AUGUSTO
COMTE (POSITIVISMO)
El término "ciencia positiva" fue usado
por primera vez por Madame de Stael alrededor de 1800 y adoptado posteriormente
por Saint-Simon, el precursor del socialismo. Auguste Comte (1788-1857) nació
en Montpellier, Francia, en el seno de una familia estrictamente católica y
defensora de la monarquía; sin embargo, a los 14 años de edad el joven Comte
anunció que ya no creía ni en Dios ni en el rey. A los 26 años de edad se
inscribió en la École Polytechnique,
fundada en 1794 para educar ingenieros militares pero que rápidamente se había
transformado en una excelente escuela de ciencias avanzadas; aquí Comte se
dedicó con ahínco a sus estudios de matemáticas y astronomía, bajo la guía de
Carnot, Lagrange y Laplace, entre otros. Sin embargo, dos años más tarde (en
1816) fue expulsado cuando la escuela se reorganizó sobre bases monárquicas,
pero en lugar de regresar a Montpellier se quedó en París, donde sobrevivió por
medio de clases privadas de matemáticas y bajo la influencia de los idéologues, como Cabanis, Destutt de
Tracy y Volney. En 1817 se hizo secretario de Saint-Simon y permaneció en ese
puesto los siete años siguientes, hasta que se separaron ferozmente peleados;
de todos modos, en esos siete años Comte absorbió muchas de las ideas de
Saint-Simon, que posteriormente pasarían a primer plano en su filosofía
positiva.
En 1826 Comte anunció un curso privado que atrajo
oyentes tan ilustres como Humboldt, Fourier, Esquirol y Blainville;
desafortunadamente, después de la tercera conferencia Comte sufrió un ataque de
locura que duró más de un año, al cabo del cual se deprimió de manera tan
profunda que intentó suicidarse arrojándose al Sena de donde por fortuna fue
rescatado. En 1828 reanudó su famoso curso, que empezó a publicarse en 1830 y
se terminó 12 años más tarde; en ese lapso Comte también dictó un curso anual
gratuito sobre astronomía, fue encarcelado por rehusarse a ingresar a la
guardia nacional monárquica, y se divorció de su esposa, una mujer con la que
se había casado muy joven, que lo había cuidado durante su periodo de locura, y
que incluso había tenido que contribuir a los ingresos familiares ejerciendo la
prostitución. En 1845 Comte conoció a Clotilde de Vaux y se enamoró de ella,
pero la relación (que produjo un impacto indeleble en Comte y cambió su
filosofía) solamente duró un año, debido al fallecimiento de Clotilde. Esta
tragedia se agregó a su precaria situación económica, que había contado con el
apoyo generoso de varios mecenas ingleses (gestionado por John Stuart Mill,
quien admiraba a Comte) pero que lo habían suspendido en vista de que Comte
adoptó la arrogante pose de un "alto magistrado moral" lo que también
molestó a Mill, quien dejó de escribirle. Comte continuó viviendo en la penuria
hasta 1848, cuando se hizo tan insostenible que uno de sus alumnos más
distinguidos, el famoso Emil Littré, publicó una solicitud de suscripciones
para apoyar los trabajos de Comte, que obtuvo una generosa respuesta. Debe
mencionarse que uno de los suscriptores fue Mill, y que el mismo Littré siguió
colaborando generosamente en la empresa aun después de haberse distanciado de
Comte, en vista del insufrible carácter de éste. En sus últimos años, Comte
transformó su filosofía positiva en un sistema religioso, organizado en gran parte
siguiendo la estructura de la Iglesia católica, con escrituras sagradas,
templos, servicios, santos y demás, pero el Ser Superior que se veneraba era la
humanidad y el papa de esta iglesia era el propio Comte; entre los santos se
mencionaba a Newton, Galileo, Gutenberg, Shakespeare, Dante, Julio César y
Clotilde de Vaux. Naturalmente, el catecismo de esta iglesia fue publicado por
Comte, en 1852; cuatro años más tarde todavía publicó una útil Síntesis subjetiva de muchas de sus
ideas políticas y sociales, y al año siguiente murió de cáncer, en la misma
situación de abyecta pobreza en que vivió la mayor parte de su vida.
Auguste Comte (1788-1857).
Desde el principio de sus trabajos científicos,
Comte sostuvo que su máxima utilidad estaba en el campo de las ciencias
sociales, que él llamaba primero "física social" y después bautizó
como "sociología". En su famoso Curso de filosofía positiva Comte tiene dos objetivos
principales: en primer lugar, demostrar la necesidad y la propiedad de una
ciencia de la sociedad, y en segundo lugar, mostrar a las distintas ciencias
como ramas de un solo tronco, o sea darle a la ciencia la categoría que hasta
entonces era propia de la filosofía. Comte basa sus postulados en su estudio de
la historia de la ciencia, en lo que coincide con Whewell. El Curso se inicia con el enunciado de
la famosa ley de las tres etapas, según la cual todo concepto, rama del
conocimiento o ciencia, pasa por las siguientes tres etapas sucesivas:
1) la etapa teológica, en la que
la mente humana, orientando su búsqueda a la naturaleza del ser, a las causas
primeras y finales de todos los efectos que contempla, en una palabra, al
conocimiento absoluto, ve los fenómenos como productos de la acción directa y
continua de agentes sobrenaturales más o menos numerosos, cuya intervención
arbitraria explica todas las aparentes anomalías del universo.
2) La etapa metafísica, que en
el fondo, es una simple modificación de la teológica, en donde los agentes
sobrenaturales son reemplazados por fuerzas abstractas, verdaderas entidades
(abstracciones personificadas) inherentes en los varios tipos del ser y
concebidas como capaces por sí mismas de engendrar todos los fenómenos
observados, cuya explicación consiste en asignarle a cada uno su entidad
correspondiente.
3) La etapa positiva, en
donde la mente humana, reconociendo la imposibilidad de
alcanzar conceptos absolutos, abandona la búsqueda del origen y el destino del
universo, y de las causas internas de los fenómenos y se limita al
descubrimiento, por medio de la razón y la observación combinadas, de las leyes
que gobiernan la secuencia y la semejanza de los fenómenos. La explicación de
los hechos, ahora reducidos a sus términos reales, consiste en el
establecimiento de una relación entre varios fenómenos particulares y unos
cuantos hechos generales, que disminuyen en número con el progreso de la
ciencia.
En la etapa teológica lo que se busca es una causa
primaria, en la etapa metafísica se persigue una esencia, y en la positiva
(nosotros diríamos científica), lo que se establece es una ley. En 1866, en un
folleto escrito en defensa de su maestro, un discípulo de Comte ofreció la
siguiente ilustración de las tres etapas: Tomemos el fenómeno del sueño
inducido por el opio. Los árabes se contentan con atribuirlo a la
"voluntad de Alá''. El estudiante de medicina de Moliére lo explica por un
principio soporífico contenido
en el opio. El fisiólogo moderno sabe que no puede explicarlo de ninguna
manera. Lo que puede hacer es simplemente observar, analizar y hacer
experimentos con los fenómenos que resultan de la acción de la droga, y
clasificarla con otros agentes de carácter análogo.
Cada una de las tres etapas mencionadas no sólo
representa una fase bien definida en la historia de las ciencias y un estadio
específico en el desarrollo mental del individuo, sino también una estructura
distinta de la sociedad. De esa manera, en la etapa teológica predomina la vida
militar, en la etapa metafísica dominan las formas legales, mientras que en la
etapa positiva prevalece la sociedad industrial. Comte sostenía, de la misma
manera que Hegel, que a través del desarrollo histórico es posible discernir un
movimiento paralelo de ideas y de instituciones. Según Comte, la astronomía era
la primera ciencia que ya había completado el ciclo trifásico mencionado,
gracias a que es la que se ocupa de los fenómenos más generales y más simples,
además de que afecta a todas las demás ciencias sin ser afectada por ninguna de
ellas.
El gran objetivo de la filosofía positivista es, de
acuerdo con Comte, avanzar el estudio de la sociedad hasta que alcance la
tercera etapa; en otras palabras, sacar a la sociología de los dominios de la
religión y de la metafísica y traerla al campo de la física y de la biología.
Una vez convertida en una disciplina científica, la sociología tendría dos
departamentos: uno, estático, albergaría las leyes del orden mientras que el
otro, dinámico, reuniría las leyes del progreso. De esa manera la sociología se
transformaría en la reina de las ciencias, colocada en el lugar de honor (el
último) de la clasificación de Comte. Esta clasificación (que realmente es un
ordenamiento jerárquico) va de las disciplinas más simples a las más complejas,
pero también incluye el concepto de dependencia secuencia, derivado no sólo de
sus estructuras respectivas sino también de su historia; en otras palabras, las
ciencias más básicas o generales preceden a las más aplicadas o específicas.
La lista propuesta de Comte es la siguiente: 1.- MATEMATICAS 2.-ASTRONOMIA 3.- FISICA 4.- FISIOLOGIA 5.-
SOCIOLOGIA
Cada miembro de esta serie depende de todos los
hechos y leyes propias de los que lo preceden, es más específico que ellos, y
no puede entenderse sin ellos, por lo tanto, no puede existir una física
adecuada si antes no se desarrolla la astronomía, y el establecimiento de una
química vigorosa debe preceder al crecimiento de la fisiología. De la lista
mencionada se desprende que la sociología será la última ciencia que logre
librarse de la influencia de dogmas teológicos y de ficciones metafísicas, y
por lo tanto también será la última en ingresar a la etapa positiva o
científica. En cambio, y aunque él mismo era matemático, Comte se opone al uso
extenso o exagerado de las matemáticas, a las que no consideraba como verdadera
ciencia sino más bien como un instrumento de trabajo entre otros muchos. Aunque
en principio todos los fenómenos pudieran ser susceptibles de manejo
matemático, en la práctica los pertenecientes a las ciencias más complicadas,
como la fisiología y especialmente la sociología, escapan a este tratamiento.
En relación con el método científico, el
positivismo de Comte subraya que conforme los hechos se hacen más complejos,
como los fenómenos fisiológicos, comparados con los astronómicos, también los
métodos necesarios para estudiarlos aumentan en complejidad, como en el caso de
la fisiología experimental, comparada con la simple observación de los
movimientos planetarios. En contraste con Descartes, quien postuló un solo
método correcto (el método geométrico) para guiar la razón, Comte estaba
convencido de que cada disciplina desarrolla una estrategia lógica y
operacional apropiada para ella y que tal metodología surge y se entiende a
partir del estudio de la historia de la ciencia. De hecho, Comte señala
específicamente que Descartes era su predecesor y que él había culminado los
estudios cartesianos al estudiar la mente no en forma abstracta sino por medio
de la historia; en otras palabras, la lógica de la mente no puede comprenderse a priori, sino más bien en función de
lo que ha hecho en el pasado.
Los diferentes métodos mencionados por Comte son
realmente tres: observación, experimentación y comparación. En contraste con
los empiristas, quienes como ya hemos visto, cultivaron la descripción
minuciosa de sus respectivas versiones de la metodología científica, Comte se
mantuvo en una tesitura muy general, por lo que ha sido interpretado de
distintas maneras por diferentes autores, cada uno queriendo identificar su
esquema favorito en el padre del positivismo. De acuerdo con Comte, el primer
procedimiento en el trabajo científico es la observación de los hechos, pero no en el sentido de Hume, de
grupos de sensaciones, o de Locke o Mill, de fenómenos registrados tal como
ocurren "ahí afuera", sino más bien en el de Kant, de datos
percibidos dentro de un contexto previamente establecido, pero no de
imperativos categóricos o de ideas fundamentales, sino dependiente de alguna
hipótesis o ley científica, Comte llamó a esta interacción entre el fenómeno
observado y la teoría que le da sentido una "especie de círculo
vicioso" y señaló el riesgo de pervertir la percepción de los fenómenos
para acomodar alguna hipótesis preconcebida. En su sistema positivista, la
tarea del científico es establecer leyes definitivas que describan las relaciones
invariables de los hechos, a partir de su verificación por medio de la
observación. La experimentación
sólo es posible cuando el curso natural de un fenómeno se puede alterar de
manera definida y controlada, lo que en la opinión de Comte se podía hacer
sistemáticamente en la física y en la química; en cambio, para la fisiología,
Comte sugirió que las dificultades de la experimentación podrían superarse por
medio de la observación de la patología, o sea el uso de los "experimentos
de la naturaleza", como hace unos cuantos años se bautizó a un grupo
específico de enfermedades congénitas. Recordemos que Comte escribía a mediados
del siglo XIX, cuando el impacto cultural de la École de Paris, que sostenía el concepto anatomo-clínico de la
enfermedad, estaba en su apogeo, y cuando los trabajos de Claude Bernard apenas
empezaban a conocerse en los círculos científicos más especializados, a los que
Comte no tenía acceso. De cualquier manera, las restricciones señaladas por
Comte para la experimentación siguen siendo válidas, aunque las fronteras de
este método de investigación científica se han ampliado mucho más allá de lo
que hubiera podido imaginar nuestro primer positivista. Finalmente, Comte
señaló que para investigar los fenómenos naturales más complejos (biológicos y
sociológicos), el mejor método era la comparación
o analogía, ejemplificada en biología por la anatomía comparada y en
sociología por lo que posteriormente vino a conocerse como antropología y
sociología histórica. Debo señalar que en esta última opinión coinciden algunos
de los biólogos evolucionistas distinguidos de fines del siglo XX, como Mayr y
Gould, y la gran mayoría de los sociólogos contemporáneos.
En resumen, el positivismo de Comte fue muchas
cosas para mucha gente; su impacto en la filosofía de la ciencia y en la
educación fue definitivamente mayor que el de otros sistemas filosóficos
anteriores o de su tiempo, sobre todo en el mundo latino; desde luego, en
América tuvo una influencia pública definitiva, especialmente en México y
Brasil, que todavía hoy se nota. Su rechazo sistemático de las ideas
trascendentales y metafísicas del campo de la ciencia representó un parteaguas
en la historia del pensamiento del mundo occidental. El positivismo de Comte
tiene muchos aspectos criticables, no sólo desde el punto de vista actual (con
siglo y medio de ventaja) sino también desde el de sus contemporáneos. Uno de
sus críticos más agudos y generosos fue Mill quien con caballerosidad
victoriana, pero también con puntería infalible, señaló las imprecisiones y
deficiencias del método científico propuesto por Comte. Sin embargo, el
positivismo de Comte también posee algunas facetas no sólo valiosas en su
tiempo sino aún vigentes en el nuestro; espero incluirlas en el último capítulo
de este volumen.
Aunque para los filósofos generales (si es que
existe tal categoría) Comte es el padre y el máximo sacerdote del positivismo,
para los filósofos de la ciencia el positivista más profundo y depurado es
Ernst Mach (1838-1916), quien nació en Taras, Moravia (hoy República Checa pero
entonces parte del Imperio austro-húngaro) y estudió matemáticas y física en
Viena. A los 26 años de edad fue nombrado profesor de matemáticas en la
Universidad de Graz, tres años más tarde pasó a Praga como profesor de física,
en 1885 llegó a Viena como profesor de historia y teoría de las ciencias
inductivas, y en 1901 ingresó a.la cámara alta del parlamento austriaco;
falleció en Haar, cerca de Munich, a los 78 años de edad. La diversidad de sus
intereses académicos contrasta con la imagen estereotipada que tenemos del Herr Geheimrrat alemán, en vista de
que hizo contribuciones originales en acústica, óptica, percepciones
sensoriales en general y estética, así como en electricidad, mecánica,
hidrodinámica y termodinámica, además de sus estudios fundamentales en historia
y filosofía de la ciencia; también escribió sobre otros temas tan diferentes
como la química de la maduración de las uvas, el sitio de los clásicos en la
educación secundaria, y la fotografía de los proyectiles en pleno vuelo. Tal
amplitud de intereses no traducía un simple diletantismo, sino todo lo
contrario: Mach estaba convencido de que la división de la ciencia en
especialidades como física, química o psicología es artificial y arbitraria,
además de ser peligrosa, si se toma como algo más que una mera conveniencia
práctica. En el desarrollo de su filosofía positivista, Mach alcanzó el
concepto que subtiende al Círculo de Viena, a la Escuela de Berlín y a la Enciclopedia universal de la ciencia
unificada, uno de los más grandes proyectos de la escuela conocida como
positivismo lógico. De hecho, la primera organización pública que formaron
varios futuros miembros del Círculo de Viena se registró con el nombre de
"Ernst Mach Verein", o sea "Sociedad Ernst Mach''. William
James, quien lo visitó en 1882 en Praga, dijo que le parecía que Mach había
leído todo y pensado en todo.
Ernst Mach (1838-1916).
