo que se hace con él, que por lo que se dice acerca de él".
No es extraordinario entonces que, partiendo de bases e intereses distintos, un grupo de filósofos y legistas (encabezados por Wittgenstein) y un experimentador (Bridgman), hayan llegado independientemente a conclusiones semánticas que tienen mucho en común.
Rosenblueth señaló específicamente que, en última instancia, existe una relación muy cercana, entre Wittgenstein y Bridgman. Comentando el interés antiguo en el problema de las relaciones entre el lenguaje y los fenómenos naturales, a la luz del desarrollo de la lógica simbólica o matemática, junto con la revolución en la física introducida por la teoría de la relatividad de Einstein y la teoría cuántica, en las primeras décadas de este siglo, Rosenblueth dice:
stoy seguro de que si hoy estuviera vivo, Rosenblueth no aceptaría ser clasificado como operacionista. y que con su habitual estilo apasionado y categórico procedería a demostrarle su equivocación al temerario clasificador. También estoy seguro de que al clasificador le convendría hacer dos cosas: en primer lugar, escuchar con gran cuidado la argumentación de Rosenblueth, porque aprendería mucho, no sólo de filosofía de la ciencia sino también de dialéctica y de muchas otras cosas más; en segundo lugar, no abrir la boca, porque no le serviría para nada. Pero igualmente estoy seguro de que Rosenblueth también rechazaría, con la misma vehemencia, cualquier otra afiliación que se le atribuyera en el campo de la filosofía de la ciencia, no porque fuera un polemista perverso sino porque, como buen científico, era un individualista congénito e inveterado; en otras palabras, la única escuela a la que Rosenblueth aceptaría pertenecer sería a la de Rosenblueth, siempre y cuando tal afiliación no se considerara ni total ni permanente, sino sujeta a cambios y a terminación repentina.
Arturo Rosenblueth (1900-1970).
Arturo Rosenblueth (1900-1970) nació en Ciudad Guerrero, Chihuahua, en el seno de una familia de clase media con gran amor por la cultura (un hermano suyo fue un pintor muy respetable, un sobrino suyo es uno de los ingenieros académicos más prestigiados del país, y otros miembros más de su familia también brillaron y todavía brillan en nuestra sociedad por méritos intelectuales propios). Rosenblueth inició en México sus estudios, primero de música y después de medicina, aunque su interés en la filosofía de la ciencia se manifestó precozmente. En sus propias palabras, tomadas del prólogo de su libro Mente y cerebro. Una filosofía de la ciencia, publicado en 1970, el año de su muerte:
Mi interés en algunos de los problemas que analizo en esta monografía empezó en 1915, cuando, siendo estudiante de preparatona, leí algunos de los libros que Poincaré dedicó al método científico. En realidad, estas lecturas fueron uno de los factores que me condujeron ulteriormente a seleccionar la investigación científica como meta primordial de mis actividades profesionales.
Rosenblueth no terminó sus estudios en México sino que viajó a París, en donde estuvo varios años (en la Ciudad Luz se graduó de médico y se especializó en neurología y psiquiatría); después regresó a México por un breve periodo (en el cual ejerció la medicina como neurólogo y psiquiatra y siguió estudiando música y filosofía), y en 1930 ya se encontraba en Boston, en la Universidad de Harvard, donde cambió su especialidad médica científica por la de fisiólogo; siguió estudiando música, adquirió y desarrolló un interés serio y profesional en la física y las matemáticas, y continuó trabajando en filosofía de la ciencia. En 1943, en la cúspide de su brillante carrera académica como fisiólogo en EUA (fue el discípulo más distinguido del famoso Walter B. Cannon, profesor de fisiología en la Escuela de Medicina de Harvard, Rosenblueth regresó a México, gracias a la invitación que le hizo el doctor Ignacio Chávez, para dirigir el Departamento de Fisiología del flamante Instituto Nacional de Cardiología, que se inauguró el año siguiente. Al cabo de 18 años de vivir otra vez en nuestro país, dedicado a la fisiología experimental, a la filosofía de la ciencia y a la música, Rosenblueth se alejó del Instituto Nacional de Cardiología en 1960 para planear, fundar y dirigir, durante sus primeros diez años, el Centro de Investigación y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (CINVESTAV), en México. Para el desarrollo de la ciencia en nuestro país, la fundación del CINVESTAV fue un salto cuántico: por primera vez en toda la historia registrada de México se daba reconocimiento y apoyo oficial a la ciencia per se (lo que los políticos, administradores y periodistas han dado en llamar ciencia "básica" o "pura"), como una actividad importante para la nación. No importó que las razones aducidas por los demagogos y los comunicólogos para promover a la ciencia hayan sido puramente utilitaristas; de los ignorantes no pueden esperarse juicios iluminados. Lo que importa en este contexto es que el prestigio y la personalidad de Rosenblueth en ese momento histórico, junto con el apoyo incondicional de sus amigos influyentes en el gobierno, permitieron que se diera el milagro (o portento, para los no creyentes) de que un país del Tercer Mundo actuara, en relación con la ciencia, como si fuera del primero.
El concepto del método científico adoptado por Rosenblueth era esencialmente operacionista. En sus propias palabras:
Fronstispicio del libro El método científico, de Arturo Rosenblueth, publicado en 1971.
La construcción de modelos de los fenómenos naturales es una de las tareas de la labor científica. Más aún, podemos decir que toda la ciencia no es sino la elaboración de un modelo de la naturaleza.
El resultado de la labor científica, según Rosenblueth, es el conocimiento de alguna parte del universo. Sin embargo, este conocimiento no es directo, en vista de que los distintos objetos y fenómenos que constituyen el universo son demasiado complejos para poder entenderlos en su totalidad. Por ello, el investigador selecciona un grupo limitado de variables para su estudio, pero al hacer tal selección, lo que el científico realmente está haciendo es establecer un modelo simplificado del segmento del Universo que le interesa. Pongamos un ejemplo que le hubiera complacido a Rosenblueth: deseo conocer los mecanismos que regulan la cantidad de agua que existe normalmente en el interior de una célula viva. Desde luego, el número de variables conocidas que participan, de una u otra manera, en la regulación de ese parámetro fisiológico específico, es inmenso. Para mostrar de manera objetiva lo que quiero decir, he preparado esta breve lista de variables relevantes al fenómeno mencionado; confieso que limité el número en función de la economía del papel, pero podría haberlo hecho varias veces más grande. Este punto es fundamental para el concepto de Rosenblueth del método científico, por lo que conviene insistir en él.
El hombre de ciencia, de acuerdo con Rosenblueth, no está capacitado para manejar con soltura y elegancia algo tan complicado como la vida real; sus métodos todavía son demasiado crudos para intentar el análisis de fenómenos tan finos y complejos como los que ocurren en la realidad más simple. Ante tal nudo gordiano, el científico (recordando el éxito legendario de Alejandro Magno) ha blandido la espada correspondiente y ha cortado, de un solo tajo, el nudo imposible de la complejidad de la naturaleza. Si no podemos conocer un sector dado del Universo en su totalidad, hagamos entonces un esquema de ese sector, un dibujo basado en aquellas propiedades y variables que sí podemos medir y entender, y aceptemos que por ahora este dibujo es un reflejo fiel, aunque obviamente incompleto, de ese rincón del universo. Según Rosenblueth, tal postura se basa en la aceptación (consciente o inconsciente) por los investigadores, de una premisa fundamental: los hechos científicos no son reflejos completos de la realidad, sino modelos simplificados, arbitrarios pero siempre posibles, de ella.
Rosenblueth afirma que la intuición participa en diversos aspectos del trabajo científico; por ejemplo, en la selección del problema que se va a estudiar, en la formulación de la hipótesis, en el diseño del procedimiento experimental más adecuado, en la planeación de experimentos críticos y decisivos, etc. En cada uno de estos pasos importantes en la investigación científica participa, en forma fundamental, la experiencia previa del individuo, pero eso no es suficiente: además, hay que tener buenas ideas. El resultado inmediato de estas buenas ideas será que el problema seleccionado para su estudio conduzca a conclusiones más generales, que estimulen un número mayor de nuevas investigaciones, que la hipótesis inicial sea más fructífera y permita un mayor número de predicciones, que el método experimental utilizado proporcione medidas más exactas, y que los experimentos sean más discriminativos y sus resultados sean más contundentes.
El autor de la postura epistemológica denominada (por él mismo) "subjetivismo selectivo" fue el famoso matemático y astrónomo inglés Arthur Eddington (1882-1944), quien a los 31 años de edad fue nombrado profesor "Plumian" de astronomía y filosofía experimental de la Universidad de Cambridge, y al año siguiente director del observatorio de esa misma universidad. Nacido en una familia de cuáqueros, Eddington conservó un profundo sentido religioso durante toda su vida; además, poseía un talento para las matemáticas que sus contemporáneos calificaron de fenomenal, así como una enorme capacidad para la divulgación científica. Entre sus contribuciones más importantes deben mencionarse la astronomía estelar dinárnica y sus trabajos sobre la relatividad. En 1915 Einstein publicó su teoría general de la relatividad, una de cuyas predicciones astronómicas era que la luz debería desviarse en la vecindad del Sol; las observaciones para establecer si tal predicción se cumplía sólo podían hacerse retratando las estrellas cercanas al Sol durante un eclipse total y midiendo sus posiciones relativas. Durante el eclipse del 29 de mayo de 1919 se enviaron dos expediciones encargadas de realizar el estudio mencionado, una a Brasil y la otra a una pequeña isla situada frente a la costa occidental de África; uno de los observadores fue Eddington, cuyos resultados confirmaron la predicción de Einstein. Ésta fue la primera demostración observacional de la teoría general de la relatividad. Pero no es posible dar aquí ni siquiera un resumen de las varias contribuciones de Eddington a la astronomía, sino que vamos a concentrarnos en su filosofía de la ciencia, sobre todo en su postulado de que a veces es posible derivar el conocimiento de hechos concretos a partir del conocimiento puramente formal.
Arthur S. Eddington (1882-1944).
El argumento lo presentó Eddington en un libro titulado Filosofía de la ciencia física, que apareció por primera vez en 1939; de acuerdo con este autor, es posible averiguar algo sobre la naturaleza de la realidad por medio del examen de los conceptos y los métodos de los físicos, y este análisis puede incluso ser más fructífero que el de los hechos mismos descritos por ellos. En otras palabras, una buena parte de lo que se considera como conocimiento científico objetivo de las leyes de la naturaleza es realmente de carácter epistemológico. Eddington era particularmente ingenioso para ilustrar sus ideas por medio de ejemplos y analogías; mencionaremos dos que aclaran de manera afortunada su punto de vista En una de ellas se imagina a un ictiólogo que arroja al mar una red con aperturas de dos pulgadas con objeto de examinar a los peces que recupere, y sugiere que el ictiólogo probablemente llegue a las conclusiones de que no hay peces menores de dos pulgadas y que todos ellos tienen branquias. El otro ejemplo es el de Procusto, el famoso personaje de la mitología griega que estiraba o recortaba a sus huéspedes para que cupieran exactamente en su cama. Eddington señaló que el conocimiento derivado del análisis epistemológico era a priori pero no en el sentido kantiano de ser innato, en vista de que se requieren experiencias y observaciones para adquirirlo, sino en el sentido del ictiólogo, de quien podemos predecir que con la red que usa para pescar no obtendrá peces menores de dos pulgadas; en otras palabras, es posible hacer juicios a priori sobre lo que los físicos van a encontrar si examinamos los procedimientos que usan. Es por el carácter al menos parcialmente a priori del trabajo de los físicos, que impide a ese conocimiento ser objetivamente puro, sino que lo hace más bien subjetivo, y por lo selectivo del proceso de investigación, en el que el conocimiento es lo que se "filtra" a través de la metodología y los conceptos usados, por lo que Eddington llamó a su filosofía "subjetivismo selectivo".
Conviene señalar las semejanzas que existen entre el subjetivismo selectivo y otras ideas filosóficas previamente mencionadas; por ejemplo, Wittgenstein propuso en su Tractatus la existencia de un paralelismo entre la estructura lógica del lenguaje y la estructura de la realidad, mientras que Eddington afirma que los componentes subjetivo y objetivo del conocimiento están tan íntimamente ligados que es posible descubrir algunos hechos por medio del análisis epistemológico (recuérdese también la semejanza del ejemplo de Wittgenstein, de la superficie blanca con manchas negras que, observamos a través de una malla, con la analogía del ictiólogo y su red de pescar, de Eddington). También existe coincidencia entre las ideas de Mach, que postulaba un sistema monista, basado únicamente en las sensaciones y sus relaciones, con el de Eddington, que reconoce identidad entre la estructura de grupo de una serie de sensaciones y la estructura del mundo exterior; de hecho, es gracias a esta correspondencia entre las sensaciones y la realidad, que impone ciertos principios de invariancia, que la comunicación entre los científicos es posible. La ciencia, por lo menos la física de Eddington, está interesada en los aspectos cuantitativos de las invariancias, que no son otra cosa que las leyes de la naturaleza.
Igual que muchos otros antes y algunos después de él, Eddington quería resolver el problema de la correspondencia de la teoría con los fenómenos reales. ¿Por qué la estructura deductiva de la geometría euclideana corresponde tan bien a la estructura geométrica del universo? ¿Por qué la teoría atómica explica tan satisfactoriamente los fenómenos que ocurren durante las reacciones químicas? Los operacionistas no tienen dudas al respecto, en vista de que en su concepto todas las teorías e hipótesis científicas son empíricas. Ya hemos examinado los distintos enfoques de otras escuelas filosóficas sobre este problema, como positivistas, instrumentalistas, pragmatistas, convencionistas y otros más. La postura de Eddington lo coloca en el extremo racionalista del espectro que va del empirismo al racionalismo, ya que sin negar que exista un componente objetivo en el conocimiento, lo que le interesa y subraya es la contribución subjetiva, al grado de que en muchos sitios parece estar llevando a cabo un programa puramente deductivo, en ausencia de su contraparte empírica. Como mencionamos hace un momento, el postulado original en la filosofía de Eddington es que es posible conocer gran parte de, o hasta toda, la realidad, a partir de enunciados a priori.
Ningún escrito relacionado con la filosofía de la ciencia contemporánea estará completo si no menciona y discute, preferiblemente de manera conspicua y extensa, el pensamiento de Karl R. Popper (1902-1997), quien no sólo ha sido la figura más influyente y respetada en el campo en la segunda mitad del siglo XX, sino también la más discutida (junto con Kuhn, de quien nos ocuparemos en el próximo capítulo). Popper nació en Viena a principios del siglo, en el seno de una familia judía cuyo jefe (el padre de Popper) era un distinguido abogado; en su juventud estudió en la Universidad de Viena y se enroló con entusiasmo en el marxismo, al grado de desempeñarse como obrero manual por un breve periodo. Cuando se desilusionó del marxismo y adoptó el socialismo, trabajó como profesor de escuela; esos eran los tiempos en que se iniciaba el Círculo de Viena, con el que Popper tuvo numerosos contactos pero al que nunca perteneció. Con la emergencia del nazismo Popper abandonó Austria y primero vivió en Nueva Zelanda en donde fue profesor de filosofía en el Colegio Canterbury, en Christchurch. Durante la guerra, Popper escribió su justamente famoso libro La sociedad abierta y sus enemigos, una andanada vigorosa y polémica en contra de las ideas políticas de Platón, Hegel y Marx, en quienes identifica los gérmenes y la justificación filosófica del autoritarismo, del totalitarismo y del nazismo, basados en la supuesta capacidad del historicismo (otra de sus bêtes noires) para hacer predicciones válidas a partir de patrones uniformes de reiteración, lo que serviría para influir en las creencias y el comportamiento de la gente. Al término de la guerra, Popper emigró a Inglaterra, en donde ha vivido desde entonces. Durante muchos años fue profesor de lógica y metodología de la ciencia en la Escuela de Economía de Londres, de la que sigue siendo profesor emérito.
Popper ha sido extraordinariamente productivo, no sólo en cuanto a trabajos y obras publicados sino en cuanto a ideas originales expuestas con cierta reiteración pero también con documentación exhaustiva, estilo literario directo y sin adornos, y vigor extraordinario, a veces hasta cercano al dogmatismo, sobre todo en sus discusiones con Kuhn. Su primer libro, La lógica de la investigación ("Logik der Forschung"), publicado cuando apenas tenía 33 años de edad (1935) y su mundo se estaba desintegrando, contiene la mayor parte de sus ideas más importantes sobre filosofía de la ciencia, muchas ya claramente definidas y otras apenas esbozadas. Sus dos libros siguientes fueron resultado de su "participación en la guerra" el ya mencionado: La sociedad abierta y sus enemigos, publicado en 1945, y La miseria del historicismo, aparecido 12 años más tarde), pero en 1963 publicó Conjeturas y refutaciones, el volumen más importante para nuestro tema, y en 1972 apareció El conocimiento objetivo una útil colección de ensayos y comentarios sobre los mismos temas e ideas del volumen previo, pero que ya no agrega conceptos nuevos sobre metodología científica y filosofía de la ciencia. A partir de 1972, Popper ha publicado cinco libros más (entre ellos una autobiografía y otro en colaboración con John Eccles), pero ya no ha habido cambios significativos en sus principales posturas filosóficas en relación con la ciencia.