En contra de lo que pudiera pensarse, la relación
entre Comte y Mach no fue directa ni importante; aunque en una ocasión Mach se
refiere a la ley de las tres etapas del conocimiento como si la tomara en
serio, su formación tuvo un carácter mucho más riguroso y experimental que el
de Comte, y Mach nunca se apartó del terreno científico para internarse en el
de la política o la sociología, y mucho menos en la religión. Pero su
epistemología es estrictamente fenomenológica, su rechazo de toda metafísica es
rotundo y total, y su insistencia en el enfoque histórico de la filosofía de la
ciencia es sistemática. Estas razones, junto con las mencionadas arriba,
justifican de sobra que se incluya a Mach entre los positivistas, aunque en un
momento veremos que también ha sido considerado como operacionista o
instrumentalista. El uso de estos términos sugiere que se trata de escuelas
bien definidas y fácilmente distinguibles entre sí, pero la realidad es otra;
ya hemos mencionado que se reconocen diferentes variedades o tipos de
positivismo, dependiendo de la amplitud de la manga dentro de la que se
acomodan. Mach parece haber llegado a su postura filosófica esencial a los 17
años de edad, por medio de un episodio semejante a una "revelación"
religiosa, estimulada por la lectura de Kant dos años antes; en sus propias
palabras:
|
Repentinamente, comprendí lo superfluo de papel
desempeñado por la "cosa en sí". En un día brillante de verano y al
aire libre, de pronto el mundo y mi ego se me presentaron como una masa
coherente de sensaciones...
|
Todos los que han leído a Kant estarán de acuerdo
en que pretender entenderlo a los 15 años puede tener consecuencias graves e
indelebles; esto parece ser lo que ocurrió con Mach, quien pasó el resto de su
vida tratando de explicarse el sentido y las implicaciones de la visión del
universo y de su yo, como una "masa coherente de sensaciones". Otro
filósofo que tuvo una profunda influencia en las ideas de Mach fue Berkeley, a
quien se encontró por primera vez en el Apéndice de los Prolegómenos de Kant, la permeación de la filosofía de Mach por
ciertos postulados de Berkeley es tan completa que algunos autores consideran
más bien al idealista obispo irlandés, en lugar del positivista filósofo
francés, como su verdadero precursor. Es muy probable que Mach hubiera aceptado
el "Esse est percipit"
"de Berkeley, pero en cambio es seguro que hubiera rechazado la noción de
que Dios se encargaba de evitar que su fenomenología empirista radical se
transformara en un solipsismo estéril. Mach también eliminó de su sistema
filosófico científico al cartesianismo, de modo que todas las leyes y
principios de la ciencia se basan exclusivamente en la experiencia, que para él
significa un conjunto de sensaciones. Los conceptos cartesianos a priori no existen, los imperativos
categóricos kantianos son entidades ficticias, lo único que debe creerse es lo
que puede experimentarse.
De acuerdo con esta posición, los elementos
esenciales del conocimiento son las sensaciones; por lo tanto, lo que debe
promoverse es la determinación de las relaciones entre los distintos tipos de
sensaciones. Éste parece un programa positivista a la Comte, pero la filosofía de Mach era fundamentalmente
monista; lo que pedía era la eliminación definitiva de cualquier remanente
metafísico y el apego fiel a las circunstancias empíricas actuales. En este
renglón, Mach se acerca al operacionismo, cuando señala que ciertos conceptos científicos
se basan en sensaciones específicas:
|
Postulo que cada concepto físico sólo representa
un cierto tipo definido de conexión con los elementos sensoriales... Tales
elementos... son los materiales más simples con los que se construye el mundo
flisico, y también el psicológico.
|
Con esta base, Mach rechaza de la ciencia, igual
que Comte, todo aquello que no se deriva de nuestras sensaciones. Pero para un
físico experimental metido a filósofo, tal posición tenía a fines del siglo XIX
muchos más bemoles que para un matemático y astrónomo metido a filósofo a
principios del mismo siglo. Comte podía darse el lujo de negarle existencia
científica a los átomos, pero para Mach esto era mucho más problemático porque
en su tiempo, aunque todavía no demostrable objetivamente, el átomo ya servía
para comprender y coordinar una masa enorme de datos empíricos; por ejemplo, es
más fácil recordar la composición química de las sustancias por su fórmula que
por su peso molecular, a pesar de que era este último el que se determinaba en
forma más o menos directa. Esto podría explicar que Mach, aunque por un lado
excluye formalmente a "todo lo que nos representamos además de las
apariencias", o sea a las hipótesis o teorías, por otro lado las deja
entrar subrepticiamente por la puerta falsa, diciendo que sólo son fórmulas o "memoria technica", con
valor puramente didáctico o heurístico, pero sin existencia real. De hecho, el
uso de conceptos no empíricos para facilitar la predicción de fenómenos
registrables como sensaciones objetivas, o sea como instrumentos imaginarios de
toda investigación que contribuya a obtener resultados reales, es muy anterior
a Mach: es otra forma de describir la doctrina medieval de que deben
"salvarse las apariencias". Pero también explica que, ocasionalmente,
la filosofía positivista de la ciencia de Mach haya sido calificada de
"instrumentalista".
Éste no es el momento de examinar críticamente al
instrumentalismo, pero conviene señalar que tal postura filosófica renuncia a
explicar los fenómenos observados; de acuerdo con los instrumentalistas, la
función de las hipótesis y teorías es únicamente la de facilitar la descripción
objetiva de los hechos. Recordemos que la definición de Mach de la ciencia
enfatizaba, como su característica más sobresaliente la máxima economía en la
descripción del mayor número de hechos. De hecho, se ha dicho que el concepto
de ciencia de Mach era "la expresión del máximo de conocimientos con el
mínimo de esfuerzo". Pero si las hipótesis y teorías científicas sólo
funcionan como "memoria
technica", si sólo son instrumentos para generar conocimientos y no
poseen realidad objetiva, resulta difícil concederles algún sentido o
significado propio. Se trata de estrategias diseñadas para alcanzar objetivos
que no sólo no las incluyen sino que las rebasan. No nos dicen nada respecto a
la realidad sino que su mensaje se limita a señalar regularidades en nuestras
sensaciones.
Mach sabía todo esto, pero también sabía otras
cosas. En su tiempo se promulgó la teoría darwiniana de la evolución por medio
de la selección natural. Ningún científico que se respetara podía mantenerse al
margen de esta teoría, y Mach se tenía un enorme respeto. Por lo tanto,
procedió a incorporar no sólo el lenguaje sino también las ideas de Darwin en
su filosofía de la ciencia, señalando que puede suponerse que ciertas hipótesis
o teorías científicas no se adapten satisfactoriamente a los hechos, mientras
que otras sí lo hagan; la consecuencia natural sería que las hipótesis bien
adaptadas a la realidad sobrevivieran y que las incongruentes con ella
desaparecieran. Además, algunos pensamientos pueden estar más o menos adaptados
a otros y cuando lo primero es lo que ocurre, el resultado es una buena teoría.
De esta manera logró Mach reintroducir las hipótesis y teorías en su esquema
positivista de la ciencia, después de haberlas expulsado con su rechazo inicial
de la metafísica.
Sin embargo, con este giro biologista, Mach
realmente cambió su esquema filosófico de la realidad: como positivista
comtiano, su mundo estaba constituido nada más por sensaciones y las relaciones
entre ellas, mientras que como positivista darwiniano, estaba aceptando que
también existían pensamientos y "hechos", a los que las ideas podían
estar más o menos adaptadas. Cohen ha señalado que esto nos permite distinguir
a dos Mach, uno, el austero e inflexible fenomenólogo, nominalista y
reduccionista, y el otro, el filósofo menos rígido y menos opuesto al sentido
común, que aceptaba hipótesis y teorías, junto con un mundo real más allá de las
sensaciones que produce.
Finalmente, conviene señalar otro aspecto de la
filosofía de la ciencia de Mach directamente relacionado con su concepto del
método científico. Me refiero a los llamados Gedankenexperimenten o "experimentos mentales", que en
los escritos de Mach desempeñan un importante papel. Como investigador activo,
Mach sabía muy bien que ni él ni sus colegas científicos llegaban a sus
laboratorios a hacer experimentos sin ideas preconcebidas, sino todo lo
contrario; los experimentos eran la etapa final de un proceso largo y cuidadoso
de análisis conceptual, de clarificación de las ideas, de diseño de distintas
opciones y de selección de las más viables por medio de confrontaciones con
ciertas circunstancias críticas generales. Sólo al final de este proceso,
cuando ya no es posible distinguir entre varias hipótesis para explicar un
fenómeno dado, en función de la información conocida, se procede a diseñar un
experimento cuyo resultado permita tal distinción. A toda la parte teórica de
este proceso es a lo que Mach llamaba "experimentos mentales",
señalando además que tenían un elevado valor pedagógico y que su costo era
mínimo. En años ulteriores, el concepto de "experimento mental se ha hecho
menos amplio y dentro de toda esa actividad teórica se ha intentado separar de
la definición de conceptos, de la generación de hipótesis y de su análisis
comparativo, quedando reducido el "experimento mental" a las
preguntas y las respuestas teóricas (estas últimas basadas en información
existente) que permiten descartar una o más de las hipótesis propuestas para
explicar una relación entre dos o más hechos, o la existencia de un fenómeno.
En condiciones ideales (o por lo menos favorables), después de realizado un
"experimento mental", el siguiente paso sería un "experimento
crucial", o sea un diseño de manipulación de la naturaleza cuyo resultado
permitiría discriminar entre las hipótesis que no pudieron distinguirse por
medio del "experimento mental". Los "experimentos mentales"
son episodios de cerebración, que pueden llevarse a cabo en posición supina en
el dormitorio o (mejor aún) en la playa, con los ojos entrecerrados y con
mínimo ejercicio muscular, mientras que los "experimentos cruciales"
son manipulaciones de la naturaleza que sólo pueden realizarse en el
laboratorio o en el campo, casi siempre en posición erecta o sentada, con los
ojos bien abiertos y con un gasto de energía física que oscila entre moderado y
exhaustivo.
Seguramente que Charles Peirce (1839-1914) se
hubiera opuesto a ser considerado como positivista, y no es remoto que hubiera
tenido razón. Porque para un personaje tan complejo y tan cambiante a través de
su larga y activa vida, una sola categoría filosófica es demasiado poco. Peirce
nació en Cambridge, Massachusetts, hijo del profesor "Perkins" de
matemáticas y astronomía de la Universidad de Harvard, y el matemático
norteamericano más distinguido de su tiempo. Como era de esperarse, desde
temprano el joven Peirce mostró gran facilidad y afición por las matemáticas la
fisica y la química, en la que se graduó cum
laude en 1863, a los 24 años de edad. Los siguientes 15 años los pasó
como astrónomo en el observatorio de Harvard y como físico en una oficina
técnica del gobierno de su país (de la que su padre era jefe); a partir de 1866
empezó a publicar trabajos sobre lógica y filosofía de la ciencia. En 1879 fue
nombrado conferencista de lógica en la nueva universidad Johns Hopkins, en
Baltimore, Maryland. En ese ambiente académico permaneció por cinco años, al
cabo de los cuales lo abandonó; tres años más tarde recibió una cuantiosa
herencia, con la que se retiró a Milford, Pennsylvania, donde vivió más o menos
aislado los últimos 27 años de su vida. Aunque se casó dos veces, no tuvo
hijos. Aparentemente Peirce tenía un carácter difícil y un estilo de vida
desordenado, por lo que fue rechazado socialmente por los puritanos de Nueva
Inglaterra, aunque le reconocieron su eminencia filosófica, al grado de que en
vida se transformó en una leyenda que ocasionalmente llegaba a Harvard y daba conferencias
sobre lógica y filosofía con gran éxito. La quiebra bancaria de 1893 lo
arruinó, tuvo que vender todas sus propiedades pero todavía quedó endeudado por
el resto de su vida, y a partir de 1905, a los 66 años de edad, vivió de la
caridad pública. En 1907 William James presidió una colecta para proporcionarle
un apoyo económico mínimo, que lo ayudó a resolver las necesidades más
elementales hasta su muerte, ocurrida en la primavera de 1914.
Charles Sanders Peirce (1839-1914).
Considerando la amplitud y variedad de sus
intereses, Peirce seguramente fue el último aspirante al título de Leonardo, de
ciudadano universal de la cultura: escribió sobre lógica, epistemología,
semiótica, el método científico, metafísica, cosmología, ontología, ética, estética,
fenomenología, religión y especialmente sobre matemáticas. En estas líneas sólo
prestaremos atención a sus comentarios sobre el método científico, no sólo por
su conexión con el positivismo tradicional sino también por sus compromisos con
el mundo capitalista actual. Conviene señalar que las ideas de Peirce sobre la
estructura de la ciencia y su metodología fueron cambiando a lo largo de los
años; al principio de su carrera fue kantiano y al final terminó siendo el
fundador del pragmatismo. Su interés central fue siempre la lógica, por medio
de la que intentó desarrollar un método científico que fuera común a todas las
ciencias, o por lo menos un procedimiento para generar hipótesis. Peirce
distinguía tres formas diferentes de razonamiento o "inferencia"
usadas habitualmente en la ciencia: deducción, inducción e hipótesis. Peirce
bautizó al proceso mental por medio del que se generan hipótesis como
"retroducción" o "abducción", y postuló que su lógica no
podía separarse de la forma como se pondría a prueba y que está implícita en su
formulación, o sea la manera como sería capaz de explicar los hechos para cuya
explicación se propone. Para presentar una hipótesis es necesario que sus
consecuencias se deduzcan y se pongan a prueba. Es en estos tres pasos sucesivos
(abducción o retroducción de una hipótesis, deducción de sus consecuencias y
pruebas que se realizan) en los que se basa el método científico de Peirce,
aunque desde luego el más importante para él y para nosotros es el primero, o
retroducción. Pero respecto al procedimiento mismo para generar hipótesis, a la
lógica del descubrimiento científico, Peirce no dice nada concluyente; cuando
más, ofrece razones para que ciertas hipótesis se prefieran sobre otras. En sus
primeras formulaciones, Peirce sugirió que la lógica de la retroducción tenía
un elemento ético, en vista de que es:
|
[...] la teoría del razonamiento correcto, de lo
que el razonamiento debería ser, no de lo que es... no es [la lógica] la
ciencia de cómo pensamos, sino de cómo deberíamos pensar... para que pensemos
lo que es cierto.
|
Peirce también insistió, de acuerdo con los
positivistas, en que las hipótesis debían poderse poner a prueba
experimentalmente, y que tal cosa, ahora en desacuerdo con los positivistas,
debería hacerse con la mayor economía, no sólo de ideas sino también de
trabajo, de tiempo y de recursos materiales. Aquí Peirce le concedía
importancia a factores socioeconómicos en la estructura misma del conocimiento,
lo que Mach nunca hubiera aceptado. Pero además, Peirce tenía un concepto más
amplio que los positivistas de significado de las pruebas experimentales, que
para estos últimos deberían ser objetivas y directas, mientras que para Peirce
las demostraciones indirectas también eran igualmente aceptables. Finalmente, Peirce
introdujo el pragmatismo como un elemento nuevo en el método científico,
insistiendo en la importancia de las consecuencias prácticas de todo el
proceso. En sus propias palabras:
|
La única forma de descubrir los principios sobre
los que debe basarse la construcción de cualquier cosa es considerando qué es
lo que se va a hacer con ella una vez que esté construida.
|
Manuscrito de un artículo original de Peirce.
Es importante examinar, aunque sólo sea de pasada,
el concepto pragmático de la verdad. Si en un momento determinado dos hipótesis
distintas, ambas generadas para explicar un mismo grupo de fenómenos, no
pudieran distinguirse en función de sus capacidades predictivas en la práctica,
las dos deberían considerarse igualmente ciertas. Esto es precisamente lo que
ocurrió en Europa durante el siglo XVI cuando la teoría geocéntrica de Ptolomeo
y la heliocéntrica de Copérnico servían para ayudar a la navegación marítima
con igual eficacia, por lo que ambas podían haber sido declaradas como
verdaderas desde ese punto de vista; en cambio, con la introducción del
telescopio la utilidad práctica de la hipótesis de Copérnico superó a la de
Ptolomeo, por lo que a partir de ese episodio la verdad ya nada más le
correspondió a Copérnico. De igual forma ocurrió en el siglo XIX con las
teorías contagionista y anticontagionista de la fiebre amarilla: ambas tenían
consecuencias prácticas de valor no sólo médico y filosófico sino también
económico, en vista de que decidían la viabilidad y la extensión de las facilidades
comerciales entre los distintos países, debido a las famosas cuarentenas
portuarias. La información objetiva que existía en este campo hasta antes de
Pasteur y Koch se podía explicar en forma igualmente satisfactoria (o
insatisfactoria) por las dos teorías, que postulaban hechos diametralmente
opuestos; sin embargo, con el descubrimiento del papel patógeno de los agentes
microbianos, la teoría anticontagionista dejó de ser verdad y le cedió todo el
campo a la teoría microbiana de la enfermedad.