En 1919, el muy joven Popper (tenía 17 años de edad) asistió a Viena a una conferencia dictada por el ya no tan joven Einstein (de 40 años de edad) y quedó deslumbrado por la nueva física que promulgaba el gran iconoclasta; recordemos que en ese mismo año Eddigton dio a conocer la primera confirmación observacional de la teoría general de la relatividad. Popper comparó entonces el éxito predictivo de las ideas de Einstein, alcanzado en condiciones de muy alto riesgo, con la situación de las otras tres teorías científicas importantes en ese momento en su medio: la teoría de la historia de Marx, la teoría del psicoanálisis de Freud y la teoría de la psicología individual de Adler. Lo que encontró Popper hace casi 60 años lo sabemos todos hoy: en la física de Einstein las predicciones se formulaban de tal manera que la opción de no cumplirse era real, mientras que en las otras teorías "científicas" mencionadas, había explicaciones para cualquier clase de resultados; en otras palabras, ningún tipo posible de experiencia era incompatible con las otras tres teorías "científicas", que estaban preparadas para absorber y explicar cualquier resultado, incluyendo los contradictorios. Fue en esa época cuando Popper concluyó que la manera de distinguir a la ciencia verdadera de las seudociencias (el criterio de demarcación) es precisamente que la primera está constituida por teorías susceptibles de ser demostradas falsas poniendo a prueba sus predicciones, mientras que las segundas no son refutables; en otras palabras, la irrefutabilidad de una teoría científica no es una virtud sino un vicio, ya que la identifica como seudocientífica.

Karl R. Popper
En 1923, Popper se interesó en el llamado problema de la inducción, derivado del planteamiento de Hume, quien como ya hemos mencionado (capítulo III, p.96) negó que estuviera basada en una necesidad lógica y atribuyó su popularidad entre filósofos y científicos a la costumbre o expectativa surgida de la reiteración de secuencias de fenómenos. Las tendencias en la filosofía de la ciencia más importantes en la segunda década de este siglo (el empirismo tipo Mill y el positivismo lógico) se basaban en la validez de la inducción, por lo que Popper consideró que habían llegado a un impasse y que la única forma de reorientarlas eran fundamentándolas no en los mecanismos usados para generar teorías sino más bien en los métodos para ponerlas a prueba. Pero siguiendo su criterio de demarcación, Popper sugirió que tales pruebas deberían estar dirigidas a mostrar los aspectos falsos o equivocados de las teorías, y no a verificarlas o confirmarlas. Las teorías, de acuerdo con Popper, no son el resultado de la síntesis de numerosas observaciones, como quieren los inductivistas, sino más bien son conjeturas o invenciones creadas por los investigadores para explicar algún problema, y que a continuación deben ponerse a prueba por medio de confrontaciones con la realidad diseñadas para su posible refutación. Éste fue el origen de la versión popperiana del método científico conocido como hipotético-deductivo, que posteriormente se ha conocido como el método del "ensayo y error" o, mejor todavía, como el de "conjeturas y refutaciones".
Frontispicio del libro Conjetures and Refutations, de Karl R. Popper, publicado en 1963.
Una característica esencial de las hipótesis en el esquema popperiano es que deben ser "falseables", o sea que deben existir una o más circunstancias lógicamente incompatibles con ellas. Las hipótesis son informativas sólo cuando excluyen ciertas situaciones observacionales, actuales o potenciales, pero siempre lógicamente posibles. Si una hipótesis no es falseable no tiene lugar en la ciencia, en vista de que no hace afirmaciones definidas acerca de algún sector de la realidad; el mundo puede ser de cualquier manera y la hipótesis siempre se adaptará a ella. Uno de los mejores ejemplos de este tipo de hipótesis no falseables (según Popper) es la teoría psicoanalítica clásica o freudiana, que tiene explicaciones plausibles para todos los fenómenos, aun aquellos totalmente opuestos entre sí; Popper cita en este mismo contexto algunas de las teorías marxistas de la historia.
La falseabilidad es una característica positiva de las hipótesis que se da en distintos grados cuantitativos, o sea que entre dos hipótesis la más falseable será la mejor, en otras palabras, mientras mayor sea el contenido de afirmaciones de una hipótesis mayor será el número de oportunidades potenciales para demostrar que es falsa. Por ejemplo, la hipótesis "en esta cuadra, perro que ladra no muerde", es menos amplia que la hipótesis "en esta ciudad, perro que ladra no muerde"; la segunda hipótesis es preferible a la primera porque se refiere a un universo mucho más amplio, pero también tiene muchas más oportunidades de resultar falsa, ya que puede someterse a muchas más pruebas.
Resulta entonces que las hipótesis muy falseables son también las que se enuncian con mayor peligro de ser rápidamente eliminadas, pero en caso de resistir las pruebas más rigurosas e implacables, son también las que tienen mayor generalidad y explican un número mayor de situaciones objetivas. Es por eso que Popper prefiere las especulaciones temerarias o audaces, en lugar de lo recomendado por los inductivistas, que aconsejan avanzar sólo aquellas hipótesis que tengan las máximas probabilidades de ser ciertas.
Pero hay un argumento más en favor de las hipótesis audaces, que forma parte importante de la doctrina hipotético-deductiva del método científico: aprendemos de nuestros errores, la ciencia progresa por medio de conjeturas y refutaciones. Cuando un investigador intenta resolver un problema y no lo logra, lo primero que busca es en dónde está equivocado, en dónde está el error, si en su hipótesis o en su diseño experimental, o en sus observaciones o en sus comparaciones y analogías. El rechazo de una hipótesis una vez que no ha logrado superar las pruebas rigurosas a las que se ha sometido tiene un carácter más definido de progreso, de avance en el conocimiento, que la situación opuesta. En efecto, la demostración de la falsedad de una hipótesis es una deducción lógicamente válida, en vista de que se parte de un enunciado general y se confronta con uno o más hechos particulares; en cambio, si en esta confrontación la hipótesis se confirma, se trata de una inducción que va de los hechos examinados a la hipótesis que los incluye, lo que no tiene justificación lógica.
En resumen, el esquema de Popper del método científico es muy sencillo y él mismo lo expresó en su forma más condensada en el título de su famoso libro, Conjeturas y refutaciones. La ciencia es simplemente asunto de tener ideas y ponerlas a prueba, una y otra vez, intentando siempre demostrar que las ideas están equivocadas, para así aprender de nuestros errores.
De acuerdo con Popper, la ciencia no empieza con observaciones sino con problemas. Ambos modelos del método científico (el inductivo-deductivo y el hipotético-deductivo) requieren la participación de los mismos personajes: el mundo exterior y el hombre de ciencia que examina una pequeña parte de esa realidad. Pero el método hipotético-deductivo concibe esta interacción de manera más compleja que el método inductivo-deductivo, en vista de que el científico no funciona como una tabula rasa provista de receptores sensoriales listos para registrar fielmente y sin interferencia de ninguna clase a la realidad, sino todo lo contrario. El hombre de ciencia (según Popper y sus seguidores) se asoma a la naturaleza bien provisto de ideas acerca de lo que espera encontrar, portando un esquema preliminar (pero no por eso simple) de la realidad. El problema surge cuando se registran discrepancias entre las expectativas del científico y lo que encuentra en la realidad; la ciencia empieza en el momento en que la estructura hipotéticamente anticipada de un segmento de la naturaleza no corresponde a ella.
Naturalmente, el esquema inicial de la realidad del investigador es una hipótesis (consciente, o quizá con mayor frecuencia, inconsciente) derivada de todo lo que aprendió al respecto de sus antecesores + todo lo aportado por su experiencia personal en ese campo + toda su imaginación.
VIII. LAS IDEAS CONTEMPORÁNEAS (II): LAKATOS Y LOS PROGRAMAS DE INVESTIGACIÓN, KUHN Y EL RELATIVISMO HISTÓRICO, FEYERABEND Y EL ANARQUISMO

SIGUIENDO con el examen de algunas de las ideas contemporáneas sobre el método científico, en este capítulo vamos a revisar el pensamiento de tres filósofos que, junto con Popper, han dominado el campo de la filosofía de la ciencia hasta muy recientemente. Como veremos, existe mucha más afinidad entre los conceptos de Popper y Lakatos, que entre los de este último y los de Kuhn y Feyerabend; esto es explicable, en vista de que Lakatos fue discípulo de Popper y en cierta forma erigió su sistema en un intento de responder a algunas de las críticas dirigidas al falsacionismo. En cambio, a pesar de sus numerosos puntos de discrepancia, Kuhn y Feyerabend coinciden, entre otras cosas, en su idea central de la incomensurabilidad de los paradigmas o teorías científicas, que es uno de sus conceptos fundamentales. La razón para reunir a los tres filósofos incluidos en este capítulo es que su análisis parece más conveniente en función de sus diferencias que de sus semejanzas: la compleja estructura de los programas de investigación postulada por Lakatos, semejante en parte al rígido racionalismo ahistórico popperiano, contrasta con el irracionalismo, el relativismo y el interés central en la historia de Kunh. que por su parte tiene muchos puntos de contacto con la posición anárquica y la ausencia completa de método proclamadas por Feyerabend.
Imre Lakatos (1922-1974) nació en Hungría, en donde estudió física y astronomía; sin embargo, durante las purgas estalinistas de 1950 fue detenido y pasó seis años en la cárcel, de la que finalmente escapó a Inglaterra, en donde vivió el resto de su vida. En la Universidad de Cambridge obtuvo un segundo doctorado en filosofía de la ciencia; en Londres fue discípulo de Popper y su sucesor, al retirarse éste de su cátedra de lógica y método científico en la Escuela de Economía de Londres. Lakatos murió a los 52 años de edad en Londres.
La diferencia principal entre las posturas filosóficas de Popper y Lakatos es que mientras el primero representa a la ciencia como una pelea entre dos contendientes, una teoría y un experimento, y considera que el único resultado valioso es la falsificación de la teoría, el segundo sostiene que la ciencia se parece más a un pleito entre tres contendientes, dos teorías y un experimento, y que el resultado interesante es con mayor frecuencia la confirmación de una de las teorías y no su falsificación. Según Lakatos, la historia de la ciencia no se parece mucho al esquema de Popper y en cambio se asemeja más a su propio modelo (que enunciaremos en un momento); en efecto, el estudio histórico revela que cuando falla alguna o algunas de las predicciones derivadas de una teoría, ésta no se ha eliminado sino que se ha conservado mientras se afinan las observaciones realizadas y se llevan a cabo otras más. En páginas anteriores señalamos que tales situaciones se conocen como anomalías y que, lejos de constituir excepciones, son más bien la regla. De hecho, no conviene eliminar una teoría en cuanto aparece la primera experiencia que la contradice, en vista de que una teoría (aun plagada con anomalías) es mejor que no tener ninguna teoría. Con esta base, Lakatos propone que sólo debe rechazarse una teoría T, cuando se llenen los siguientes requisitos:


1) Otra teoría T' encierra mayor contenido empírico que T, o sea que predice hechos nuevos no anticipados por, o hasta incompatibles con, T.
2) T' explica todo lo que explicaba T.
3) Parte del exceso de contenido de T', sobre T se confirma.

Imre Lakatos (1922-1974).
Es claro que mientras una teoría científica tenga algo a su favor no conviene eliminarla hasta que se posea una teoría mejor; de hecho, debe dársele un tiempo para que se modifique de manera de poderse enfrentar mejor a las anomalías que la afectan. Sobre esta base Lakatos propone que el punto de comparación no deben ser teorías aisladas sino más bien conjuntos de teorías, generados por modificaciones sucesivas de sus predecesores, que de todos modos se conservan. A estos conjuntos de teorías afines Lakatos los denomina "programas científicos de investigación".
Para un morfólogo, el esquema general de Lakatos es particularmente atractivo, porque postula una estructura casi tridimensional para sus "programas científicos de investigación". En efecto, cada uno de esos programas está formado por tres capas concéntricas de entidades dialécticas: 1) el núcleo central, que reúne los supuestos básicos y esenciales del programa, o sea todo aquello que es fundamental para su existencia; 2) este núcleo central está celosamente protegido de las peligrosas avanzadas de la falsificación por un cinturón protector llamado heurístico negativo, un principio metodológico que estipula que los componentes del núcleo central no deben abandonarse a pesar de las anomalías, constituido por múltiples elementos variables, como hipótesis auxiliares, hipótesis observacionales, diferentes condiciones experimentales, etc.; 3) la capa más externa del programa científico de investigación se conoce como heurístico positivo y está representada por directivas generales para explicar fenómenos ya conocidos o para predecir nuevos fenómenos.
Naturalmente, existe una jerarquía de acceso a los tres niveles estructurales de los Programas lakatosianos de investigación. La confrontación inicial de la teoría científica (cualquiera que ésta sea) con nuevos datos experimentales ocurre primero con la periferia conceptual del sistema y sólo tiene tres opciones: 1) está de acuerdo con los principales hechos de observasión conocidos y anticipados, en cuyo caso se refuerza el núcleo central del programa; 2) registra diferencias no explicables con el sistema, pero solamente al nivel del cinturón protector o heurístico positivo, que es fácilmente modificable para incorporar los nuevos datos sin que el núcleo central se afecte; 3) presenta información que afecta gravemente la vigencia central del sistema, al grado de amenazar (y algunas veces hasta lograr) cambiarlo por otro núcleo diferente.
Lakatos propone que sólo existen dos clases de programas científicos de investigación, los progresistas y los degenerados. La manera de distinguir entre estas dos clases es, en sus propias palabras, la siguiente:
Se dice que un programa de investigación es progresista siempre que su crecimiento teórico anticipe su crecimiento empírico, o sea, mientras continúe prediciendo hechos nuevos con cierto éxito ("cambio progresivo del problema"); se considera que el programa está estancado cuando su crecimiento teórico está rezagado en relación con su crecimiento empírico, o sea, mientras sólo ofrezca explicaciones post hoc, sea de descubrimientos accidentales o de hechos predichos por otro programa rival ("cambio degenerativo del programa"). Cuando un programa de investigación explica progresivamente más que otro rival, lo supera, y entonces el rival puede eliminarse (o, si se prefiere, almacenarse).
Frontispicio del libro The Methology of Scientific Research Programmes, una colección de ensayo de Imre Lakatos, publicado en 1975.
Los críticos de Lakatos lo han atacado a muy distintos niveles: por ejemplo, no hay nada en el modelo de los programas de investigación científica que permita identificar a los componentes del núcleo central dentro de la maraña de teorías que se manejan en un momento dado sobre un tema específico; tampoco es posible sostener que el núcleo central permanece inalterado, aun cuando el programa se encuentre en una etapa progresiva, pues en cualquier época uno o más investigadores pueden estar cuestionando alguna o algunas de sus partes fundamentales. Todavía más problemático resulta el cinturón heurístico positivo, no sólo por lo impreciso de su contenido sino por lo improbable de contar con una predicción razonable de las dificultades o anomalías que pueden surgir en el futuro para las teorías del núcleo central. Lakatos señala:
[...] El heurístico positivo define problemas, delimita la construcción de un cinturón de hipótesis auxiliares, previene anomalías y las transforma con éxito en ejemplos, todo esto bajo un plan preconcebido.
Sin embargo, es muy poco creíble que una de las características de las buenas teorías es que se presenten acompañadas por este tipo de sistema de alarma anticipada. Lo natural es que la respuesta a las anomalías, sea empírica o conceptual, surja después que ellas y no antes; de otro modo se estarían invirtiendo recursos intelectuales de la manera más colosalmente ineficiente, al intentar formular por adelantado la forma de responder a todas las anomalías teóricamente posibles.
Lakatos propone usar su esquema de programas de investigación científica para distinguir a la ciencia de otras actividades que pretenden serlo y no lo son, para distinguir entre programas progresivos y degenerados, y para explicar el crecimiento de la ciencia. En relación con el primer punto, tanto Popper como Lakatos consideran de vital importancia la demarcación entre lo que es ciencia y lo que no es, o sea la seudociencia. Como ya hemos mencionado, Popper usa como ejemplos de seudociencia al psicoanálisis y a la teoría marxista de la historia, mientras que Lakatos afirma:
El problema de la demarcación entre ciencia y seudociencia tiene graves implicaciones también para la institucionalización de la crítica. La teoría de Copérnico fue prohibida por la Iglesia católica en 1616 porque la consideró como seudocientífica. Se eliminó del índice en 1820 porque en esa época la Iglesia consideró que los hechos la habían demostrado y por lo tanto era científica. El Comité Central del Partido Comunista Soviético declaró en 1949 que la genética mendeliana era seudocientífica y basado en ello asesinó en campos de concentración a sus partidarios, como el académico Vavilov; después de la muerte de Vavilov, la genética mendeliana fue rehabilitada, aunque el derecho del Partido para decidir qué es científico y publicable y qué es seudocientífico y castigable se sostuvo. En Occidente, el nuevo establishment liberal se reserva el derecho de negarle libre expresión a lo que considera seudociencia, como lo hemos visto en el caso del debate sobre raza e inteligencia. Todos estos juicios se basaron, inevitablemente, en algún tipo de criterio de demarcación. Esto es porque el problema de la demarcación entre ciencia y seudociencia no es un seudoproblema de los filósofos de sillón, sino que tiene graves implicaciones éticas y políticas.