De lo anterior se desprende que el pragmatismo,
además de tener fuertes relaciones con el instrumentalismo, también está
emparentado de cerca con el relativismo, una corriente filosófica antigua pero
que en el campo de la ciencia es relativamente reciente y ha tenido un impacto
importante, sobre todo a partir de los trabajos de Kuhn. Pero el pragmatismo
también tiene elementos positivistas, que ya hemos señalado y que explican su
inclusión en este capítulo. Todas estas influencias e interacciones entre las
distintas "escuelas" mencionadas son convenientes en teoría pero
falsas (o mejor aún, parciales y artificiales) en la realidad. Los científicos
y filósofos cuyos pensamientos y contribuciones hemos mencionado no se
preocuparon por mantenerse dentro de esquemas que posteriormente resultaran
cómodos a los historiadores, sino que pensaron y argumentaron según su época y
su leal saber y entender. Somos nosotros, sus estudiantes e intérpretes, los
que intentando comprenderlos mejor, tratamos de encasillarlos en compartimentos
más o menos rígidos; la medida en que nuestros esquemas se apartan de la
perfección teóricamente anticipada no es sólo reflejo de nuestra incapacidad
sino también del grado en que las distintas casillas se superponen.
|
En relación con los aspectos prácticos, la lógica
es la cualidad más útil que pueden poseer los animales y, por lo tanto, debe
haberse derivado de la acción de la selección natural.
|
En años posteriores, Peirce consideró cuatro
métodos por los que se pueden "fijar las creencias": 1) tenacidad, o sea creyendo lo que
se quiere creer, 2) autoridad,
aceptando que el Estado (o cualquier otra estructura de poder) controle las
creencias; 3) el método a priori, en el que las conclusiones
se alcanzan racionalmente; 4) el
método científico. En términos
generales, la evolución del pensamiento humano habría progresado a partir de
las ideas prefilosóficas primitivas a las especulaciones autoritarias de la
Edad Media, de ahí al racionalismo europeo tipificado por Descartes, para
finalmente alcanzar su último desarrollo, las teorías científicas de Peirce.
Pero no se detuvo ahí, porque de la misma manera que Mach, Peirce aceptó el
marco darwiniano para reformular sus ideas, que de esa manera confirmaron una
de sus propiedades más valiosas: su capacidad para reconformarse siguiendo la
nueva información. De acuerdo con Aristóteles y con Santo Tomás de Aquino, pero
por razones muy distintas, Peirce aceptó la existencia de una afinidad especial
entre el hombre y la naturaleza, lo que explicaría que a través del tiempo el
ser humano hubiera ido adquiriendo progresivamente cierta capacidad o aptitud
especial para seleccionar, del universo de todas las hipótesis posibles, las
mejores para explicar un fenómeno dado.
Para justificar el razonamiento inductivo, Peirce
se adhirió al realismo epistemológico, que postula la existencia independiente
de los objetos estudiados por la ciencia. Las ideas o conceptos sólo tendrían
significado si eran capaces de producir efectos experimentados en condiciones
controladas. En escritos previos, Peirce había señalado que la esencia de
cualquier idea era la creación de un hábito específico, de modo que cuando dos
ideas en apariencia distintas resultaban en el mismo hábito, o sea que
disipaban la misma duda por medio de la misma acción, en realidad no eran
esencialmente diferentes, aun cuando se expresaran de manera muy disímbola.
Para determinar el significado de alguna idea, lo que debe hacerse es:
|
...determinar los hábitos que produce, porque el
significado de una cosa es simplemente los hábitos que causa. Ahora bien, la
identidad de un hábito depende de cómo nos lleve a actuar no sólo en
circunstancias comunes sino en cualquiera que pudiera ocurrir, aunque fuera
la más improbable. Lo que el hábito es depende de cuándo y cómo nos induce a
actuar. En relación con el cuándo, cada estímulo para actuar se deriva de una
percepción; en referencia al cómo, cada propósito de actuar es producir algún
resultado sensible. De esta manera llegamos a que lo tangible y práctico es
la raíz de todas las diferencias verdaderas en el pensamiento, no importa qué
tan sutiles sean, y no existe una distinción de significado tan fina que no
sea otra cosa que una diferencia posible en la práctica.
|
Aceptar que un cuerpo es blando es lo mismo que
decir que otros cuerpos lo rasguñan, lo cortan o lo deforman; en otras
palabras, las cualidades de los objetos se transforman en relaciones entre los
objetos. Para Peirce, las consecuencias derivadas de las acciones basadas en
una idea no determinan su significado, sino que éste más bien depende de las
proposiciones que relacionan las consecuencias mencionadas con las
circunstancias en que ocurren; en otras palabras, el significado de una idea
está contenido en proposiciones de la forma "si X, entonces Y",
o sea que relacionan operaciones en el objeto de la idea con efectos
experimentados por el investigador o filósofo.
En su magnífico libro sobre la evolución histórica
de la filosofía de EUA, Kuklick señala que la salida de Peirce de la
Universidad Johns Hopkins significó su aislamiento progresivo del ambiente
académico, y aunque el filósofo continuó trabajando y modificando su sistema,
al final la inevitable combinación de los años + la soledad terminaron por
hacer sus ideas primero desconocidas (aparte de unos cuantos artículos en
revistas periódicas, no publicó nada en los 30 años que sobrevivió después de
salir de la Universidad Johns Hopkins), después oscuras y difíciles, y finalmente
anacrónicas. Kuklick termina su examen de la vida y filosofía de Peirce con el
siguiente párrafo:
|
Esos fueron los costos, para Peirce y para la
filosofía norteamericana, de su salida de Hopkins. Murió al iniciarse la
primavera de 1914, un extraño recluso, en un cuarto oscuro y sin calefacción
de Arisbe (su casa en Milford), mientras seguía buscando, como los antiguos
filósofos griegos, el Arché,
el Principio, el Origen de las cosas.
|
Uno de los libros más importantes que he leído
sobre filosofía de la ciencia es una antología de ciertos escritos de Henri
Poincaré, tomados sobre todo de dos de sus obras fundamentales (La science et l'hypothese,
Flammarion, París, 1902, y Science et
Méthode, Flammarion, París, 1908). Esta antología se publicó en México
en 1964 por la UNAM, con una espléndida y muy aceptable introducción de Eli de
Gortari (reimpresa en 1984), y en 1981 por CONACyT, con el extenso y un tanto
técnico prólogo de Jean Dieudonné; ambas ediciones carecen de índices de
autores y de materias. Henri Poincaré (1854-1912), matemático y filósofo
francés, nació en el seno de una distinguida familia de Nancy; su primo hermano
Raymond fue primer ministro y presidente de la Tercera República Francesa.
Aunque las primeras aficiones de Poincaré fueron la historia y los clásicos, a
los 15 años de edad ya estaba interesado en las matemáticas; sin embargo,
cuando se presentó al examen final del bachillerato de ciencias casi lo
reprueban porque fracasó en la prueba escrita de matemáticas, que consistía en la
suma de los términos de una progresión geométrica, campo en el que años más
tarde hizo importantes contribuciones originales. Estudió ingeniería de minas
y, por su parte, matemáticas, y en ambas obtuvo la licenciatura con un año de
diferencia. En 1879 se doctoró en matemáticas en la Facultad de Ciencias de la
Universidad de París, y después de un intervalo de seis meses, en que trabajó
como ingeniero de minas, ingresó como profesor de matemáticas en la Universidad
de Caen. Su prestigio creció de manera efervescente, sobre todo después de
haber conquistado una mención honorífica en el concurso para otorgar el Gran
Premio de Matemáticas, convocado por la Academia de Ciencias en 1880, de modo
que en 1881 fue llamado como profesor a la Facultad de Ciencias de París, en
donde apenas cinco años más tarde fue designado profesor titular de la cátedra
de física matemática y cálculo de probabilidades. Este meteórico ascenso
académico debido a la calidad de sus contribuciones científicas, le permitió
ingresar como miembro a la Academia de Ciencias en 1887, cuando todavía no
cumplía 33 años de edad. A partir de entonces y por los siguientes 25 años
Poincaré trabajó con una energía y originalidad prodigiosas, publicó más de
1500 artículos científicos y más de 30 monografías, dictó incontables
conferencias en Europa, Rusia y América, recibió todos los honores posibles en
su tiempo para los matemáticos, fue presidente de numerosos congresos
internacionales, en 1906 ocupó la presidencia de la Academia de Ciencias de
París y en 1908 ingresó como miembro de la Academia Francesa, en sustitución
del poeta Prudhomme. De Gortari nos dice:
|
En 1900, al celebrarse la Exposición
Internacional de París, Poincaré dio muestras de la intensidad de sus
actividades. Así, dictó tres conferencias de gran importancia en el lapso de
15 días. La primera sobre la función de la intuición y de la lógica en las
matemáticas, en el Segundo Congreso Internacional de Matemáticas, que él
presidía. La segunda sobre los principios de la mecánica, en el Primer
Congreso Internacional de Filosofía. Y la tercera acerca de las relaciones
entre la física experimental y la física matemática, en el Primer Congreso
Internacional de Física.
|
Henri Poincaré (1854-1912).
La vida familiar de Poincaré fue tranquila y feliz.
Se casó una sola vez, con una bisnieta del biólogo Geoffroy-Saint-Hillaire, con
la que tuvo cuatro hijos. Su familia lo apoyó en su trabajo con gran cariño y
eficiencia, lo que no pocas veces fue afortunado, pues a pesar de su prodigiosa
y legendaria memoria, era terriblemente distraído. Murió repentinamente, seis
días después de una intervención quirúrgica poco importante, a los 58 años de
edad.
Frontispicio del libro Filosofía de la ciencia, de Henri Poincaré, publicado por el
CONACyT en 1981.
La contribución de Poincaré a la filosofía de la
ciencia pertenece a la tradición positivista de Mach: además, el matemático francés
reconoce su deuda con Kant, lo que no es de extrañar, dado su interés en el
carácter estrictamente formal de las teorías en la física. Poincaré muestra
poca preocupación por los problemas epistemológicos que subyacen la validez y
la aceptabilidad de las teorías, aunque dedicó algunas páginas a la psicología
del descubrimiento científico, que por cierto se encuentran entre las más
citadas (aunque no necesariamente las más leídas) de toda su interesante
contribución en este campo. Para Poincaré, el método científico se basa en la
existencia de un orden general en el universo que es independiente del hombre y
de su conocimiento; esto es lo que distingue a la ciencia de las matemáticas,
que simplemente postulan la capacidad de la mente humana para realizar ciertas
operaciones. La meta del científico es descubrir y entender todo lo que pueda
del orden universal postulado, aceptando que la certeza de su universalidad es
inalcanzable; de hecho, el progreso de la ciencia no es otra cosa que la
extensión progresiva de los límites del conocimiento del orden universal. El
descubrimiento de los hechos depende de la observación y de los experimentos,
pero éstos a su vez dependen de la selección realizada por los científicos,
quienes no pueden observar y experimentar todo simultáneamente. Existe un
criterio de selección, que no es ni de utilidad práctica ni de valor moral,
sino simplemente de probabilidad: el hombre de ciencia escoge observar y
experimentar aquello que tiene la mayor probabilidad de repetirse, o sean las
configuraciones relevantes con el menor número de componentes. Poincaré
reconoció que el conocimiento previo o costumbre también contribuye a la
calificación de un fenómeno determinado como simple o complejo, pero a pesar de
haber señalado claramente que estos dos distintos conceptos de simplicidad
(número mínimo de elementos constitutivos y familiaridad previa) son
diferentes, declinó internarse en un estudio más detallado del problema.
Para Poincaré, los objetos eran grupos de
sensaciones "unidas por una liga permanente", que es el objetivo o
campo de estudio de la ciencia. Nuestros sentidos registran todo lo que existe
relacionado en el mundo; la ciencia no nos enseña la verdadera naturaleza de
las cosas sino sólo las relaciones que existen entre ellas. El resultado de la
investigación científica no es un retrato del contenido de la naturaleza, sino
de sus interrelaciones; por ejemplo, lo que nos revela la teoría de la luz no
es la esencia de este fenómeno sino la naturaleza y extensión de las relaciones
de la luz con otros hechos o procesos, al margen de lo que la luz es.
De acuerdo con Poincaré, las matemáticas y la
ciencia comparten sus métodos de descubrimiento pero difieren en sus técnicas
de confirmación; este punto de vista se sustenta en la comparación de la
geometría con la ciencia (también en este caso, como en la mayoría, la ciencia = la física). El ámbito de
la geometría no es el de la ciencia, en vista de que es perfectamente posible
manipular objetos de tal manera que dos de ellos, idénticos a un tercero, no lo
sean entre sí. El divorcio entre la exactitud matemática y la realidad llevó a
Poincaré a postular que los axiomas geométricos no son ni verdades a priori ni hechos experimentales,
sino que simplemente son verdades disfrazadas, o mejor aún, convenciones. No se trata de
postulados arbitrarios, en vista de que se apoyan en observaciones,
experimentos y el principio de la no contradicción; de todos modos, no
pertenecen a la polaridad verdadero-falso. Se aceptan porque en ciertas
circunstancias contribuyen a establecer la configuración verdadera de la
realidad. Para la mayor parte de los propósitos, la geometría euclideana es la
más conveniente; pero como todos sabemos, no es la única que existe. Además, no
es posible ofrecer apoyo experimental ni para la geometría euclideana ni para
ninguna de las otras, porque los experimentos sólo se refieren a las relaciones
entre los cuerpos y no a las relaciones entre los cuerpos y el espacio, o entre
dos o más partes del espacio entre sí. Poincaré sostuvo que las ciencias
físicas contienen, además de elementos matemáticos, hipotéticos y
experimentales, otros más de tipo convencional, lo que había pasado inadvertido
para la mayor parte de los científicos; por ejemplo, el principio de la
inercia, según el cual en ausencia de alguna fuerza un cuerpo sólo puede
moverse a velocidad constante y en línea recta, no es ni a priori ni experimental sino que se
ha convertido en una definición y por lo tanto no puede refutarse por medio de
experimentos. Las conclusiones científicas son siempre más o menos
convencionales, en vista de que siempre hay hipótesis alternativas y lo que el
investigador hace es escoger la más económica, pero como no existe manera de
saber si las propiedades cualitativas de la hipótesis seleccionada corresponden
a la realidad, no tiene sentido que la considere como "verdadera".
En las ciencias físicas, de acuerdo con Poincaré,
hay dos clases de postulados: las leyes, que son resúmenes de resultados
experimentales y se verifican de manera aproximada en sistemas relativamente
aislados, y los principios, que son proposiciones convencionales de máxima
generalidad, rigurosamente ciertas y más allá de toda posible verificación
experimental, ya que por razones de conveniencia así se han definido. Por lo
tanto, como la ciencia no consiste solamente de principios no es totalmente
convencional; se inicia con una conclusión experimental o ley primitiva, que se
divide en un principio absoluto o definición, y una ley que puede revisarse y
perfeccionarse. El ejemplo que da Poincaré es la proposición empírica:
"Las estrellas obedecen la ley de Newton", que se desdobla en la
definición, "La gravitación obedece la ley de Newton", y en la ley
provisional, "La gravitación es la única fuerza que actúa sobre las estrellas".
La gravitación es un concepto ideal inventado, mientras que la ley provisional
es empírica y no convencional puesto que predice hechos verificables. Otro
ejemplo es la ley de la conservación de la energía, que es completamente
convencional porque lo que hace es definir el concepto de energía. La
predicción implica generalización, y ésta a su vez requiere idealización. De
esta manera Poincaré se opuso a los principios a priori postulados por Kant y Whewell, así como a la idea de
Mill, de que los axiomas geométricos son proposiciones de carácter empírico.
Uno de los episodios más famosos en la historia de
la ciencia, y que los popperianos citan infaliblemente, es el relato de
Poincaré sobre sus vanos descubrimientos matemáticos en forma de ideas de aparición
súbita y sin conexión con sus actividades o pensamientos del momento, aunque
casi siempre habían sido precedidas por un periodo previo de intenso trabajo en
el problema, también casi siempre infructuoso. El relato es compatible con la
teoría de la retroducción de Peirce, sobre todo porque introduce el concepto de
un "ego subliminal" que se encarga de continuar el trabajo hasta que
se encuentra la solución al problema y surge con ella a la conciencia. Pero
aunque un positivista estricto como Mach hubiera rechazado al "ego
subliminal" como un ente metafísico, el convencionalismo de Poincaré se
acerca mucho al instrumentalismo y al pragmatismo, que como ya hemos
mencionado, están relacionados muy de cerca con el positivismo.
VI. EL POSITIVISMO
LÓGICO: WITTGENSTEIN, CARNAP Y EL CÍRCULO DE VIENA. REICHENBACH Y LA ESCUELA DE
BERLÍN
LA ESCUELA filosófica cuya contribución al método
científico vamos a examinar en este capítulo fue bautizada por Blumberg y Feigl
como positivismo lógico, aunque
también se conoce como empirismo
lógico, empirismo científico o neopositivismo
lógico; el término positivismo lógico también se usa, aunque
incorrectamente, para referirse a la filosofía analítica o del lenguaje,
desarrollada sobre todo en Inglaterra después de la segunda Guerra Mundial. Los
prolegómenos de lo que 15 años más tarde se inauguraría como el Círculo de
Viena datan de 1907, cuando un físico, Philipp Frank, un matemático, Hans Hahn,
y un economista, Otto Neurath, empezaron a reunirse para discutir temas de filosofía
de la ciencia. Se consideraban herederos de la tradición empirista vienesa del
siglo XIX, íntimamente relacionada con el empirismo inglés, que había culminado
con la postura rigurosamente antimetafísica y positivista de Ernst Mach. Sin
embargo, no estaban satisfechos con la participación adjudicada por Mach a la
física, las matemáticas y la lógica en la ciencia, sino que se inclinaban más
en dirección del pensamiento de Poincaré, aunque sin abandonar la doctrina
fundamental de Mach, que consideraba a la ciencia como la descripción de la
experiencia. Cuando en 1922 Moritz Schlick fue invitado a Viena a desempeñar la
cátedra de historia y filosofía de las ciencias inductivas (la misma que había
impartido Mach hasta 1901), las reuniones se hicieron cada vez más regulares y
el grupo fue aumentando en número y en variedad de miembros.