Ésta es una postura valiente, expresada por alguien que tuvo una experiencia personal dolorosa al respecto; quizá por eso conviene verla un poco más de cerca. ¿De veras creemos que la teoría de Copérnico fue condenada porque era seudocientífica, o más bien porque amenazaba a la autoridad de la Iglesia? Una vez identificada como amenaza a la verdad de las Sagradas Escrituras (a las que contradecía) se le colocó el marbete de "seudocientífica" para justificar la condena. Lo mismo ocurrió con la genética mendeliana, que en un momento dado representó una amenaza para la carrera política de un grupo en la URSS y por lo tanto fue bautizada como "seudocientífica"; naturalmente, también se le denominó "desviacionista", "burguesa" y "capitalista". Respecto al debate sobre raza e inteligencia, los ecos que nos llegaron a México de esa controversia en el vecino país del Norte sugieren lo opuesto a una negativa a la libre expresión, ya que se trató de un escándalo mayúsculo sobre un problema científico relativamente simple pero con implicaciones políticas y sociales de alcance incalculable en un país crónicamente agobiado por la discriminación racial.
Los programas de investigación científica de Lakatos también deben servirnos, según su autor, para decidir sobre la aceptación de unas teorías sobre otras; las consecuencias de tal decisión no son inocentes, pues los programas de investigación científica degenerados no deben recibir apoyo económico de fundaciones o agencias, los artículos surgidos de ellos deben ser rechazados por las revistas especializadas, etc., en vista de que se trata de programas superados. Esto se justificaría si Lakatos hubiera ofrecido criterios adecuados para distinguir los programas progresivos de los degenerados. Pero según sus propias postulaciones esto no es posible porque hasta algunos programas que finalmente resultan altamente progresivos pueden pasar por épocas degenerativas de duración variable; Lakatos comenta que es racional trabajar en un programa degenerado con la esperanza de que su fortuna cambie.
En relación directa con el método científico, Lakatos escribe:
Existen varias metodologías flotando en la filosofía de la ciencia contemporánea, todas ellas muy diferentes de lo que se entendía por "metodología" en el siglo XVII y hasta en el XVIII. Entonces se esperaba que la metodología les proporcionara a los científicos un libro de recetas mecánicas para resolver problemas. Hoy ya se ha abandonado tal esperanza: las metodologías modernas o "lógicas del descubrimiento" consisten simplemente en un grupo de reglas (posiblemente no muy coherentes y mucho menos mecánicas) para la apreciación de teorías ya establecidas y articuladas... Estas reglas tienen una doble función: en primer lugar, sirven como un código de honestidad científica, cuya violación es intolerable; en segundo lugar, representar) la esencia de programas de investigación historiográfica normativa.
En otras palabras, la búsqueda de una metodología científica satisfactoria no es para contestar a la pregunta ¿cómo se hace la ciencia?, sino para establecer cómo debería hacerse y para investigar históricamente si así se ha hecho, cuándo y por quién. En mi opinión, no existe razón alguna en contra de que se estudie, tan extensa y profundamente como sea posible, la manera como se han hecho en el pasado todas las ciencias; al mismo tiempo, aplaudo la sugestión de Lakatos de que sería muy útil establecer cómo debería trabajarse en las diferentes ciencias. Pero su esquema de los programas de investigación científica no parece estar diseñado para comprender a la ciencia de hoy, la que hacemos los que nos dedicamos a ella. Lakatos analiza la historia y pretende obtener de ella lecciones para el futuro; de lo que ocurre en nuestros días con la investigación científica, no tiene nada que decirnos.
Antes de abandonar a Lakatos, veamos por un momento cómo difiere su esquema de los programas de investigación, del método hipotético-deductivo de Popper, del que se deriva y al que pretende superar. Para ambos métodos el objetivo de la ciencia no es alcanzar la verdad sino aumentar la verosimilitud. Para Popper la unidad funcional es la teoría, mientras que para Lakatos es un conjunto de teorías organizado en un núcleo central y rodeado por los cinturones heurísticos positivo y negativo (o sea un programa de investigación científica). Para Popper, los experimentos cruciales son importantes porque falsifican a las teorías, mientras que para Lakatos son irrelevantes en vista de que siempre se puede modificar el cinturón heurístico negativo sin afectar a la teoría. Tanto Popper como Lakatos están de acuerdo en que las distintas teorías deben compararse por su aumento en contenido y su corroboración, y ambos enfrentan el mismo problema de cómo medirlo. Finalmente, los dos filósofos se interesan en la metodología científica pero mientras Popper pretende decirnos cómo se hace o debería hacerse hoy la ciencia, Lakatos escudriña el pasado para sugerir cómo deberá hacerse la ciencia en el futuro.
Yo era un estudiante graduado de física teórica ya enfilado a la terminación de mi tesis. Una participación afortunada en un curso experimental de física para no científicos en un colegio me expuso por primera vez a la historia de la ciencia. Para mi completa sorpresa, tal exposición a teorías y prácticas científicas anticuadas socavó radicalmente algunas de mis ideas básicas sobre la naturaleza de la ciencia y las razones de su éxito especial... El resultado fue un cambio radical en los planes de mi carrera, de la física a la historia de la ciencia y de ahí, gradualmente, de problemas históricos relativamente bien definidos regresé a los intereses más filosóficos que inicialmente me condujeron a la historia...
Aunque educado como físico, Kuhn pronto se desvió hacia el estudio de la historia. En el prefacio de su famoso libro La estructura de las revoluciones científicas, publicado en 1962, Kuhn señala algunos aspectos de esa transición:

Kuhn ha sido profesor en las universidades de Harvard, California (Berkeley) y Chicago; actualmente es profesor de historia de la ciencia en la Universidad de Princeton. Su enorme y muy merecido prestigio se debe a su mencionado libro, en donde su contribución fundamental a la filosofía de la ciencia es la introducción de la historia como un elemento indispensable para su comprensión integral. Desde luego Kuhn no fue el primero en utilizar la historia de esa manera; ya hemos señalado que Whewell y Comte tenían esa misma posición, y que muchos otros filósofos de la ciencia, incluyendo al mismo Popper, usan en forma reiterada ejemplos históricos en sus discusiones, aunque la mayoría de ellos sólo de manera anecdótica.
Thomas S. Khun (1926-).
En cambio, para Kuhn la historia representa el color del cristal con el que debe mirarse toda la filosofía de la ciencia. Pero lo que Kuhn ha visto a través de este cristal ha resultado tener dos características inesperadas, que le han dado a sus ideas la gran prominencia que tuvieron cuando se publicaron y que han conservado a lo largo de más de 25 años; me refiero al relativismo y a la irracionalidad. La aclaración del significado de estos dos términos revela la relación de las ideas de Kuhn con nuestro interés, que sigue siendo (no lo olvidemos) el método científico.
La historia de la ciencia muestra, de acuerdo con Kuhn, que a lo largo de su evolución las distintas disciplinas han pasado por uno o más ciclos bifásicos, que él mismo llama "ciencia normal" y "revolución" (ocasionalmente se identifica una tercera fase inicial, llamada "preciencia", que desaparece a partir del segundo ciclo). En forma paralela a este concepto cíclico de la evolución de las ciencias, Kuhn introdujo también la famosa idea del "paradigma", que representó la teoría general o conjunto de ideas aprobadas y sostenidas por una generación o un grupo coherente de científicos contemporáneos. Por desgracia, en su famosa y ya mencionada obra, Kuhn usó el término "paradigma" con otras acepciones distintas (21, según una cuenta muy conocida) lo que contribuyó a hacerlo un poco confuso. En publicaciones posteriores, Kuhn sustituyó el término "paradigma" por otros dos, "matriz disciplinaria" y "ejemplar", con objeto de ganar precisión, pero como para nuestros fines tal precisión no es necesaria, seguiré usando el término paradigma.
De acuerdo con el esquema de Kuhn, los ciclos a que están sometidas las ciencias a través de la historia se inician por una etapa más o menos prolongada de "preciencia" o periodo "pre-paradigmático", durante el cual se colectan observaciones casi al azar, sin plan definido y sin referencia a un esquema general; en este periodo puede haber varias escuelas de pensamiento compitiendo pero sin que alguna de ellas prevalezca sobre las demás. Sin embargo, poco a poco un sistema teórico adquiere aceptación general, con lo que surge el primer paradigma de la disciplina; los ejemplos de Kuhn para ilustrar el sentido de paradigma son la astronomía ptolemaica, la "nueva" química de Lavoisier, la óptica corpuscular de Newton, o la dinámica aristotélica. De acuerdo con Kuhn, un paradigma está formado por la amalgama de una teoría y un método, que juntos constituyen casi una forma especial de ver al mundo, sin embargo, el estado ontológico del paradigma kuhniano no es claro, se trata de una entidad curiosa, algo camaleónica y hasta acomodaticia, de la que a veces se oye hablar como si fuera algo real y con existencia independiente.
Frontispicio del libro The Structure of Scientific Revolutions, de Thomas S. Khun, publicado en 1961.
Una vez establecido el paradigma, la etapa de "preciencia" es sustituida por un periodo de "ciencia normal", caracterizado porque la investigación se desarrolla de acuerdo con los dictados del paradigma prevalente, o sea que se siguen los modelos que ya han demostrado tener éxito dentro de las teorías aceptadas. Durante el periodo de "ciencia normal" los investigadores no se dedican a avanzar el conocimiento sino a resolver problemas o "acertijos" dentro de la estructura del paradigma correspondiente; en otras palabras, lo que se pone a prueba no es la teoría o hipótesis general, como quiere Popper, sino la habilidad del hombre de ciencia para desempeñar su oficio, en vista de que si sus resultados no son compatibles con el paradigma dominante, lo que está mal no es la teoría sino los resultados del trabajo del investigador.
Durante el periodo de "ciencia normal" los resultados incompatibles con el paradigma prevalente se acumulan progresivamente en forma de anomalías, en lugar de usarse como argumentos para forzar el cambio de la teoría por otra u otras que las expliquen. Sólo cuando se alcanza un nivel intolerable de anomalías es que el paradigma se abandona y se adopta uno nuevo que satisfaga no sólo los hechos explicados por el paradigma anterior sino también todas las anomalías acumuladas. A la ciencia que se realiza durante el periodo en que ocurre este cambio, de un paradigma por otro, Kuhn la llama "ciencia revolucionaria". Pero es precisamente en su análisis de este cambio donde Kuhn introdujo una de sus ideas más revolucionarias, ya que propuso que el rechazo de un paradigma rebasado por las anomalías acumuladas y la adopción de un nuevo paradigma históricamente no ha sido un proceso racional, entre otras razones porque los distintos paradigmas son inconmensurables, lo que no significa que sean incompatibles, sino simplemente que no son comparables entre sí. Kuhn comparó al cambio de paradigmas que caracteriza al periodo de "ciencia revolucionaria" con un "cambio de Gestalt", y hasta con una conversión religiosa. La inconmensurabilidad del paradigma antiguo con el nuevo determina que sus respectivos partidarios hablen distintos idiomas, o sea que los mismos términos tengan diferentes significados, lo que dificulta o imposibilita la comunicación entre ellos. Frecuentemente, otra diferencia significativa entre los científicos que patrocinan los dos paradigmas en conflicto, el saliente y el entrante, es la edad promedio de cada grupo: muchos de los partidarios del paradigma que se abandona son individuos mayores, mientras que la mayoría de los devotos del nuevo paradigma son jóvenes. Esta diferencia generacional no sólo se suma al bloqueo en la comunicación, sino que también contribuye a la irracionalidad del cambio, que culmina cuando fallecen los últimos miembros del grupo de científicos partidarios del paradigma saliente, con lo que se legaliza la hegemonía del paradigma entrante y se inicia un nuevo periodo de "ciencia normal".
Estas ideas de Kuhn se oponen de manera más o menos frontal al esquema hipotético-deductivo de la ciencia de Popper al mismo tiempo que postulan otro, que podría llamarse histórico-cíclico (Popper lo llama, con toda justicia, relativismo histórico). Obviamente, Kuhn no está hablando de la lógica del descubrimiento científico sino más bien de la psico-sociología de la ciencia. Pero Kuhn y Popper coinciden en pasar por alto los mecanismos de generación de las hipótesis aunque el primero las atribuye a la intuición estimulada por la acumulación progresiva de anomalías y el segundo nada más a la intuición (pero basada en un componente genético, que se menciona en el último capítulo). En cambio, mientras Popper postula que el cambio de una teoría científica por otra proviene de la falsificación de la primera y el mayor poder explicativo de la segunda, o sea que se trata de un proceso lógico y racional, Kuhn insiste en que la historia muestra que el rechazo de una teoría científica y su sustitución por otra ha obedecido mucho más a fuerzas irracionales e ilógicas, más relacionadas con factores sociológicos que con principios racionales.
El concepto del crecimiento de la ciencia según Kuhn es muy distinto del postulado clásicamente, como puede sospecharse al contemplar el resultado de sus ciclos de ciencia normal  acumulación de anomalías  revolución con cambio de paradigmas  ciencia normal  etc., en vista de que la inconmensurabilidad de los paradigmas entrante y saliente impiden que se aproveche toda la información acumulada durante el periodo de ciencia normal anterior a la revolución, que termina por cambiar un paradigma por otro. Kuhn tiene plena conciencia de esto, por lo que el último capítulo de La estructura se titula "El progreso por medio de revoluciones" y en él se pregunta:
¿Por qué es que la empresa detallada antes [la ciencia] avanza continuamente, como no lo hacen, digamos, el arte, la teoría política, o la filosofía? ¿Por qué es el progreso una propiedad reservada casi exclusivamente para las actividades que llamamos ciencia? Las respuestas más comunes a estas preguntas han sido refutadas en este ensayo, de modo que conviene concluirlo preguntándonos si podemos encontrar otras que las sustituyen.
Todo aquel que haya leído a Kuhn sabe que un solo repaso de sus textos es generalmente insuficiente para capturar todas sus ideas y comprender todos sus alcances además de lecturas repetidas, Kuhn exige meditación seria sobre lo que dice, con la consecuencia que el lector que medita no siempre llega a la misma conclusión que el autor sobre un mismo párrafo. Por lo menos, eso es lo que todavía me pasa a mí con Kuhn (¡y con muchos otros autores!) pero acepto que seguramente se trata de un problema personal. Kuhn propone que en los periodos de ciencia normal, el progreso científico:
...No es diferente en calidad del progreso en otros campos, pero la ausencia habitual de grupos competitivos que cuestionen mutuamente sus respectivos fines y estándares facilita la percepción del progreso de una comunidad científica normal.
Después de examinar el papel de la educación científica en las culturas occidentales, destacando que en las humanidades la consulta de los textos originales es mucho más frecuente que en las ciencias, Kuhn se pregunta:
¿Por qué es el progreso una concomitante universal de las revoluciones científicas? Una vez más tenemos mucho que ganar si preguntamos qué otra cosa podría provenir de una revolución. Las revoluciones terminan con la victoria total de uno de los dos campos opuestos, ¿podrá tal grupo decir alguna vez que su triunfo no representa un progreso? Si lo hubiera sería como aceptar que ellos estaban equivocados y que sus oponentes tenían la razón. Por lo menos, para ellos el resultado de la revolución debe ser el progreso, y se encuentran en una posición excelente para asegurarse de que los miembros futuros de su comunidad acepten la historia anterior a ellos de la misma manera.
A continuación Kuhn examina el papel fundamental que desempeña la comunidad científica como árbitro de lo que es la ciencia y de su calidad, que es lo que caracteriza a las civilizaciones derivadas de la Grecia helénica; de hecho, Kuhn identifica a la Europa de los últimos cuatro siglos como el origen de la mayor parte del conocimiento científico que poseemos actualmente, gracias a su tolerancia y apoyo a grupos de sujetos interesados en resolver problemas específicos del comportamiento de la naturaleza, ofreciéndoles soluciones aceptables a la mayor parte de los miembros de los distintos grupos y sin interés primario en reclutar opiniones favorables de las autoridades oficiales de su tiempo (rey, papa, dictador, sultán, primer ministro, sátrapa o presidente), o del pueblo en general. La pequeña cofradía de científicos establece sus propias reglas del juego, al margen de intereses ideológicos o políticos, y se da el imperial y legítimo lujo de regirse exclusivamente por ellos. Este episodio solamente ha ocurrido una vez en toda la historia universal, y ni siquiera como una corriente ininterrumpida de desarrollo sino más bien como una serie de episodios más o menos breves, a veces infelices y otras veces afortunados, con largos intervalos sujetos a la hegemonía de la sinrazón.
En La estructura, Kuhn incluye un párrafo en donde señala con claridad el mecanismo de crecimiento de la ciencia en los periodos de "ciencia revolucionaria"; hablando del cambio de un paradigma por otro, Kuhn dice que el nuevo paradigma:
[...] No será aceptado por los científicos a menos que se convenzan de que se cumplen dos importantes condiciones. En primer lugar, el nuevo paradigma debe parecer resolver algún problema importante y generalmente reconocido, que no se ha podido resolver de ninguna otra manera. En segundo lugar, el nuevo paradigma debe garantizar la conservación de una parte relativamente grande de la capacidad para resolver problemas concretos que la ciencia ha alcanzado a través de sus predecesores. La novedad por sí misma no es un desideratum de las ciencias, pero sí lo es en muchos otros campos creativos. De esto resulta que, aunque los nuevos paradigmas rara vez o nunca poseen todas las capacidades de sus predecesores, generalmente conservan una gran parte de los aspectos más concretos de los triunfos previos y además siempre permiten soluciones adicionales a otros problemas concretos.