Otto Neurath (1882-1945).
En 1926 Rudolf Carnap se incorporó a la Universidad
de Viena como instructor de filosofía y permaneció ahí por cinco años,
asistiendo regularmente a las reuniones, hasta que fue llamado a la Universidad
de Praga. Tanto Schlick como Carnap eran físicos, el primero discípulo de Max
Planck y el segundo de Gottlob Frege, pero ambos habían derivado sus intereses
hacia la filosofía de la ciencia, influidos por las ideas de Mach. No es de
extrañar, pues, que en 1928 el grupo se haya constituido formalmente en la
"Ernst Mach Verein", o sea la "Sociedad Ernst Mach'', definiendo
sus objetivos como la propagación y progreso de una visión científica del mundo
y la creación de los instrumentos intelectuales del empirismo moderno. En 1929,
para conmemorar el regreso de Schlick a Viena, que había pasado una temporada
como profesor visitante en EUA, el círculo preparó un escrito en forma de
manifiesto, titulado: "La visión científica del mundo: el Círculo de
Viena", en donde se define el movimiento filosófico y se identifican sus
orígenes en positivistas como Hume y Mach, metodólogos como Poincaré y
Einstein, lógicos como Leibniz y Russell, moralistas como Epicuro y Mill, y
sociólogos como Feuerbach y Marx. En el apéndice de este manifiesto aparecen
los miembros del Círculo de Viena, que entonces eran catorce:
|
GUSTAV BERGMANN, filósofo y matemático
|
|
|
RUDOLF CARNAP, físico y filósofo
|
|
|
HERBERT FEIGL, filósofo
|
|
|
PHILIPP FRANK, físico
|
|
|
KURT GÖDEL, matemático
|
|
|
HANS HAHN, matemático
|
|
|
VIKTOR KRAFT, historiador y filósofo
|
|
|
KARL MENGER, matemático
|
|
|
MARCEL NATKIN, matemático
|
|
|
OTTO NEURATH, sociólogo
|
|
|
OLGAHAHN-NEURATH, matemática
|
|
|
THEODOR RADAKOVIC, filósofo
|
|
|
MORITZ SCHLICK, físico y filósofo
|
|
|
FRIEDRICH WAISMANN, filósofo
|
|
Moritz Schlick (1882-1936).
Además, aparecen otros diez personajes
identificados como simpatizadores, entre ellos Alfred J. Ayer y Frank P.
Ramsey, filósofos ingleses, Hans Reichenbach y Kurt Grelling, de Berlín y otros
más. Los tres "principales representantes de la concepción científica del
mundo" son identificados como Albert Einstein, Bertrand Russell y Ludwig
Wingenstein.
Aunque posteriormente se agregaron al Círculo de
Viena otros miembros, como el abogado Félix Kaufmann, los matemáticos Karl
Menger y Kurt Reidemeister, y el filósofo Edgar Zilsel, durante su breve
existencia el Círculo conservó un tamaño minúsculo, nunca mayor de 20 a 25
miembros. Sin embargo, su impacto internacional fue de gran trascendencia, no
sólo en Europa sino en todo el mundo, gracias a su prodigiosa productividad
original: de 1928 a 1938 publicó una serie de monografías (atribuidas los
primeros seis años a la "Ernst Mach Verein", y editadas por Neurath
los últimos cuatro años), en 1930 tomó posesión de la famosa revista Annalen der Philosophie y la
transformó en Erkenntnis
("Conocimiento"), que funcionó como la voz de los miembros del
Círculo de Viena y de sus partidarios hasta 1938, cuando se mudó a La Haya y
cambió de nombre, a Journal of Unfied
Science, que conservó hasta su interrupción, dos años después. En
cambio, el impacto del Círculo de Viena en la filosofía alemana de su tiempo y
de la posguerra fue mínimo; con excepción del grupo de Berlín y de Heinrich
Scholz, de Münster, la reacción fue de un persistente y ominoso silencio.
Aunque la explicación de este interesante fenómeno social y cultural
seguramente es múltiple, creo que es posible identificar por lo menos dos
factores que seguramente contribuyeron de manera importante a su génesis: 1) el Círculo de Viena prefirió dejar
de lado el movimiento filosófico alemán más original y poderoso de principios
del siglo XIX, conocido y aceptado como la Naturphilosophie, de hecho, la Naturphilosophie era precisamente lo que el positivismo lógico
combatía, el obstáculo que debería eliminarse para poder aspirar a un
conocimiento real de la naturaleza; 2)
casi todos los miembros del Círculo de Viena eran judíos, lo que a partir de
los años treinta se transformó, no sólo en Viena sino en otras muchas partes de
Europa, en un problema de sobrevivencia. De cualquier manera, en esa década el
Círculo se desintegró y dejó de funcionar. En 1931 Carnap se mudó de Viena a
Praga y Feigl se fue primero a Iowa y después a Minnesota; Hahn murió en 1934;
en 1936 Schlick fue asesinado por un estudiante loco en las escaleras de la
Universidad de Viena, y Carnap emigró a EUA, seguido por Feigl, Gödel, Menger,
Kaufmann y Ziegel; Neurath y Waismann se refugiaron en Inglaterra. La «Ernst
Mach Verein" fue legalmente disuelta en 1938 y a partir de esa fecha la
venta de sus publicaciones quedó formalmente prohibida en Alemania.
En los breves años en que funcionó el Círculo de
Viena, dos personajes de gran interés para nuestra historia, Ludwing
Wittgenstein y Karl Popper, vivieron en esa ciudad y tuvieron relaciones
cercanas con algunos de sus miembros, aunque no formaron parte del círculo ni
asistieron a sus famosas reuniones de los jueves en la noche. Los amigos de
Wittgenstein eran Schlick y Waismann, pero la influencia más profunda la
ejerció Wittgenstein en el Círculo de Viena a través de su Tractatus Logico-Philosophicus.
Uno de los filósofos más importantes de este siglo,
pero también uno de los más difíciles de entender, fue Ludwig Wittgenstein
(1889-1951) quien nació en Viena, en una familia de amplios recursos; su padre
era una figura importante en la industria del hierro y acero del Imperio
austro-húngaro. Aunque los Wittgenstein eran de ascendencia judía, el abuelo se
convirtió al protestantismo, la madre del filósofo era católica y lo bautizó en
esa Iglesia. La familia entera tenía gran afición por la música; todos los
hijos (fueron ocho) tocaban algún instrumento, un hermano del filósofo fue
pianista y el mismo Ludwig tocaba el clarinete; Johannes Brahms era un amigo
cercano de la familia. Wittgenstein fue educado en su casa hasta los 14 años de
edad, y por tres años más en una escuela en Linz. A continuación estudió
ingeniería en la Escuela Politécnica de Berlín, y dos años después aeronáutica
en la Universidad de Manchester, en donde permaneció por tres años. Fue en este
periodo en que sus intereses poco a poco se fueron desviando del diseño de una
hélice (que es un problema fundamentalmente matemático) a las matemáticas
puras, y de ahí a los fundamentos de las matemáticas. Se dice que cuando
solicitó literatura en este campo se le recomendó el libro de Bertrand Russell Los principios de las matemáticas que
había aparecido en 1903 y que de ahí surgió su interés en examinar los trabajos
de Frege, su decisión de abandonar sus estudios de ingeniería, y su deseo de ir
a Jena a discutir sus planes con el propio Frege. El lógico alemán le aconsejó
que fuera a Cambridge y estudiara con Russell, y Wittgenstein siguió su
consejo.
Ludwig Wittgenstein (1889-1951).
En Cambridge, Wittgenstein encontró una atmósfera
de gran actividad intelectual. En la década que precedió a la primera Guerra
Mundial, Russell y Whitehead publicaron su Principia Mathematica, mientras que el filósofo más influyente
era George E. Moore. Wittgenstein se hizo pronto amigo de Russell, y lo mismo
ocurrió con Moore y con Whitehead, así como con Keynes el economista, Hardy el
matemático y otros talentos semejantes. Wittgenstein permaneció en Cambridge
casi dos años, y a fines de 1913 se fue a vivir a Noruega, en una cabaña que se
construyó él mismo, en un sitio completamente aislado. Al estallar la guerra
ingresó como voluntario al ejército austriaco y peleó hasta 1918, en que cayó
prisionero de los italianos. Durante todo el tiempo que estuvo en el frente
siguió trabajando en los problemas de filosofía que lo habían ocupado en
Cambridge y en Noruega, y en agosto de 1918 había terminado de escribir su
libro Logisch-philosophische
Abhandlung (mejor conocido por su titulo en latín, Tractatus Logico-Philosophicus,
sugerido por Moore), de modo que cuando fue capturado llevaba el manuscrito en
su mochila. Gracias a la ayuda de Keynes, logró enviarle una copia a Russell
desde el campo de concentración donde estaba prisionero, cerca de Monte
Cassino, en el sur de Italia; también le mandó copia a Frege.
Poco menos de un año más tarde, cuando los
italianos lo liberaron, Wittgenstein buscó reunirse con Russell para discutir
su libro con él, pero como no tenía dinero para viajar hasta Inglaterra,
Russell obtuvo recursos para el viaje vendiendo unos muebles que Wittgenstein
había dejado en Cambridge. Los muebles no deben haber valido mucho, porque la
reunión no se llevó a cabo en Inglaterra sino en Amsterdam. La pobreza de
Witgenstein se debía a que, convencido por sus lecturas de Tolstoi de que no
debería poseer ni disfrutar riqueza, se había deshecho de la considerable
fortuna que heredó a la muerte de su padre, en 1912. Wittgenstein convenció a
Russell de que escribiera un prólogo a su libro, que primero se publicó en
alemán (sin la introducción de Russell) en 1921, y al año siguiente en inglés.
Como Wittgenstein pensaba que ya había resuelto todos los problemas más
importantes de la filosofía (lo dice en el prefacio del Tractatus), decidió dedicarse a otra actividad y escogió la de
profesor de primaria. En 1919 asistió a una escuela normal vienesa (Lehrer bildungsanstalt), y de 1920 a
1926 fue profesor de escuela primaria en varios pueblitos en el sur de Austria.
Su siguiente ocupación (que duró pocos meses) fue la de jardinero de un
monasterio en Hüteldorf, cerca de Viena. A continuación, pasó dos años
trabajando como arquitecto, ingeniero y decorador de una mansión que se
construyó en Viena para una de sus hermanas. En esa misma ciudad, en 1928,
Wittgenstein escuchó a Brouwer disertar sobre los fundamentos de las
matemáticas, lo que debe haberlo impresionado profundamente, porque a
principios de 1929 llegó a Cambridge y se matriculó como estudiante del
doctorado en filosofía. Como su estancia previa en esa universidad llenaba los
créditos requeridos, y su Tractatus
(publicado ocho años antes) valía como tesis, Wittgenstein se graduó en junio
de 1929. Un año después fue nombrado "Fellow" del Trinity College, y
a partir de entonces permaneció en Cambridge hasta su muerte, con excepción de
un año que volvió a pasar en su solitaria cabaña noruega (1936-1937). En 1939
Wittgenstein fue nombrado profesor de filosofía de la Universidad de Cambridge,
pero poco antes de que ocupara su puesto estalló la segunda Guerra Mundial y
Wittgenstein trabajó primero como camillero en el Hospital Guy's de Londres y
después como técnico en un laboratorio médico en Newcastle. Al terminar la
guerra regresó a Cambridge pero sólo por dos años, ya que en 1947 renunció a
seguir siendo profesor, para dedicar todo su tiempo a la investigación
filosófica.
De acuerdo con su costumbre, primero se fue a vivir
a una granja en Irlanda y después en una cabaña en la costa oeste del mismo
país, pero en 1948 ya estaba residiendo en Dublín. Al año siguiente,
Wittgenstein viajó a EUA para visitar algunos amigos, pero al regreso de este
breve viaje se le diagnosticó un cáncer incurable. A partir de este momento
Wittgenstein se quedó en Inglaterra, viviendo por temporadas con amigos en
Cambridge y en Oxford. Murió en 1951, en Cambridge; sus últimas palabras
fueron: "Diles que he vivido una vida maravillosa", pero el profesor
Norman Malcolm, quien lo conoció íntimamente (fue uno de los amigos
estadunidenses que Wittgenstein visitó en su último viaje a EUA) dice de esta
última frase de Wittgenstein lo siguiente:
|
Cuando pienso en su profundo pesimismo, en la
intensidad de sus sufrimientos mentales y morales, en la forma incansable en
que estimuló su intelecto, en su necesidad de amor, junto con la rudeza con
que lo rechazó, me inclino a creer que su vida fue forzosamente infeliz. Sin
embargo, al final él mismo dijo que había sido "maravillosa". Para
mí, este pronunciamiento es una expresión extrañamente emotiva y misteriosa.
|
El Tractatus
ha sido muchas cosas diferentes para sus distintos lectores, pero para el
Círculo de Viena representó uno de los textos fundamentales. Está escrito en
forma de aforismos, numerados de acuerdo con un código especial: cada sección
lleva un número (del 1 al 7), los comentarios sobre el primer aforismo se
numeran 1.l, 1.2, etc., los comentarios sobre los comentarios 1.1.1., 1.1.2.,
1.1.3., etc. Cada aforismo es un resumen supercondensado de conjuntos de ideas
que Wittgenstein había anotado en sus cuadernos y que había ido integrando y
sintetizando a través de varias (a veces muchas) formulaciones, de modo que a
pesar de que el Tractatus es un
esbelto librito de menos de 80 páginas, su lectura (requiere varias) cuesta
muchas, pero muchas más horas de atención concentrada. Para nuestro interés,
quizá lo mejor será iniciar un resumen de sus principales contribuciones al
método científico con el último y más famoso aforismo del libro: "De lo
que no se puede hablar, se debe guardar silencio."
¿Qué quiere decir esta aseveración? Quiere decir
que el mundo exterior existe como un grupo de hechos, que a su vez están
constituidos cada uno por distintas configuraciones (Sachverhalten) cuyos componentes se representan por
proposiciones elementales, lógicamente independientes entre sí. Cuando tratamos
de describir el mundo en cualquier lenguaje, científico o no, surge la duda de
si lo que decimos realmente corresponde a lo que el mundo es, o sea el serio
problema de las relaciones entre el lenguaje y las configuraciones de la
realidad que intenta describir. Lo que deseamos conocer es la verdadera
naturaleza de tal correspondencia, pero estamos condenados a lograrlo de manera
indirecta, porque sólo podemos expresarla por medio del lenguaje. Wittgenstein
trató de hacerlo lo mejor que pudo por medio de la teoría, del lenguaje, como
imagen. Según Von Wright,
|
Wingenstein me dijo cómo se le ocurrió la idea
del lenguaje como una imagen
de la realidad. Se encontraba en una trinchera en el frente oriental, leyendo
una revista en la que había una representación esquemática de las secuencias
de eventos posibles de un accidente automovilístico. La figura desempeñaba el
papel de una proposición, o sea, de una descripción de las configuraciones
posibles. Poseía tal función gracias a la correspondencia entre las partes de
la imagen y las cosas reales. Fue aquí cuando se le ocurrió a Wittgenstein
que la analogía podría invertirse y que decir que una proposición funciona como una imagen, en virtud de la correspondencia entre sus partes y la
realidad. La manera como se combinan las partes de la proposición —la estructura de la proposición—
describe una combinación posible de los elementos en la realidad, una posible
configuración.
|
Buena parte del Tractatus se invierte en tratar de expresar la naturaleza de la
relación entre el lenguaje y la realidad que describe, pero el libro termina
sin haberlo logrado. Lo que Wittgenstein concluye es que tal relación existe
pero no es lógicamente expresable; no se puede decir, pero si se puede mostrar,
por medio del lenguaje interpretado como imágenes. Tal esfuerzo se conoce como
filosofía, que por lo tanto no es una ciencia, en vista de que no nos dice nada
acerca de las configuraciones que constituyen la realidad del mundo exterior.
Para Wittgenstein, la filosofía es más bien una actividad, en lugar de ser un
cuerpo de doctrina, y su objetivo es contribuir a aclarar las ideas. Desde
luego, toda esta discusión se presenta por medio del lenguaje, lo que requiere
definiciones y aclaraciones, otra vez expresadas por medio del lenguaje, y así ad infinitum. La conclusión es que en
última instancia, lo que Wittgenstein trataba de comunicarnos no podía, per natura, hacerlo estrictamente
explícito, o sea que el análisis filosófico no tiene sentido, porque lo que
tiene que decir es inherentemente inexpresable. Las relaciones entre el mundo
real y su descripción por medio del lenguaje no pueden expresarse en ese mismo
lenguaje. De ahí que: "De lo que no se puede hablar, se debe guardar
silencio."
En su teoría del lenguaje como imagen, las proposiciones
poseen una especie de estructura lógica que refleja la propia estructura lógica
de la realidad, ya que se supone que tanto el lenguaje como el mundo comparten
tal arquitectura. El lenguaje "ilustra" las configuraciones posibles
en la naturaleza, y se dice que posee sentido o significado precisamente cuando
hay la posibilidad de correlacionarlo con los hechos reales. La confrontación
de las proposiciones con la realidad permite establecer si son verdaderas o
falsas. Esto es lo más cerca que estuvo Wingenstein del "principio de la
verificabilidad" que, como veremos en un momento, el Círculo de Viena le
atribuyó. En cambio, sobre la posible relación causal entre diferentes
configuraciones del mundo exterior, la postura de Wittgenstein era idéntica a
la de Hume, ya que negaba cualquier conexión lógica entre ellas:
|
Es imposible hacer cualquier inferencia a partir
de la existencia de una configuración determinada, sobre la existencia de
otra configuración completamente distinta.
|
Frontispicio del libro Tractaus Logico-Philophicus, de Ludwing Wittgenstein, publicado
por primera vez en 1921.
No existe conexión lógica alguna entre
configuraciones diferentes, por lo que la inducción se reduce a una forma
cómoda de proceder, compatible con la experiencia y basada en un principio de
sencillez, pero sin validez lógica.
Esta postura tenía consecuencias importantes para
la ciencia, en vista de que, en sentido lógico, sus leyes no son tales, sino
más bien resúmenes condensados de la experiencia, capaces de describir los
fenómenos que subentienden pero totalmente incapaces de explicarlos. Intentar
explicar una ley científica por medio de otra ley, y así sucesivamente, es caer
en una regresión infinita, por lo que los antiguos filósofos (según
Wittgenstein) no estaban tan descaminados al asignarle la explicación última a
una entidad final, Dios o el Destino, que no necesita explicación. Pero
Wittgenstein fue más allá que Hume, insistiendo en que la ley de la causalidad
no era una ley, sino más bien la forma de una ley; en otras palabras, el
principio que dice: "Todo evento tiene su causa", no es empírico, no
se deriva de la experiencia, no es una descripción de la naturaleza. La razón
es que dos episodios del mismo evento que ocurren en momentos distintos siempre
difieren entre sí en algo, por lo tanto, siempre deberán convocarse factores
causales para explicar tales diferencias. La conclusión es que el principio de
causalidad se reduce a una de las reglas que seguimos para hablar de la
realidad; de ninguna manera implica que la naturaleza sea, realmente, causal.
Wittgenstein ofreció una imagen muy esclarecedora
(por lo menos, para mí) de sus ideas sobre el conocimiento científico de la
realidad; me refiero a su ejemplo para interpretar la mecánica newtoniana:
|
Imaginemos una superficie blanca con manchas
negras irregulares. Al margen de la imagen de conjunto que adopten, siempre
podremos aproximarnos a ella con toda la exactitud que queramos cubriéndola
con una malla tan fina como sea necesario y anotando en cada espacio si es
blanco o negro. De esta manera habremos impuesto una estructura uniforme en
la descripción de la superficie.
|
Naturalmente, también puede haber mallas de
distintas medidas, con agujeros de formas diferentes, lo que correspondería a
diversos tipos de descripciones teóricas: desde luego, se podría contemplar la
superficie blanca con manchas negras irregulares a través de una malla
"causal", lo que seguramente produciría una imagen muy distinta de la
obtenida con una malla "acausal". De cualquier manera, la distribución
de las manchas negras sobre la superficie blanca siempre tendrá una influencia
determinativa sobre lo que se ve a través de las mallas, igual en importancia
al tipo de malla que se utilice. En otras palabras, existen dos componentes
esenciales en el conocimiento, el objetivo,
que es el equivalente a la superficie blanca con las manchas negras, o sea la
realidad (o el elemento a posteriori
kantiano), y el subjetivo, que
corresponde a la malla, o sea el sujeto que conoce (o el elemento a priori kantiano). Es claro que la
superficie blanca con manchas negras nunca podrá ser vista en ausencia de
alguna malla; la realidad tal cual es (la famosa Ding an sich kantiana) nos está vedada. Pero en cambio existe la
posibilidad de que podamos aprender más acerca de la naturaleza investigando
cuál tipo de malla (o de teoría científica) permite la descripción más simple.
Wittgenstein escribió otras obras, pero aparte del Tractatus y de un breve artículo
ninguna más se publicó durante su vida. Sus tres libros póstumos (dos de ellos
dictados durante sus conferencias como profesor de filosofía en Cambridge, el
otro integrado por devotos alumnos a partir de sus desordenadas notas), son de
interés menor para nuestro tema, excepto por un aspecto: en su Philosophical investigations
("Investigaciones filosóficas"), que tan mal le supo a Russell,
Wittgenstein se abre a la sociología de la ciencia. A partir de que las
proposiciones lógicas nos parecen válidas por razones "no lógicas"
sino más bien por nuestra educación y medio cultural, de que las expresamos en
un lenguaje que tiene sus propias reglas, que también se derivan de la práctica
cotidiana, que nos ha enseñado que ciertas formas de expresión tienen sentido y
otras no lo tienen, debe concluirse que el conocimiento científico reside, en
última instancia, en la forma de la sociedad y en sus costumbres, especialmente
en relación con el lenguaje. De manera que realmente el científico (y también
el no científico) nunca "ve" pasivamente al mundo absorbiendo
impresiones que posteriormente interpreta, como creían los empiristas y los
positivistas, como Wittgenstein afirmó en su Tractatus y como defendieron los positivistas lógicos, sino que
la observación es un proceso activo, matizado por las expectativas teóricas,
las suposiciones culturales, los atributos del lenguaje, y otros factores más,
tanto sociales como individuales; en otras palabras, la observación es un
proceso conceptual que influye o determina la percepción. Como veremos en un
momento, esto se opone al concepto de la estructura de las teorías científicas
que postularon los positivistas lógicos, basados en el Tractatus de Wittgenstein.
Quizá la figura filosófica más sobresaliente del
Círculo de Viena fue Rudolf Carnap (1891-1970), quien nació en Ronsdorf, en el
noroeste de Alemania, en el seno de una familia de "humildes
tejedores". Después de terminar el Gymnasium
en Barmen, estudió en las universidades de Freiburg y Jena de 1910 a 1914,
especializándose en física, matemáticas y filosofía; uno de sus profesores en
Jena fue Gottlob Frege, quien junto con Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein,
probablemente ejerció la más poderosa influencia en su desarrollo intelectual.
Al declararse la guerra, Carnap interrumpió sus estudios, se enlistó en el
ejército alemán y peleó durante cuatro años, hasta el mismo día del armisticio.
De regreso en Jena, terminó su carrera y se doctoró en filosofía en 1921 con
una tesis titulada "El espacio: una contribución a la teoría de la
ciencia", que ya contiene algunos elementos fundamentales de su filosofía,
entre otros la tendencia a considerar las controversias filosóficas como
debidas a la falta del análisis lógico de los conceptos empleados, así como el
compromiso con un empirismo de base, apoyado en los métodos más avanzados de la
lógica y las matemáticas. En esos tiempos Carnap también estaba influido por el
convencionalismo de Poincaré. De Jena, Carnap viajó a Freiburg con una beca
para continuar sus estudios, y ahí permaneció por los siguientes cinco años;
durante su estancia en Jena había leído el Principia Mathematica de Russell y Whitehead, así como los
trabajos ulteriores de Russell sobre la teoría del conocimiento; sin embargo,
en Freiburg no pudo encontrar una copia de los Principia y como no tenía dinero para comprarse una nueva, le
escribió a Russell preguntándole dónde podría conseguir una copia usada de su
obra. La respuesta fue una carta de 36 páginas en la que Russell condensó todas
las definiciones en que se basan las conclusiones más importantes de su
monumental libro. Con este tesoro, Carnap pudo terminar su texto Elementos de lógica matemática en
1924, aunque no se publicó hasta 1929.
|
Un
trabajo inmensamente ambicioso que refleja, igual que todas las otras obras
de Carnap, enorme labor y muy grandes logros teóricos, y que adopta el punto
de vista que llamó solipsismo metodológico. El uso del término
"metodológico" fue claramente intencionado: pretendía inhibir las
discusiones sobre problemas epistemológicos a los que seguramente daría
cabida la elección de una plataforma solipsista.
|
Dos años más tarde, Carnap aceptó una invitación de
la Universidad de Viena para fungir como instructor (Privatdozent) de filosofía, posición en la que permaneció por
los siguientes cinco años; además de ingresar al Círculo de Viena y de
convertirse en uno de sus miembros más asiduos e importantes, en ese lapso
Carnap publicó su famoso libro La
construcción lógica del mundo. De este volumen Ayer dice lo siguiente:
Todos los que hemos leído el famoso Aufbau, de Carnap estaremos de
acuerdo en que se trata de un tour de
force filosófico, la culminación de un programa iniciado por Russell,
que partiría de las bases empíricas más simples y que crecería lógicamente
hasta alcanzar la descripción definitiva de nuestro conocimiento de la
realidad; en otras palabras, la presentación de un programa fielmente
empirista, apoyado no sólo en el atomismo lógico de Russell sino en el
fenomenismo de Mach. La diferencia principal era que, si bien Mach planteó a
las sensaciones y los pensamientos como dados, y su preocupación fue analizarlos
en búsqueda del mecanismo por el que las sensaciones generan a los
pensamientos, Carnap no supuso que su empresa tuviera mucho que ver con
procesos psicológicos. Más bien se trataba de una reconstrucción racional, de
la descripción esquemática de un procedimiento imaginario, consistente en pasos
específicos, prescritos racionalmente; además, influido por los psicólogos
partidarios del movimiento Gestalt,
que postularon que las experiencias no se registran como la suma de muchas
sensaciones individuales sino como paquetes integrados, Carnap propuso que los
componentes de las percepciones son experiencias instantáneas totales, en lugar
de datos sensoriales aislados. De todos modos, las unidades aceptadas por
Carnap para construir la estructura lógica del mundo no fueron las experiencias
elementales sino las semejanzas y diferencias que reconocemos entre ellas; es
decir, no son los hechos mismos sino las relaciones que percibimos entre ellos
las que se encuentran en la base de todo el edificio carnapiano. Naturalmente,
las semejanzas pueden reconocerse entre más de dos experiencias elementales, lo
que permite identificar "círculos de semejanza" que a su vez pueden
coincidir o superponerse en parte, con lo que Carnap introdujo su concepto de
la "clase cualitativa", definido como sigue:
|
Una clase k
de experiencias elementales se convierte en una clase cualitativa
cuando k está contenida
totalmente en cada círculo de semejanza que contiene por lo menos la mitad de
ella y si, para cada
experiencia elemental x que
no pertenece a k, existe un
círculo de semejanza que contiene a k
y al que x no pertenece.
|
No voy a continuar resumiendo la construcción
lógica del mundo según Carnap por varias razones: en primer lugar, Carnap mismo
se apartó de sus ideas básicas en escritos ulteriores; en segundo lugar, no hay
sitio en la teoría carnapiana del conocimiento para la contribución del
investigador a la estructura del universo, o sea que Kant queda excluido y
prevalece el concepto de Locke, de la mente humana como tabula rasa, con la salvedad de que puede reconocer y recordar
semejanzas y diferencias entre experiencias elementales; en tercer lugar, como
todo verdadero empirista, Carnap se encuentra muy pronto con el problema de la
inducción y no hace nada con él. Según Oldroyd:
|
Con base en su tremendo esfuerzo junto con su
alto grado de ingenio filosófico, el sistema de Carnap ciertamente convoca
tanto nuestra atención como nuestra admiración. La construcción lógica del mundo fue una verdadera tour de force; pero me permito
sugerir que, considerada globalmente, no tuvo mucho sentido. El mismo Carnap
la identificó abiertamente como un ejeniplo de "reconstrucción
racional", sin duda interesante como ejercicio intelectual, pero sin
relación alguna con la manera como realmente
pensamos acerca del mundo o de nosotros mismos. Para averiguar esas cosas se
requiere la ciencia de la psicología. Además, la empresa de Carnap no tuvo ni
atractivo ni aplicación para los investigadores científicos.
|
En el mismo año en que apareció La construcción lógica del mundo (1928),
Carnap publicó otro pequeño volumen con el largo pero explícito título de Seudoproblemas en filosofía: otras mentes y
la controversia del realismo. En este texto Carnap ya se muestra
profundamente influenciado por Wittgenstein, en vista de que abandona su
postura previamente neutra respecto a la metafísica y se convierte en su
principal y más importante enemigo. A partir de esa época, los problemas
metafísicos generales, y especialmente la controversia entre idealismo y realismo,
se identificaron como seudoproblemas. Las ideas de Carnap prevalecieron en el
Círculo de Viena y hasta persuadieron a Schlick (quizá no completamente) de
abandonar su persistente realismo. El concepto de seudoproblema filosófico
influyó en otros filósofos de la ciencia y nunca estuvo ausente de los escritos
ulteriores de Carnap, cuando se interpretan de acuerdo con lo que este autor
identificaba como el "principio de la verificabilidad" de
Wittgenstein. Como ya señalamos anteriormente, este principio no ocurre como
tal en ninguno de los textos del pensador austriaco, pero también es cierto que
en ellos no hay nada que se oponga a él. El principio de la verificabilidad
establece que el significado de una proposición está dado por las condiciones
de su verificación y que tal proposición sólo es cierta cuando es verificable
en principio. En términos más generales, la teoría específica que las palabras
adquieren significado sólo cuando satisfacen ciertas condiciones empíricas,
directas o indirectas; Carnap incluyó además a algunas expresiones lingüísticas
y matemáticas, que no poseen contenido objetivo, en vista de que se relacionan
con la estructura de los lenguajes en los que se expresan las proposiciones
empíricas. Pero todas las otras proposiciones deben descartarse, en vista de
que no tienen significado; esto incluye a la inmensa mayoría o a todas las
proposiciones metafísicas, éticas y estéticas. Carnap sugiere que los problemas
formulados en estas áreas sólo pueden responderse por medio de proposiciones
sin significado, y por lo tanto se trata de seudoproblemas. El concepto de los
seudoproblemas fue adoptado por los positivistas lógicos del Círculo de Viena
como uno de sus principales arietes en contra de la metafísica.
Frontispicio del libro An introduction to the philosophy of science, de Rudolf Carnap
(1891-1970, foto), editado por Martin Gardner, que contiene un resumen de
muchas de las ideas del filósofo positivista.
Otro aspecto del positivismo lógico de Carnap, que
por cierto este autor adoptó de Neurath, fue su postulado de la unidad de todas
las ciencias; de acuerdo con este postulado, los protocolos de todas las
ciencias (físicas, biológicas y sociológicas) pueden y deben expresarse, en
última instancia, en forma de enunciados cuantitativos de puntos definidos de
espacio-tiempo. En otras palabras, Carnap surgió como el más articulado
defensor de una vieja postura filosófica en la ciencia, el reduccionismo, que poseía una antigua
tradición (apoyada en todos los opositores de Aristóteles, que no eran pocos),
una fuerte presencia en su tiempo (los antivitalistas, que eran legión), y un
futuro repleto de éxitos sensacionales, como la biología molecular y la
ingeniería genética, que son fluorescentes realidades actuales. Naturalmente el
reduccionismo de Carnap se enfrentó a corrientes tanto directamente opuestas
como tangencialmente distintas, cuyo contenido, impacto y vigencia no voy a
examinar aquí. Lo que sí mencionaré es el hecho histórico de que en 1938 se
publicó en Chicago el primer volumen de la Enciclopedia universal de la ciencia unificada, editado por
Neurath y con colaboraciones del editor, de Neils Bohr, Rudolf Carnap, John
Dewey, Charles W. Morris y Bertrand Russell. En este volumen Carnap contribuyó
con un artículo titulado "Logical Foundations of the Unity of
Science" (Bases lógicas de la unidad de las ciencias") en donde
plantea las tesis principales del empirismo lógico, que han sido admirablemente
resumidas por Salmerón en las seis siguientes: 1) La lógica de la ciencia prescinde del contexto social
(histórico o psicológico) del historiador. 2) La distinción entre ciencias empíricas y formales es de
contenido, no de concepto. 3)
Las ciencias empíricas constituyen un todo continuo, que va desde la fisica
hasta la sociología, y que incluye no sólo a los hechos sino a las leyes. 4) No hay ciencias empíricas
diferentes que tengan fuentes de conocimiento diferentes o usen métodos
fundamentalmente distintos, sino divisiones convencionales para propósitos
prácticos. 5) El progreso de la
ciencia es un avance en los niveles de exactitud pero, sobre todo, de
reducción. 6) Las leyes
científicas sirven para hacer predicciones; en esto consiste la función
práctica de la ciencia.
|
El
esfuerzo contenido en los seis pasajes numerados no pretendía, por supuesto,
la constitución de una disciplina de carácter especulativo que, por encima de
las ciencias especiales, legislara sobre la forma en que éstas deberían
cumplir su trabajo. Se presentaba solamente como el análisis descriptivo de
una estructura lógica, cuyos rasgos unitarios permitían comprender la forma
de operar de la investigación científica en su trato con la experiencia y,
como consecuencia la organización de las disciplinas y de sus relaciones. Sin
embargo, muchas condiciones contribuyeron a frustrar aquel propósito: entre
ellas, la limitación impuesta por el modelo elegido como ciencia ejemplar; la
postulación de una meta de unidad, que la marcha de la investigación no ha
logrado todavía confirmar; y el rechazo de una manera de entender la teoría,
en el sentido de contemplación del mundo, que en la tradición filosófica
siempre ha implicado la continuidad entre la teoría pura y la práctica
vivida.
|
Salmerón comenta estas seis tesis como sigue:
Carnap introdujo algunas modificaciones a los principios
positivistas de la verificabilidad y del reduccionismo, para hacer frente a
ciertas críticas de Popper y para acercar más su sistema al verdadero carácter
de la práctica de la ciencia. En relación con la verificabilidad, Carnap aceptó
la crítica de Popper, de que las hipótesis científicas nunca pueden verificarse
completamente por medio de la observación, y la cambió por el principio de la
confirmación. De acuerdo con este principio, las hipótesis pueden ser más o
menos confirmadas, o desconfirmadas, por los datos observacionales. Pero
además, Carnap distinguió entre la confirmabilidad, y la noción más fuerte de
"experimentalidad". Una proposición es confirmable si existen
registros de observaciones que la confirmen o desconfirmen, y una proposición confirmable
es también experimentable cuando podemos definir y realizar a voluntad
experimentos que conduzcan a su confirmación. De lo anterior se desprende que
una proposición dada puede ser confirmable sin ser experimentable (como cuando
sabemos que la observación de un grupo de eventos la confirmaría pero no es
posible realizar los experimentos pertinentes), mientras que todas las
proposiciones experimentables también son confirmables. Respecto al
reduccionismo, Carnap relajó la exigencia de que un símbolo siempre sea
equivalente a otros símbolos, a que sólo lo sean en ciertas circunstancias; el
resultado es que reconoció dos tipos de proposiciones científicas, unas que
llamó definiciones y que si son reducibles, y otras que llamó reducciones y que
no lo son. En las definiciones siempre es posible sustituir el nuevo símbolo
por medio de otros símbolos equivalentes, mientras que en las reducciones esto
ya no es posible; en vista de que muchos términos científicos, según Carnap,
son reducibles pero no definibles, no es posible sostener la exigencia de que
se logre una traducción de cada proposición científica al mismo lenguaje de la
física.