Para concluir, podemos señalar que a pesar de la inconmensurabilidad de los paradigmas en competencia, y de que el cambio de uno por otro durante las revoluciones científicas se parece más (según Kuhn) a una conversión religiosa que a una acción racional, el nuevo paradigma está obligado a garantizar la preservación de mucho de lo aprendido en los periodos previos de ciencia normal, lo que permite el crecimiento de la ciencia.
Paul Feyerabend (1924) es una de las figuras más atractivas y más peligrosas de la filosofía de la ciencia contemporánea. Sus dos libros principales, Contra el método (Against method) y La ciencia en un mundo libre (Science in a Free World) son ya obras clásicas; sus numerosos y extensos artículos (recientemente editados en dos volúmenes por la Cambridge University Press) son lectura obligada para todo el que quiere estar bien informado sobre lo que ocurre hoy en el campo, y su estilo literario es claro, ingenioso y seductoramente agresivo, sobre todo cuando responde a sus críticos. De acuerdo con sus notas autobiográficas (incluidas en La ciencia) Feyerabend nunca estudió formalmente filosofía de la ciencia; sus intereses como estudiante fueron, en orden cronológico y de importancia, el teatro, la física y la astronomía. Educado en Alemania en los terribles primeros años de la posguerra, entre 1945 y 1950, fue testigo de la brutal reacción post-nazi (cuyos excesos no eran muy diferentes a los cometidos por los propios nazis) y conservó un profundo interés en el análisis de los factores que de una u otra manera pueden contribuir a limitar la libertad del individuo y la sociedad. Después de la guerra Feyerabend disfrutó de una beca del Estado alemán para estudiar en el Instituto para la Renovación Metodológica del Teatro Alemán, en Weimar, las clases consistían en ver obras teatrales y discutirlas. Al año siguiente Feyerabend fue a Viena a estudiar historia, pero al mismo tiempo se interesó en la física y la astronomía, así como en la filosofía; fue miembro fundador del Círculo de Kraft, un club-filosófico formado alrededor de Viktor Kraft, quien había sido miembro del Círculo de Viena. En esta ciudad también conoció al físico Felix Ehrenhaft, quien lo impresionó por su capacidad para adoptar posturas iconoclastas y antiortodoxas, lo que años más tarde se convertiría en la especialidad de Feyerabend. El primer encuentro con Popper tuvo lugar en 1948, en Alpbach, en la época de mayor lustre del falsacionismo; Feyerabend se impresionó mucho con Popper pero muy poco con sus teorías. En 1950 Feyerabend trabajó una temporada con Popper en Londres y se asoció con Lakatos, con el que sostuvo un debate continuo y planearon escribir un libro juntos sobre "racionalismo"; desafortunadamente, la muerte prematura de Lakatos suspendió el debate e impidió que el libro planeado se terminara; lo que al final se publicó fue la parte "antirracionalista" de Feyerabend, que es Contra el método. Además, en ese tiempo Feyerabend fue nombrado conferencista de filosofía de la ciencia en la Universidad de Bristol, lo que aprovechó para ampliar sus estudios de mecánica cuántica. Feyerabend es hoy profesor de filosofía de la ciencia en la Universidad de California (Berkeley) y al mismo tiempo en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de Viena.
Paul Feyerabend (1924-).
A diferencia de otros filósofos contemporáneos de la ciencia, Feyerabend no tiene mucho que decir, o sea que sus intereses son relativamente estrechos, pero dentro de ellos lo que dice resuena con el doble impacto de la razón y de la elocuencia. A mí me ocurre que siempre que lo releo me vuelve a convencer de todo lo que dice, hasta que una vez más me doy cuenta de que usa magistralmente toda clase de argumentos lógicos y racionales para convencerme de que la ciencia es irracional, y que además no sólo está muy bien que así haya sido en el pasado y que así sea hoy, sino que así es como debe ser. En relación con el método científico, Feyerabend se declara anarquista: históricamente no hay nada que pueda identificarse como un método científico, el examen más crítico y riguroso de la ciencia contemporánea tampoco lo identifica, y el balance analítico de sus consecuencias futuras (si se promoviera) sería terriblemente negativo para la ciencia misma, para la libertad del individuo y para la estructura de la sociedad.

Frontispicio del libro Against Method, de Paul Feyerabend, publicado en 1975.
La lectura superficial de los escritos de Feyerabend generalmente produce mucha diversión pero cierto desencanto respecto a su contenido conceptual; sin embargo, cuando se superan su estridentismo y sus pirotecnias lingüísticas persiste un residuo valioso y muy digno de tomarse en cuenta. Feyerabend postula y defiende el libre acceso del individuo a todas las opciones posibles (tradicionales o contemporáneas, absurdas o racionales, emotivas o intelectuales) para alcanzar el conocimiento. Su postura lo lleva a ciertos excesos, como exigir igual atención y respeto para la ciencia, la astrología, la medicina tradicional o el vudú. En común con muchos otros autores contemporáneos, Feyerabend identifica a la ciencia de nuestro siglo como el equivalente de la religión durante el medievo. Pero a diferencia de los mismos autores, Feyerabend no concibe a la ciencia como una superación de las estructuras dogmáticas de esos tiempos sino simplemente como una opción alternativa, igualmente irracional y autoritaria, que finalmente triunfó no por su mayor coherencia lógica sino por su mejor rendimiento tecnológico.
El siguiente ensayo está escrito con la convicción de que el anarquismo, aunque quizá no sea la filosofía política más atractiva ciertamente es una medicina excelente para la epistemología y para la filosofía de la ciencia
Feyerabend inicia su libro Contra el método con el siguiente párrafo:
Y el capítulo I de ese mismo libro termina con su párrafo más famoso:
Queda claro, entonces, que la idea de un método fijo, o de una teoría fija de la racionalidad, descansa en una imagen demasiado simple del hombre y sus circunstancias sociales. Para aquellos que contemplan el rico material proporcionado por la historia y que no intentan empobrecerlo para satisfacer sus instintos más bajos o sus deseos de seguridad intelectual en forma de claridad, precisión, "objetividad" o "verdad", estará claro que sólo hay un principio que puede defenderse en todas las circunstancias y en todas las etapas del desarrollo humano. Este principio es: todo se vale.
A continuación, Feyerabend procede a señalar que el principio enunciado aconseja ir en contra de las reglas; por ejemplo, ante los empiristas que creen en la inducción (los científicos que consideran que son los hechos experimentales los que deciden si sus teorías son correctas o incorrectas) debe procederse en forma contraintuitiva, o sea que deben construirse hipótesis que contradigan de manera flagrante y abierta las teorías más aceptadas y confirmadas, o que se opongan a los hechos más contundentes. Sólo así se logrará mantener la frescura y el avance de la ciencia. Consciente de que sus críticos reaccionarían señalando que esto simplemente es la proposición de otra metodología más (que en México llamaríamos la de "contreras"), Feyerabend señala:
Mi intención no es reemplazar un juego de reglas generales por otro; más bien mi intención es convencer al lector de que todas las metodologías, incluyendo a las más obvias, tienen sus límites. La mejor manera de mostrar esto es demostrar no sólo los límites sino hasta la irracionalidad de algunas reglas que él o ella (los empiristas) posiblemente consideran como básicas... Recuérdese siempre que las demostraciones y la retórica utilizadas no expresan alguna "convicción profunda" mía. Simplemente muestran lo fácil que es convencer a la gente de manera racional. Un anarquista es como un agente secreto que le hace el juego a la razón para debilitar su autoridad (y la de la verdad, la honestidad, la justicia, y así sucesivamente).
Siguen siete capítulos repletos de observaciones penetrantes, agudas, extensamente documentadas y sistemáticamente iconoclastas, prueba definitiva de que Feyerabend no sólo es un anarquista sincero sino que además es un dialéctico formidable y un polemista temible. En varios apéndices y capítulos ulteriores repasa los trabajos de Galileo en relación con el esquema de Copérnico y sugiere que Galileo triunfa no por sus argumentos científicos sino por su estilo literario, por sus artes de persuasión, porque escribe en italiano en vez de hacerlo en latín, y porque se dirige a un público opuesto temperamentalmete a las ideas antiguas y a los patrones del conocimiento asociados a ellas. Después de otros capítulos más, en donde propone abolir la distinción entre los contextos de descubrimiento y de justificación, entre los términos teóricos y los observacionales, entre la ciencia y la mitología, y en donde además critica duramente los esquemas de Popper y de Lakatos, termina con una última y sonora andanada que él mismo resume como sigue:
Por lo tanto, la ciencia está más cerca de la mitología de lo que la filosofía de la ciencia estaría dispuesta a admitir. Es solamente una de las muchas formas de pensamiento desarrolladas por el hombre, y ni siquiera necesariamente la mejor. Es conspicua, ruidosa e impúdica, y además sólo es intrínsecamente superior para aquellos que se han decidido previamente a favor de cierta ideología, o que la han aceptado sin antes examinar sus ventajas y sus límites. Y como la aceptación o el rechazo de ideologías debe ser un asunto individual, la separación del Estado y la Iglesia debe suplementarse con la separación del Estado y la ciencia, que es la institución religiosa más reciente, más agresiva y más dogmática. Tal separación podría ser nuestra única oportunidad de alcanzar la humanización de que somos capaces pero que nunca hemos realizado en su totalidad.
Tres años más tarde (1978) Feyerabend publicó su libro La ciencia en una sociedad libre, que consta de tres partes: la primera son comentarios sobre algunos aspectos de Contra el método que se le habían quedado en el tintero, la segunda es la extensión lógica de sus ideas sobre el anarquismo científico y el "todo se vale" metodológico, que termina con sus fascinantes notas autobiográficas, y la tercera es una colección de respuestas a algunas revisiones críticas de su libro Contra el método. De esta última parte sólo diré dos cosas: la primera, se llama Conversaciones con iletrados, y la segunda, es un despliegue espléndido pero despiadado del extraordinario talento dialéctico de Feyerabend.
Pero ya hemos dicho demasiado acerca de las ideas y el estilo de Feyerabend y es tiempo que revisemos algunas de las críticas que se les han hecho a las primeras. Sin embargo, voy a citarlo textualmente por última vez, tomando una parte del párrafo con el que concluye sus reflexiones autobiográficas. Dice así:
Quedan dos opciones. Podría empezar a participar en alguna tradición e intentar reformarla desde dentro. Creo que esto sería importante. Los tiempos en que los Grandes Cerebros se asociaban con los Grandes Poderes de la sociedad para dirigir las vidas del resto, aun de la manera más gentil, se han ido extinguiendo (excepto en Alemania). Cada vez más civilizaciones suben al estrado de la política mundial, cada vez se recuperan más tradiciones de los pueblos que forman el hemisferio occidental. El individuo puede participar en esas tradiciones (si lo aceptan) o callarse la boca, lo que no puede hacer es dirigirse a ellas como si fueran estudiantes en un salón de clases. Yo he sido un miembro algo errático de una tradición seudocientífica desde hace demasiado tiempo, de modo que podría tratar de estimular desde dentro las tendencias con las que simpatizo. Esto estaría de acuerdo con mi inclinación a usar la historia de las ideas para explicar fenómenos que me intrigan y para experimentar con formas de expresión distintas de la prosa escolástica para presentar o exponer ideas. Pero no tengo mucho entusiasmo por tal trabajo, especialmente porque pienso que campos como la filosofía de la ciencia, o la física de las partículas elementales, o la filosofía ordinaria del lenguaje, o el kantismo, no deberían reformarse sino que debería permitirse que murieran su muerte natural (son demasiado caros y el dinero que se gasta en ellos se necesita con mayor urgencia en otras partes). Otra posibilidad es iniciar una carrera como artista (entertainer). Esto me atrae mucho. Traer una leve sonrisa a las caras de los que han sido heridos, deprimidos o desilusionados, a los que han sido paralizados por alguna "verdad" o por el miedo a la muerte, me parece un logro infinitamente más importante que el descubrimiento intelectual más sublime: en mi escala de valores Nestroy, George S. Kaufman y Aristófanes están muy por encima de Kant, Einstein y sus anémicos imitadores. Éstas son las posibilidades: ¿qué haré? Sólo el tiempo lo dirá...
Este hermoso y sentido párrafo se publicó hace diez años. Hasta donde yo sé, Feyerabend sigue siendo el mismo profesor original, brillante e iconoclasta, de filosofía de la ciencia en California y en Viena, por lo que todos debemos felicitarnos. Su función es tan importante hoy como fue la de Sócrates en la Atenas de Pericles. Ojalá que la continúe desempeñando por muchos años; el mundo lo necesita ahora más que nunca. En relación con el método científico, la posición de Feyerabend es que históricamente no ha existido y que es gracias a la anarquía que la ciencia ha progresado. Los científicos han hecho de todo, de éste y del otro lado de la ética profesional, para avanzar y hacer triunfar sus teorías favoritas. Cuando se ha tratado de escoger entre dos o más teorías sobre los mismos fenómenos, la decisión nunca ha sido racional y objetiva porque las teorías distintas son inconmensurables. Dentro de esta anarquía, tanto el cambio como el crecimiento de la ciencia se explican por factores externos, como ideologías, preferencias subjetivas, estilo literario, propaganda, mercadotecnia, etc. El único principio objetivo (o sea, no basado en factores externos) que admite Feyerabend es que una teoría científica puede eliminarse por deficiente cuando se demuestra que contiene una incongruencia interna. Este principio no es ni irracional ni anarquista sino que está basado en la lógica y es el talón de Aquiles del anarquismo filosófico de Feyerabend. La razón es bien sencilla: los mismos argumentos que esgrime Feyerabend para considerar a la ciencia como una ideología pueden usarse para calificar a la filosofía como otra ideología. Por lo tanto, una teoría filosófica será deficiente y deberá abandonarse cuando se descubra que encierra una incongruencia interna.
Debe mencionarse que Feyerabend discute este mismo punto con su dialéctica corrosiva, preguntándose en forma retórica: "¿qué hay de malo con las incongruencias?", y procediendo a rechazar el argumento de que la consecuencia de aceptar incongruencias sea el caos irracional, argumentando que en la ciencia algunas teorías incongruentes han contribuido al progreso. Sin embargo, este hecho no basta para abandonar el principio lógico de la no contradicción, ya que las teorías incongruentes que han contribuido al progreso de la ciencia lo han hecho gracias a que nuevos hechos las transformaron en congruentes. En ninguno de sus escritos extiende Feyerabend su irracionalismo, postulado como un elemento constante para la ciencia, a la propia naturaleza; su pleito no es con la realidad externa, ni con los que pretendemos estudiarla y conocerla, los seres humanos que ejercemos la profesión de científicos, sino con los instrumentos lógicos que pretendemos usar para cumplir con nuestros objetivos.
Finalmente, Feyerabend aprueba el concepto de la inconmensurabilidad de los paradigmas científicos de Kuhn pero en cambio rechaza los periodos cíclicos de ciencia normal y revolución, alegando que ni existen ni han existido nunca, por lo que no pueden explicar el crecimiento de la ciencia. Éste se explica como resultado del juego entre la tenacidad con que se sostienen unas teorías y la proliferación de otras teorías. Feyerabend dice:
Además, es la invención de nuevas ideas y el intento de asegurar para ellas un sitio digno en la competencia lo que lleva a la eliminación de los paradigmas viejos y familiares. Tal invención se realiza continuamente todo el tiempo, aunque es sólo durante las revoluciones que nos llama la atención. Tal cambio en la atención no refleja modificación estructural profunda alguna (como por ejemplo la transición entre la solución de acertijos y la especulación filosófica o poner a prueba las teorías fundamentales). No es otra cosa que un cambio en el interés y en la publicidad.
De manera que, según Feyerabend, la ciencia consiste en la interacción constante de dos partes, la normal y la filosófica, y tal interacción es la responsable de su crecimiento. Pero entonces, el mismo Feyerabend se pregunta, ¿por qué es que los elementos revolucionarios aparecen o se hacen visibles sólo en raras ocasiones? ¿No es ése un simple hecho histórico que apoya a Kuhn y refuta a Feyerabend? De ninguna manera, se trata de que el componente establecido de la ciencia resiste con tenacidad el cambio, y tal resistencia se hace más firme en los periodos en los que el cambio parece inminente; la resistencia está dirigida en contra del componente filosófico y lo trae a la conciencia pública. Feyerabend dice:
Las generaciones más jóvenes, siempre interesadas en las cosas nuevas, se apoderan de los nuevos materiales y los estudian ávidamente. Los periodistas, siempre a la búsqueda de noticias —mientras más absurdas, mejor— publican los nuevos descubrimientos (que son los elementos del componente filosófico que están más radicalmente en desacuerdo con los puntos de vista aceptados mientras conservan cierta plausibilidad y quizá hasta algún apoyo en los hechos). Éstas son algunas de las razones para las diferencias que percibimos. No creo que debiera buscarse algo más profundo.

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