El volumen 1 de la Universal Encyclopedia of Unified Science, publicado en 1938.
¿Qué fue de todas estas espléndidas teorías y
rígidas formulaciones del método científico, en la generación anterior a la
nuestra? La pregunta no es esotérica, pero su respuesta debe esperar a la
descripción y el análisis de las ideas de Reichenbach y de la Escuela de
Berlín.
El único grupo importante de filósofos alemanes que
adoptó ideas paralelas a las promovidas por el Círculo de Viena fue el de
Berlín, que aunque pequeño contaba entre sus miembros a Otto von Mises, Carl G.
Hempel y Hans Reichenbach (1891-1953). Este último nació en Hamburgo, en el
seno de una influyente familia judía; después de estudiar ingeniería en la Technische Hochschule de Stuttgart,
continuó estudiando matemáticas, física y filosofía en las universidades de
Berlín, Gotinga y Munich, hasta que en 1915 obtuvo el doctorado en filosofía en
la Universidad de Erlangen. Inmediatamente después ingresó al ejército alemán y
combatió durante toda la primera Guerra Mundial. De 1920 a 1926 fue profesor en
su propia escuela en Stuttgart, de donde (con el apoyo de Einstein) pasó a ser
profesor de filosofía de la física en la Universidad de Berlín, en donde
permaneció hasta 1933, cuando fue despedido por los nazis. Fue en este breve
lapso de siete años en que Reichenbach se identificó con el Círculo de Viena
(pero no totalmente, como veremos en un momento), publicó algunas de sus obras
más importantes, editó (junto con Carnap) la revista Erkenntnis, ganó prestigio internacional, e inició la formación
de un grupo pequeño de filósofos de la ciencia que, junto con él, empezaron a
conocerse como la Escuela de Berlín. Esta escuela era un verdadero islote
dentro del movimiento filosófico alemán del primer tercio de este siglo, que
con la sola excepción del grupo todavía más pequeño de la Universidad de
Münster, se encontraba totalmente dominado por la metafísica más estridente y
desenfrenada, todavía con influencias claramente reconocibles de la Naturphilosophie de 100 años antes.
Después de ser despedido de su cátedra en la Universidad de Berlín por el
delito de ser judío, Reichenbach emigró de Alemania y de 1933 a 1938 fue
profesor en la Universidad de Estambul, y de 1938 a 1953, en la Universidad de
California.
Como Carnap, Reichenbach hizo contribuciones
fundamentales en temas tan diferentes como probabilidad, inducción, espacio,
tiempo, geometría, relatividad, leyes científicas, mecánica cuántica y otras
más; sin embargo, aquí sólo señalaremos, en forma resumida, sus ideas más
relevantes al método científico. Desde que Laplace, a principios del siglo XIX,
propuso que como el universo es una entidad totalmente determinista, si
conociéramos en un momento dado todas las leyes de la mecánica y todas las
configuraciones y movimientos de la materia en todo el universo, podríamos
predecir con exactitud toda la historia futura de la humanidad, muchos físicos
y filósofos aceptaron el determinismo físico como filosofía. Naturalmente, el
riguroso determinismo laplaciano se vio minado por los avances en la
termodinámica del mismo siglo XIX y por la mecánica cuántica del siglo XX y
desde sus orígenes fue rechazado violentamente por los que creen en la libertad
de la decisión humana. De todos modos, aunque se rechazó al nivel microscópico,
el determinismo físico siguió siendo aceptable al nivel microscópico. Desde
luego, Laplace sabía muy bien que no podemos predecir el futuro con certeza, y
que lo más a que podemos aspirar es a plantear probabilidades, pero el sabio
francés atribuía tal situación a las imperfecciones humanas y no al carácter
esencialmente probabilístico de la naturaleza; esto es lo que se conoce como la
"teoría subjetiva" de la probabilidad. Reichenbach la rechazó,
argumentando que la esencia misma del conocimiento es su incertidumbre, en
vista de que las predicciones físicas nunca son (ni pueden ser) exactas, ya que
es imposible incorporar todos los factores relevantes en los cálculos. No se
trata de una limitación de las capacidades intelectuales de los científicos,
sino más bien de la manera como el universo se relaciona con nuestras
observaciones. Tampoco es el caso que los eventos se den en condiciones exactas
y estrictamente determinadas, que nosotros sólo podemos conocer de manera
aproximada. Lo que ocurre es que nos enfrentamos a secuencias de eventos que se
desenvuelven dentro de ciertos rangos de probabilidad; tales secuencias son, de
acuerdo con Reichenbach, los fenómenos empíricos que estudian los científicos.
Éste fue el punto de partida de Reichenbach para su examen del problema de la
inducción, que enfocó desde un punto de vista probabilístico.
Hans Reichenbach (1891-1953).
Reichenbach consideraba a la epistemología no como
una materia descriptiva sino como un ejercicio crítico y prescriptivo. Su
función más importante era generar una reconstrucción racional de la manera de
pensar de un científico "ideal", que siempre debería compararse con
la de los científicos reales. El objetivo de tal comparación sería la
eliminación de todas aquellas formas de pensamiento que no cumplieran con los
dos criterios mínimos de aceptabilidad racional: conformación compatible con el
resto de la estructura previamente aceptada como esencial, y un cierto valor de
"consejo", o sea de contribución distinta y original a la mencionada
estructura. Los intereses de Reichenbach en la reconstrucción racional de la
filosofia de la ciencia eran afines a los de sus amigos, los positivistas
lógicos en Viena, pero él los mantuvo separados por medio de su insistencia
probabilística.
Para Reichenbach una proposición tiene significado
sólo si es posible determinarle un grado definido de probabilidad; además, dos proposiciones
poseen el mismo significado si se demuestra que tienen el mismo grado de
probabilidad. Las experiencias previas proporcionan base a las expectativas de
eventos futuros, en vista de que nos permiten estimar la probabilidad de su
ocurrencia. Tales eventos se consideran como miembros de clases y deben ser más
o menos repetibles, aun cuando se trate de acontecimientos únicos, como cuando
un médico señala que un enfermo probablemente falleció de cáncer, basado en su
experiencia de otros casos semejantes. De esa manera, además de la inducción,
Reichenbach introdujo un elemento de pragmatismo en su filosofía positivista,
ya que el significado se juzga en función de los procedimientos o el
comportamiento que resulta en acciones prácticas. Un elemento central en la
epistemología de Reichenbach es el "postulado", o sea una proposición
que se trata como si fuera cierta, por lo menos temporalmente, aunque no se
sabe que lo sea; normalmente se postulan los eventos que poseen la máxima
probabilidad, o sea que se apuesta a que lo más probable es lo que ocurrirá.
Ésta es la forma racional de actuar y es la que casi siempre usamos, porque es
la más práctica. La meta de la inducción consiste en encontrar una serie de
eventos cuya frecuencia converge hacia un límite, para lo que se hace un
"postulado ciego", o sea se hace la mejor predicción posible basada
en experiencias previas, con la idea de que sólo por medio de observaciones
repetidas podrá saberse qué tan buena fue la predicción. Si los datos confirman
el "postulado ciego" y convergen hacia el límite predicho, sabremos
que fue correcto; en otras palabras, si el límite existe, éste es el
procedimiento para encontrarlo. A partir del límite ya es posible asignarle un
valor de probabilidad al "postulado ciego", que por lo tanto deja de
serlo para transformarse en una proposición con significado.
Esta forma de concebir a la inducción no es de
carácter histórico; Reichenbach no pretendía que así es como se procede al
hacer ciencia, sino que simplemente intentaba hacer una reconstrucción racional
del conocimiento científico, una especie de apologética de la ciencia. Por ello
es que insistió en distinguir entre el "contexto del descubrimiento"
y el "contexto de la justificación", señalando que aunque el primero
de ellos pudiera ser irracional, el segundo habitualmente coincide con la forma
como los científicos presentan sus resultados al público, o sea con una
estructura compacta y coherente, de la que ha desaparecido toda incongruencia y
arbitrariedad. No debe confundirse la distinción de estos dos contextos con la
postura inductivo-deductiva o con la hipotético-deductiva, en vista de que el
contexto de justificación no es de carácter deductivo sino que se trata de una
reconstrucción del argumento que lo transforma en coherente y lo libera de lo que
fueron adivinanzas o apuestas especulativas, o sea que procede de manera
esencialmente inductiva. Es en realidad la justificación pragmática del
inductivismo científico.
Con la desbandada del Círculo de Viena a partir de
1933, la influencia del positivismo lógico empezó a disminuir en el mundo
filosófico. Desde luego en Alemania, donde nunca tuvo particular arraigo, su
exclusión de la vida académica fue completa y hasta después de la segunda
Guerra Mundial se mantuvo ausente; la filosofía de Heidegger y sus seguidores
es prácticamente todo lo que los positivistas lógicos combatieron. En otros
países con mayor simpatía empirista, como Inglaterra, Australia, EUA y otros,
es difícil separar la influencia directa de los positivistas lógicos de la de
otros filósofos cercanos, como Russell y los analistas del lenguaje, o bien de
los lógicos polacos, como Tarski. De hecho, en la Enciclopedia de la filosofía, en la sección dedicada al
positivismo lógico, Passmore dice lo siguiente:
|
El positivismo lógico, considerado como la
doctrina de una secta, se ha desintegrado. De varias maneras ha sido
absorbido por el movimiento internacional del empirismo contemporáneo, dentro
del cual todavía se pelean las diferencias que los separaban... El
positivismo lógico, por lo tanto, está muerto, o tan muerto como puede llegar
a estar un movimiento filosófico.
|
De manera un poco menos tajante, y con cierta
nostalgia personal, el filósofo inglés Alfred J. Ayer, quien perteneció al
Círculo de Viena y asistió a sus reuniones en 1930-1931, termina su examen de
ese grupo y de sus ideas de la manera siguiente:
|
La filosofía progresa, a su rnanera, y pocas de
las tesis principales del Círculo de Viena sobreviven intactas. Metafísica ya
no es un término de oprobio y se ha reconocido que al menos algunos
metafísicos llegaron a sus increíbles conclusiones tratando de resolver
problemas conceptuales muy difíciles. El tratamiento pragmático de las
teorías científicas se favorece menos que el realismo científico. Tanto la
distinción analítico-sintética como el concepto mismo de los datos
sensoriales se han cuestionado, y aún entre los que todavía creen que los
datos sensoriales o algo similar sirven para algún propósito útil hay pocos
(si es que hay alguien) que creen que cada proposición empírica puede
reformularse en sus términos. Por otro lado, todavía existe considerable
apoyo para la conexión entre el significado y la posibilidad de verificación,
y más aún para la conexión del significado con las condiciones de la verdad.
Finalmente, pienso que puede decirse que el espíritu del positivismo vienés
sobrevive: en el reacomodo de la filosofía con la ciencia, en sus técnicas
lógicas, en su insistencia en la claridad, en su rechazo de lo que yo puedo
describir mejor como una excrecencia repulsiva de la filosofía, le dio una
nueva dirección a la materia que no parece posible que se pierda.
|
VII. LAS IDEAS
CONTEMPORÁNEAS (I): BRIDGMAN, ROSENBLUETH Y EL OPERACIONISMO; EDDINGTON Y EL
SUBJETIVISMO SELECTIVO; POPPER Y EL FALSACIONISMO
E
N ÉSTE y el siguiente capítulo voy a revisar
brevemente algunas ideas contemporáneas sobre el método científico. He
seleccionado aquellas con las que estoy más familiarizado y que me parece han
tenido mayor impacto tanto entre filósofos como entre científicos. Es obvio que
mi objetivo no ha sido ni presentar un cuadro completo de la filosofía de la
ciencia contemporánea, ni tampoco una muestra representativa de las principales
escuelas que actualmente compiten por el consenso general. Mi interés ha sido
simplemente ilustrar, por medio de unos cuantos ejemplos entresacados de mis
aficiones y lecturas en el campo, la riqueza en la variedad de enfoques y de
ideas que caracteriza a un solo aspecto de la filosofía de la ciencia actual,
que es el método científico. Hasta aquí hemos podido usar cómodamente en
nuestro discurso las distintas variedades del tiempo pasado; de ahora en
adelante, casi todo tendrá que decirse en tiempo presente, en vista de que los
conceptos que estaremos examinando han sido tomados no del panteón de las ideas
sino del mundo en que vivimos. De hecho, cuando leí por primera vez los libros
de los autores que vamos a discutir en este capítulo, Bridgman, Rosenblueth,
Eddington y Popper, los cuatro estaban vivos; esto fue hace muchos años, pero deseo
registrar el hecho de que todavía hoy (1988) uno de ellos sigue vivo y mi deseo
es que siga viviendo por muchos años más.
Conviene hacer notar que de los siete
pensadores contemporáneos, cuyas ideas sobre el método científico nos ocuparán
en éste y en el siguiente capítulo, seis iniciaron sus respectivas carreras
como físicos y matemáticos, y que la gran mayoría de sus referencias y ejemplos
son a las llamadas ciencias "exactas", o sean la física, las
matemáticas y la astronomía. Esto no debe extrañarnos, porque a lo largo de
estas páginas hemos visto iniciarse y reafirmarse la tradición de que los
científicos que se ocupan de la filosofía de la ciencia sean los que practican
las ciencias "exactas". Pero para los que estamos interesados en las
ciencias de la vida, y que hemos contemplado en nuestro tiempo la fantástica
revolución biológica, iniciada desde el siglo pasado por Charles Darwin, pero
acelerada en forma casi increíble a partir de 1950 con el desarrollo de la
biología celular, de la biología molecular y de la ingeniería genética,
cualquier filosofía de la ciencia que excluya o considere de importancia
secundaria a este sector del conocimiento científico nos resulta inaceptable.
En el último capítulo de este libro insisto en que las disciplinas científicas
se han movido más aprisa y con mayor versatilidad que la filosofía de la
ciencia, y que hoy reclaman su inclusión en ella, con todo derecho, no sólo las
ciencias biológicas sino también las ciencias económicas, políticas y sociales.
Pero no conviene adelantar demasiado de lo que le espera al amable lector en lo
que falta de este texto. Mejor revisemos el operacionismo de Bridgman y de
Rosenblueth, el subjetivismo selectivo de Eddington, y el falsacionismo de
Popper y su escuela.
El operacionismo es un programa que aspira a
relacionar todos los conceptos científicos válidos con procedimientos
experimentales, deparando de esa manera a la ciencia de la terminología no
definible operacionalmente, que por lo tanto no posee significado empírico. El operacionismo
propone que los investigadores científicos adoptaron sus principios y
funcionaron de acuerdo con ellos mucho antes de que se promulgaran; por lo
tanto, no se trata de una teoría erigida sobre consideraciones filosóficas
independientes, sino basada en lo que los hombres de ciencia realmente hacen.
Su principal proponente fue Percy W. Bridgman (1882-1961), el profesor
"Hollis" de matemáticas y filosofía natural de la Universidad de
Harvard, en Boston, quien en 1946 ganó el premio Nobel por sus investigaciones
sobre las propiedades de la materia sometida a muy altas presiones. Como
Bridgman era un verdadero investigador científico, los que influyeron en sus
ideas fueron otros científicos y filósofos, como Mach, Poincaré, y sobre todo
Einstein; de hecho, Bridgman señaló que él solamente estaba haciendo explícito
lo que ya estaba implícito en los trabajos de los sabios mencionados. Pero la
verdad es que estaba haciendo mucho más que eso; Bridgman estaba desarrollando
un nuevo sistema filosófico y metodológico, íntimamente relacionado con el
empirismo, el positivismo lógico y el pragmatismo, aunque con ciertas facetas
novedosas que permiten distinguirlo como una filosofía diferente. Bridgman
escribió varios libros importantes, pero los tres que estaremos comentando son:
Lógica de la física moderna
(1927), Naturaleza de la teoría física
(1936), y La manera como son las cosas
(1959), así como algunos de sus artículos filosóficos en revistas
especializadas.
Percy W. Bridgman (1882-1961).
Según Bridgman, el científico debe ser un empirista
puro, para quien lo único que posee existencia real son los hechos, ante los
que debe adoptar una actitud de "humildad casi religiosa". Su rechazo
de los principios kantianos a priori,
que preceden y delimitan la experiencia, es absoluto y definitivo; además, la
naturaleza no puede incluirse completa en, o agotarse por, ninguno de los
esquemas contendientes actuales (como el racionalismo, el relativismo o el
idealismo absoluto). Una forma de aproximarse al operacionismo es examinando la
manera como los físicos atacaron el problema de la longitud, una vez que
descubrieron, en el siglo XIX, que la geometría de Euclides no era la única
lógicamente posible. La pregunta más candente en ese momento era si las líneas
y las imágenes proyectadas en el espacio físico obedecían (o no) los teoremas
de Euclides; para fines del mismo siglo la postura más aceptada generalmente
era que si no podemos diseñar operaciones que nos revelen si el espacio es o no
euclidiano, no le podemos asignar ninguna propiedad geométrica. El problema de
fondo es que para determinar la geometría de los cuerpos físicos se requiere
poder comparar distancias, y para eso es necesario contar con una regla que no
cambie de longitud cuando se lleve de un lado a otro para medir distancias;
naturalmente, para comprobar que la regla no altera su longitud se necesita
otro estándar de referencia, pero hay acuerdo general en que tal estándar no
existe. Por lo tanto, lo único que existen son las reglas, lo que hace
imposible saber si las distancias son iguales o diferentes entre sí, lo que a
su vez imposibilita conocer la naturaleza geométrica del espacio. Desde un
punto de vista operacional, el espacio no tiene medidas intrínsecas, por lo que
resulta arbitrario decidir qué obedece a este o aquel grupo de axiomas
geométricos.
Aunque aparentemente la idea de que las entidades
físicas los procesos y las propiedades no poseen una existencia independiente
de las operaciones que nos sirven para establecer su presencia o ausencia, o
sea el operacionismo, ya desempeñaba un papel central en el pensamiento de los
científicos desde antes de 1920, no fue sino hasta 1927, cuando Bridgman
publicó su famoso libro La lógica de
la física moderna, que se transformó en un programa explícito y en una
postura filosófica definida dentro de la ciencia. Sin embargo, el operacionismo
inicial, el que postula que todo concepto científicamente significativo debe
ser sujeto de definición completa por medio de operaciones físicas, y que un
concepto científico no es otra cosa que el grupo de operaciones requeridas para
definirlo (o sea, el operacionismo radical),
fue rápidamente criticado por L. J. Russell, en 1928, y por Lindsay, en 1937.
El primero de estos dos críticos señaló que en la práctica de la ciencia
frecuentemente se habla de que unas operaciones son mejores que otras, lo que
no podría hacerse a menos de que existiera algún criterio o hecho
indepencliente de las operaciones, que sirve para calificarlas; además, Russell
comentó que muchos conceptos físicos útiles no se prestan a definiciones
exhaustivas, y que sus conexiones con operaciones instrumentales son más bien
indirectas y poco estrictas. En cambio, Lindsay escribió que si el
operacionismo se tomara en serio resultaría radicalmente opuesto a lo que todo
el mundo puede ver que los físicos realmente están haciendo, que es trabajar
con conceptos indefinibles operacionalmente, como los números o las
"funciones de onda" que aparecen en la mecánica cuántica; en su
opinión, cuando se acepta el criterio operacionista automáticamente se elimina
a toda la física teórica. Bridgman aceptó éstas y otras objeciones y suavizó su
postura, introduciendo lo que llamó "operaciones de papel y lápiz", o
sea maniobras lógicas y matemáticas por medio de las cuales un concepto
científico aceptable puede "establecer conexiones indirectas con
operaciones instrumentales". Además, Bridgman admitió que las
"operaciones verbales" desempeñan un papel importante en la ciencia;
en sus propias palabras:
|
En el mundo del "papel y lápiz" es
posible la libre invención, divorciada de cualquier contacto con el universo
instrumental del laboratorio... Las "operaciones verbales" y las
"de papel y lápiz" poseen enorme latitud. Sin embargo, pienso que
los físicos están de acuerdo en imponer una restricción a la libertad de
tales operaciones: que en última instancia logren aunque sea indirectamente,
conectarse con operaciones instrumentales.
|
Naturalmente, Bridgman reconoció la existencia de
muchas otras esferas "puramente verbales" del pensamiento y de la
actividad humana, como la política, la religión o la metafísica, que por su
naturaleza no poseen ni pueden establecer conexiones con el mundo de la
experiencia empírica. Tales esferas son de gran importancia para el hombre,
pero se encuentran fuera del campo de la ciencia.
A pesar de que mi intención en este texto sobre el
método científico no ha sido crítica sino descriptiva, creo que para redondear
el resumen de las principales conclusiones del operacionismo conviene mencionar
algunos de sus problemas filosóficos. El primero es si es conveniente, o hasta
posible, identificar conceptos con operaciones en una relación de igualdad; en
principio resultaría en una distorsión, entre grave y grotesca, de lo que
generalmente se entiende por concepto, científico o de cualquier otro tipo. El
segundo problema es que muchos conceptos pueden definirse por medio de
operaciones totalmente distintas; por ejemplo, el tiempo puede medirse por
medio del pulso, del reloj mecánico, de las estrellas, del reloj atómico, del
reloj acuático, etc., y según el operacionismo, con cada procedimiento
diferente tendría que asociarse un concepto distinto del tiempo, lo que no
refleja para nada lo que ocurre en la realidad. Un tercer problema es que el
operacionismo supone que la realidad y su conocimiento son la misma cosa, lo
que podemos identificar como la tesis central del fenomenismo a ultranza; esta
posición puede ser atractiva para los positivistas, en vista de que sugiere la
identidad de la ciencia con el trabajo científico, o a la inteligencia con los
resultados de las pruebas usadas para medirla. Sin embargo, de acuerdo con
Oldroyd: "Ésta es una flagrante violación del uso del lenguaje. Equivale a
confundir un pastel con la receta para hacer un pastel."
Es obvio que el operacionismo de Bridgman está
íntimamente ligado con el empirismo, el positivismo lógico y el pragmatismo,
que a su vez también son expresiones ligeramente distintas de la misma
tendencia central: el rechazo de la metafísica y la insistencia en construir el
edificio de la ciencia sobre las bases más apegadas a la realidad, entre otras
razones porque, en última instancia, ésta es la actitud más práctica o útil. En
relación con el pragmatismo, Bridgman señaló que "lo que se quiere decir
por un concepto se revela más por lo que se hace con él, que por lo que se dice
acerca de él".
|
No es
extraordinario entonces que, partiendo de bases e intereses distintos, un
grupo de filósofos y legistas (encabezados por Wittgenstein) y un
experimentador (Bridgman), hayan llegado independientemente a conclusiones
semánticas que tienen mucho en común.
|
Rosenblueth señaló específicamente que, en última
instancia, existe una relación muy cercana, entre Wittgenstein y Bridgman.
Comentando el interés antiguo en el problema de las relaciones entre el lenguaje
y los fenómenos naturales, a la luz del desarrollo de la lógica simbólica o
matemática, junto con la revolución en la física introducida por la teoría de
la relatividad de Einstein y la teoría cuántica, en las primeras décadas de
este siglo, Rosenblueth dice:
stoy seguro de que si hoy estuviera vivo,
Rosenblueth no aceptaría ser clasificado como operacionista. y que con su
habitual estilo apasionado y categórico procedería a demostrarle su
equivocación al temerario clasificador. También estoy seguro de que al
clasificador le convendría hacer dos cosas: en primer lugar, escuchar con gran
cuidado la argumentación de Rosenblueth, porque aprendería mucho, no sólo de
filosofía de la ciencia sino también de dialéctica y de muchas otras cosas más;
en segundo lugar, no abrir la boca, porque no le serviría para nada. Pero
igualmente estoy seguro de que Rosenblueth también rechazaría, con la misma
vehemencia, cualquier otra afiliación que se le atribuyera en el campo de la
filosofía de la ciencia, no porque fuera un polemista perverso sino porque,
como buen científico, era un individualista congénito e inveterado; en otras
palabras, la única escuela a la que Rosenblueth aceptaría pertenecer sería a la
de Rosenblueth, siempre y cuando tal afiliación no se considerara ni total ni
permanente, sino sujeta a cambios y a terminación repentina.
Arturo Rosenblueth (1900-1970).
Arturo Rosenblueth (1900-1970) nació en Ciudad
Guerrero, Chihuahua, en el seno de una familia de clase media con gran amor por
la cultura (un hermano suyo fue un pintor muy respetable, un sobrino suyo es
uno de los ingenieros académicos más prestigiados del país, y otros miembros
más de su familia también brillaron y todavía brillan en nuestra sociedad por
méritos intelectuales propios). Rosenblueth inició en México sus estudios,
primero de música y después de medicina, aunque su interés en la filosofía de
la ciencia se manifestó precozmente. En sus propias palabras, tomadas del
prólogo de su libro Mente y cerebro.
Una filosofía de la ciencia, publicado en 1970, el año de su muerte:
|
Mi interés en algunos de los problemas que
analizo en esta monografía empezó en 1915, cuando, siendo estudiante de
preparatona, leí algunos de los libros que Poincaré dedicó al método
científico. En realidad, estas lecturas fueron uno de los factores que me
condujeron ulteriormente a seleccionar la investigación científica como meta
primordial de mis actividades profesionales.
|
Rosenblueth no terminó sus estudios en México sino
que viajó a París, en donde estuvo varios años (en la Ciudad Luz se graduó de
médico y se especializó en neurología y psiquiatría); después regresó a México
por un breve periodo (en el cual ejerció la medicina como neurólogo y
psiquiatra y siguió estudiando música y filosofía), y en 1930 ya se encontraba
en Boston, en la Universidad de Harvard, donde cambió su especialidad médica
científica por la de fisiólogo; siguió estudiando música, adquirió y desarrolló
un interés serio y profesional en la física y las matemáticas, y continuó
trabajando en filosofía de la ciencia. En 1943, en la cúspide de su brillante
carrera académica como fisiólogo en EUA (fue el discípulo más distinguido del
famoso Walter B. Cannon, profesor de fisiología en la Escuela de Medicina de
Harvard, Rosenblueth regresó a México, gracias a la invitación que le hizo el
doctor Ignacio Chávez, para dirigir el Departamento de Fisiología del flamante
Instituto Nacional de Cardiología, que se inauguró el año siguiente. Al cabo de
18 años de vivir otra vez en nuestro país, dedicado a la fisiología
experimental, a la filosofía de la ciencia y a la música, Rosenblueth se alejó
del Instituto Nacional de Cardiología en 1960 para planear, fundar y dirigir,
durante sus primeros diez años, el Centro de Investigación y Estudios Avanzados
del Instituto Politécnico Nacional (CINVESTAV), en México. Para el desarrollo
de la ciencia en nuestro país, la fundación del CINVESTAV fue un salto
cuántico: por primera vez en toda la historia registrada de México se daba
reconocimiento y apoyo oficial a la ciencia per se (lo que los políticos, administradores y periodistas han
dado en llamar ciencia "básica" o "pura"), como una
actividad importante para la nación. No importó que las razones aducidas por
los demagogos y los comunicólogos para promover a la ciencia hayan sido
puramente utilitaristas; de los ignorantes no pueden esperarse juicios
iluminados. Lo que importa en este contexto es que el prestigio y la
personalidad de Rosenblueth en ese momento histórico, junto con el apoyo
incondicional de sus amigos influyentes en el gobierno, permitieron que se
diera el milagro (o portento, para los no creyentes) de que un país del Tercer
Mundo actuara, en relación con la ciencia, como si fuera del primero.
El concepto del método científico adoptado por
Rosenblueth era esencialmente operacionista. En sus propias palabras:
Fronstispicio del libro El método científico, de Arturo Rosenblueth, publicado en 1971.
|
La construcción de modelos de los fenómenos
naturales es una de las tareas de la labor científica. Más aún, podemos decir
que toda la ciencia no es sino la elaboración de un modelo de la naturaleza.
|
El resultado de la labor científica, según
Rosenblueth, es el conocimiento de alguna parte del universo. Sin embargo, este
conocimiento no es directo, en vista de que los distintos objetos y fenómenos
que constituyen el universo son demasiado complejos para poder entenderlos en
su totalidad. Por ello, el investigador selecciona un grupo limitado de
variables para su estudio, pero al hacer tal selección, lo que el científico
realmente está haciendo es establecer un modelo simplificado del segmento del
Universo que le interesa. Pongamos un ejemplo que le hubiera complacido a
Rosenblueth: deseo conocer los mecanismos que regulan la cantidad de agua que
existe normalmente en el interior de una célula viva. Desde luego, el número de
variables conocidas que participan, de una u otra manera, en la regulación de
ese parámetro fisiológico específico, es inmenso. Para mostrar de manera
objetiva lo que quiero decir, he preparado esta breve lista de variables
relevantes al fenómeno mencionado; confieso que limité el número en función de
la economía del papel, pero podría haberlo hecho varias veces más grande. Este
punto es fundamental para el concepto de Rosenblueth del método científico, por
lo que conviene insistir en él.
El hombre de ciencia, de acuerdo con Rosenblueth,
no está capacitado para manejar con soltura y elegancia algo tan complicado
como la vida real; sus métodos todavía son demasiado crudos para intentar el
análisis de fenómenos tan finos y complejos como los que ocurren en la realidad
más simple. Ante tal nudo gordiano, el científico (recordando el éxito
legendario de Alejandro Magno) ha blandido la espada correspondiente y ha
cortado, de un solo tajo, el nudo imposible de la complejidad de la naturaleza.
Si no podemos conocer un sector dado del Universo en su totalidad, hagamos
entonces un esquema de ese sector, un dibujo basado en aquellas propiedades y
variables que sí podemos medir y entender, y aceptemos que por ahora este
dibujo es un reflejo fiel, aunque obviamente incompleto, de ese rincón del
universo. Según Rosenblueth, tal postura se basa en la aceptación (consciente o
inconsciente) por los investigadores, de una premisa fundamental: los hechos
científicos no son reflejos completos de la realidad, sino modelos
simplificados, arbitrarios pero siempre posibles, de ella.
Rosenblueth afirma que la intuición participa en
diversos aspectos del trabajo científico; por ejemplo, en la selección del
problema que se va a estudiar, en la formulación de la hipótesis, en el diseño
del procedimiento experimental más adecuado, en la planeación de experimentos
críticos y decisivos, etc. En cada uno de estos pasos importantes en la
investigación científica participa, en forma fundamental, la experiencia previa
del individuo, pero eso no es suficiente: además, hay que tener buenas ideas. El resultado inmediato de estas
buenas ideas será que el problema seleccionado para su estudio conduzca a
conclusiones más generales, que estimulen un número mayor de nuevas
investigaciones, que la hipótesis inicial sea más fructífera y permita un mayor
número de predicciones, que el método experimental utilizado proporcione
medidas más exactas, y que los experimentos sean más discriminativos y sus resultados
sean más contundentes.
El autor de la postura epistemológica denominada
(por él mismo) "subjetivismo selectivo" fue el famoso matemático y
astrónomo inglés Arthur Eddington (1882-1944), quien a los 31 años de edad fue
nombrado profesor "Plumian" de astronomía y filosofía experimental de
la Universidad de Cambridge, y al año siguiente director del observatorio de
esa misma universidad. Nacido en una familia de cuáqueros, Eddington conservó
un profundo sentido religioso durante toda su vida; además, poseía un talento
para las matemáticas que sus contemporáneos calificaron de fenomenal, así como
una enorme capacidad para la divulgación científica. Entre sus contribuciones
más importantes deben mencionarse la astronomía estelar dinárnica y sus trabajos
sobre la relatividad. En 1915 Einstein publicó su teoría general de la
relatividad, una de cuyas predicciones astronómicas era que la luz debería
desviarse en la vecindad del Sol; las observaciones para establecer si tal
predicción se cumplía sólo podían hacerse retratando las estrellas cercanas al
Sol durante un eclipse total y midiendo sus posiciones relativas. Durante el
eclipse del 29 de mayo de 1919 se enviaron dos expediciones encargadas de
realizar el estudio mencionado, una a Brasil y la otra a una pequeña isla
situada frente a la costa occidental de África; uno de los observadores fue
Eddington, cuyos resultados confirmaron la predicción de Einstein. Ésta fue la
primera demostración observacional de la teoría general de la relatividad. Pero
no es posible dar aquí ni siquiera un resumen de las varias contribuciones de
Eddington a la astronomía, sino que vamos a concentrarnos en su filosofía de la
ciencia, sobre todo en su postulado de que a veces es posible derivar el
conocimiento de hechos concretos a partir del conocimiento puramente formal.
Arthur S. Eddington (1882-1944).
El argumento lo presentó Eddington en un libro
titulado Filosofía de la ciencia
física, que apareció por primera vez en 1939; de acuerdo con este autor,
es posible averiguar algo sobre la naturaleza de la realidad por medio del
examen de los conceptos y los métodos de los físicos, y este análisis puede
incluso ser más fructífero que el de los hechos mismos descritos por ellos. En
otras palabras, una buena parte de lo que se considera como conocimiento
científico objetivo de las leyes de la naturaleza es realmente de carácter
epistemológico. Eddington era particularmente ingenioso para ilustrar sus ideas
por medio de ejemplos y analogías; mencionaremos dos que aclaran de manera afortunada
su punto de vista En una de ellas se imagina a un ictiólogo que arroja al mar
una red con aperturas de dos pulgadas con objeto de examinar a los peces que
recupere, y sugiere que el ictiólogo probablemente llegue a las conclusiones de
que no hay peces menores de dos pulgadas y que todos ellos tienen branquias. El
otro ejemplo es el de Procusto, el famoso personaje de la mitología griega que
estiraba o recortaba a sus huéspedes para que cupieran exactamente en su cama.
Eddington señaló que el conocimiento derivado del análisis epistemológico era a priori pero no en el sentido
kantiano de ser innato, en vista de que se requieren experiencias y
observaciones para adquirirlo, sino en el sentido del ictiólogo, de quien
podemos predecir que con la red que usa para pescar no obtendrá peces menores
de dos pulgadas; en otras palabras, es posible hacer juicios a priori sobre lo que los físicos van
a encontrar si examinamos los procedimientos que usan. Es por el carácter al
menos parcialmente a priori del
trabajo de los físicos, que impide a ese conocimiento ser objetivamente puro,
sino que lo hace más bien subjetivo, y por lo selectivo del proceso de
investigación, en el que el conocimiento es lo que se "filtra" a
través de la metodología y los conceptos usados, por lo que Eddington llamó a
su filosofía "subjetivismo selectivo".
Conviene señalar las semejanzas que existen entre
el subjetivismo selectivo y otras ideas filosóficas previamente mencionadas;
por ejemplo, Wittgenstein propuso en su Tractatus
la existencia de un paralelismo entre la estructura lógica del lenguaje y la
estructura de la realidad, mientras que Eddington afirma que los componentes
subjetivo y objetivo del conocimiento están tan íntimamente ligados que es
posible descubrir algunos hechos por medio del análisis epistemológico
(recuérdese también la semejanza del ejemplo de Wittgenstein, de la superficie
blanca con manchas negras que, observamos a través de una malla, con la
analogía del ictiólogo y su red de pescar, de Eddington). También existe
coincidencia entre las ideas de Mach, que postulaba un sistema monista, basado
únicamente en las sensaciones y sus relaciones, con el de Eddington, que
reconoce identidad entre la estructura de grupo de una serie de sensaciones y
la estructura del mundo exterior; de hecho, es gracias a esta correspondencia
entre las sensaciones y la realidad, que impone ciertos principios de
invariancia, que la comunicación entre los científicos es posible. La ciencia,
por lo menos la física de Eddington, está interesada en los aspectos
cuantitativos de las invariancias, que no son otra cosa que las leyes de la
naturaleza.
Igual que muchos otros antes y algunos después de
él, Eddington quería resolver el problema de la correspondencia de la teoría
con los fenómenos reales. ¿Por qué la estructura deductiva de la geometría
euclideana corresponde tan bien a la estructura geométrica del universo? ¿Por
qué la teoría atómica explica tan satisfactoriamente los fenómenos que ocurren
durante las reacciones químicas? Los operacionistas no tienen dudas al
respecto, en vista de que en su concepto todas las teorías e hipótesis
científicas son empíricas. Ya hemos examinado los distintos enfoques de otras
escuelas filosóficas sobre este problema, como positivistas, instrumentalistas,
pragmatistas, convencionistas y otros más. La postura de Eddington lo coloca en
el extremo racionalista del espectro que va del empirismo al racionalismo, ya
que sin negar que exista un componente objetivo en el conocimiento, lo que le
interesa y subraya es la contribución subjetiva, al grado de que en muchos
sitios parece estar llevando a cabo un programa puramente deductivo, en
ausencia de su contraparte empírica. Como mencionamos hace un momento, el
postulado original en la filosofía de Eddington es que es posible conocer gran
parte de, o hasta toda, la realidad, a partir de enunciados a priori.
Ningún escrito relacionado con la filosofía de la
ciencia contemporánea estará completo si no menciona y discute, preferiblemente
de manera conspicua y extensa, el pensamiento de Karl R. Popper (1902-1997),
quien no sólo ha sido la figura más influyente y respetada en el campo en la
segunda mitad del siglo XX, sino también la más discutida (junto con Kuhn, de
quien nos ocuparemos en el próximo capítulo). Popper nació en Viena a
principios del siglo, en el seno de una familia judía cuyo jefe (el padre de
Popper) era un distinguido abogado; en su juventud estudió en la Universidad de
Viena y se enroló con entusiasmo en el marxismo, al grado de desempeñarse como
obrero manual por un breve periodo. Cuando se desilusionó del marxismo y adoptó
el socialismo, trabajó como profesor de escuela; esos eran los tiempos en que
se iniciaba el Círculo de Viena, con el que Popper tuvo numerosos contactos
pero al que nunca perteneció. Con la emergencia del nazismo Popper abandonó
Austria y primero vivió en Nueva Zelanda en donde fue profesor de filosofía en
el Colegio Canterbury, en Christchurch. Durante la guerra, Popper escribió su
justamente famoso libro La sociedad
abierta y sus enemigos, una andanada vigorosa y polémica en contra de
las ideas políticas de Platón, Hegel y Marx, en quienes identifica los gérmenes
y la justificación filosófica del autoritarismo, del totalitarismo y del
nazismo, basados en la supuesta capacidad del historicismo (otra de sus bêtes noires) para hacer predicciones
válidas a partir de patrones uniformes de reiteración, lo que serviría para
influir en las creencias y el comportamiento de la gente. Al término de la
guerra, Popper emigró a Inglaterra, en donde ha vivido desde entonces. Durante
muchos años fue profesor de lógica y metodología de la ciencia en la Escuela de
Economía de Londres, de la que sigue siendo profesor emérito.
Popper ha sido extraordinariamente productivo, no
sólo en cuanto a trabajos y obras publicados sino en cuanto a ideas originales
expuestas con cierta reiteración pero también con documentación exhaustiva,
estilo literario directo y sin adornos, y vigor extraordinario, a veces hasta
cercano al dogmatismo, sobre todo en sus discusiones con Kuhn. Su primer libro, La lógica de la investigación
("Logik der Forschung"), publicado cuando apenas tenía 33 años de
edad (1935) y su mundo se estaba desintegrando, contiene la mayor parte de sus
ideas más importantes sobre filosofía de la ciencia, muchas ya claramente
definidas y otras apenas esbozadas. Sus dos libros siguientes fueron resultado
de su "participación en la guerra" el ya mencionado: La sociedad abierta y sus enemigos,
publicado en 1945, y La miseria del
historicismo, aparecido 12 años más tarde), pero en 1963 publicó Conjeturas y refutaciones, el volumen
más importante para nuestro tema, y en 1972 apareció El conocimiento objetivo una útil colección de ensayos y
comentarios sobre los mismos temas e ideas del volumen previo, pero que ya no
agrega conceptos nuevos sobre metodología científica y filosofía de la ciencia.
A partir de 1972, Popper ha publicado cinco libros más (entre ellos una
autobiografía y otro en colaboración con John Eccles), pero ya no ha habido
cambios significativos en sus principales posturas filosóficas en relación con
la ciencia.
En 1919, el muy joven Popper (tenía 17 años de
edad) asistió a Viena a una conferencia dictada por el ya no tan joven Einstein
(de 40 años de edad) y quedó deslumbrado por la nueva física que promulgaba el
gran iconoclasta; recordemos que en ese mismo año Eddigton dio a conocer la
primera confirmación observacional de la teoría general de la relatividad.
Popper comparó entonces el éxito predictivo de las ideas de Einstein, alcanzado
en condiciones de muy alto riesgo, con la situación de las otras tres teorías
científicas importantes en ese momento en su medio: la teoría de la historia de
Marx, la teoría del psicoanálisis de Freud y la teoría de la psicología
individual de Adler. Lo que encontró Popper hace casi 60 años lo sabemos todos
hoy: en la física de Einstein las predicciones se formulaban de tal manera que
la opción de no cumplirse era real, mientras que en las otras teorías
"científicas" mencionadas, había explicaciones para cualquier clase
de resultados; en otras palabras, ningún tipo posible de experiencia era
incompatible con las otras tres teorías "científicas", que estaban
preparadas para absorber y explicar cualquier resultado, incluyendo los
contradictorios. Fue en esa época cuando Popper concluyó que la manera de
distinguir a la ciencia verdadera de las seudociencias (el criterio de
demarcación) es precisamente que la primera está constituida por teorías
susceptibles de ser demostradas falsas poniendo a prueba sus predicciones,
mientras que las segundas no son refutables; en otras palabras, la
irrefutabilidad de una teoría científica no es una virtud sino un vicio, ya que
la identifica como seudocientífica.
Karl R. Popper
En 1923, Popper se interesó en el llamado problema
de la inducción, derivado del planteamiento de Hume, quien como ya hemos
mencionado (capítulo III, p.96) negó que estuviera basada en una necesidad
lógica y atribuyó su popularidad entre filósofos y científicos a la costumbre o
expectativa surgida de la reiteración de secuencias de fenómenos. Las
tendencias en la filosofía de la ciencia más importantes en la segunda década
de este siglo (el empirismo tipo Mill y el positivismo lógico) se basaban en la
validez de la inducción, por lo que Popper consideró que habían llegado a un impasse y que la única forma de
reorientarlas eran fundamentándolas no en los mecanismos usados para generar
teorías sino más bien en los métodos para ponerlas a prueba. Pero siguiendo su
criterio de demarcación, Popper sugirió que tales pruebas deberían estar
dirigidas a mostrar los aspectos falsos o equivocados de las teorías, y no a
verificarlas o confirmarlas. Las teorías, de acuerdo con Popper, no son el
resultado de la síntesis de numerosas observaciones, como quieren los inductivistas,
sino más bien son conjeturas o invenciones creadas por los investigadores para
explicar algún problema, y que a continuación deben ponerse a prueba por medio
de confrontaciones con la realidad diseñadas para su posible refutación. Éste
fue el origen de la versión popperiana del método científico conocido como
hipotético-deductivo, que posteriormente se ha conocido como el método del
"ensayo y error" o, mejor todavía, como el de "conjeturas y
refutaciones".
Una característica esencial de las hipótesis en el
esquema popperiano es que deben ser "falseables", o sea que deben
existir una o más circunstancias lógicamente incompatibles con ellas. Las
hipótesis son informativas sólo cuando excluyen ciertas situaciones
observacionales, actuales o potenciales, pero siempre lógicamente posibles. Si
una hipótesis no es falseable no tiene lugar en la ciencia, en vista de que no
hace afirmaciones definidas acerca de algún sector de la realidad; el mundo
puede ser de cualquier manera y la hipótesis siempre se adaptará a ella. Uno de
los mejores ejemplos de este tipo de hipótesis no falseables (según Popper) es
la teoría psicoanalítica clásica o freudiana, que tiene explicaciones
plausibles para todos los fenómenos, aun aquellos totalmente opuestos entre sí;
Popper cita en este mismo contexto algunas de las teorías marxistas de la
historia.
La falseabilidad es una característica positiva de
las hipótesis que se da en distintos grados cuantitativos, o sea que entre dos
hipótesis la más falseable será la mejor, en otras palabras, mientras mayor sea
el contenido de afirmaciones de una hipótesis mayor será el número de
oportunidades potenciales para demostrar que es falsa. Por ejemplo, la
hipótesis "en esta cuadra, perro que ladra no muerde", es menos
amplia que la hipótesis "en esta ciudad, perro que ladra no muerde";
la segunda hipótesis es preferible a la primera porque se refiere a un universo
mucho más amplio, pero también tiene muchas más oportunidades de resultar
falsa, ya que puede someterse a muchas más pruebas.
Resulta entonces que las hipótesis muy falseables
son también las que se enuncian con mayor peligro de ser rápidamente
eliminadas, pero en caso de resistir las pruebas más rigurosas e implacables,
son también las que tienen mayor generalidad y explican un número mayor de
situaciones objetivas. Es por eso que Popper prefiere las especulaciones
temerarias o audaces, en lugar de lo recomendado por los inductivistas, que
aconsejan avanzar sólo aquellas hipótesis que tengan las máximas probabilidades
de ser ciertas.
Pero hay un argumento más en favor de las hipótesis
audaces, que forma parte importante de la doctrina hipotético-deductiva del
método científico: aprendemos de
nuestros errores, la ciencia progresa por medio de conjeturas y
refutaciones. Cuando un investigador intenta resolver un problema y no lo
logra, lo primero que busca es en dónde está equivocado, en dónde está el
error, si en su hipótesis o en su diseño experimental, o en sus observaciones o
en sus comparaciones y analogías. El rechazo de una hipótesis una vez que no ha
logrado superar las pruebas rigurosas a las que se ha sometido tiene un
carácter más definido de progreso, de avance en el conocimiento, que la
situación opuesta. En efecto, la demostración de la falsedad de una hipótesis
es una deducción lógicamente válida, en vista de que se parte de un enunciado
general y se confronta con uno o más hechos particulares; en cambio, si en esta
confrontación la hipótesis se confirma, se trata de una inducción que va de los
hechos examinados a la hipótesis que los incluye, lo que no tiene justificación
lógica.
En resumen, el esquema de Popper del método
científico es muy sencillo y él mismo lo expresó en su forma más condensada en
el título de su famoso libro, Conjeturas
y refutaciones. La ciencia es simplemente asunto de tener ideas y ponerlas
a prueba, una y otra vez, intentando siempre demostrar que las ideas están
equivocadas, para así aprender de nuestros errores.
De acuerdo con Popper, la ciencia no empieza con
observaciones sino con problemas.
Ambos modelos del método científico (el inductivo-deductivo y el
hipotético-deductivo) requieren la participación de los mismos personajes: el
mundo exterior y el hombre de ciencia que examina una pequeña parte de esa
realidad. Pero el método hipotético-deductivo concibe esta interacción de manera
más compleja que el método inductivo-deductivo, en vista de que el científico
no funciona como una tabula rasa provista
de receptores sensoriales listos para registrar fielmente y sin interferencia
de ninguna clase a la realidad, sino todo lo contrario. El hombre de ciencia
(según Popper y sus seguidores) se asoma a la naturaleza bien provisto de ideas
acerca de lo que espera encontrar, portando un esquema preliminar (pero no por
eso simple) de la realidad. El problema
surge cuando se registran discrepancias entre las expectativas del científico y
lo que encuentra en la realidad; la ciencia empieza en el momento en que la
estructura hipotéticamente anticipada de un segmento de la naturaleza no
corresponde a ella.
Naturalmente, el esquema inicial de la realidad del
investigador es una hipótesis (consciente, o quizá con mayor frecuencia,
inconsciente) derivada de todo lo que aprendió al respecto de sus antecesores +
todo lo aportado por su experiencia personal en ese campo + toda su
imaginación.
VIII. LAS IDEAS
CONTEMPORÁNEAS (II): LAKATOS Y LOS PROGRAMAS DE INVESTIGACIÓN, KUHN Y EL
RELATIVISMO HISTÓRICO, FEYERABEND Y EL ANARQUISMO
S
IGUIENDO con el examen de
algunas de las ideas contemporáneas sobre el método científico, en este
capítulo vamos a revisar el pensamiento de tres filósofos que, junto con
Popper, han dominado el campo de la filosofía de la ciencia hasta muy
recientemente. Como veremos, existe mucha más afinidad entre los conceptos de
Popper y Lakatos, que entre los de este último y los de Kuhn y Feyerabend; esto
es explicable, en vista de que Lakatos fue discípulo de Popper y en cierta
forma erigió su sistema en un intento de responder a algunas de las críticas
dirigidas al falsacionismo. En cambio, a pesar de sus numerosos puntos de
discrepancia, Kuhn y Feyerabend coinciden, entre otras cosas, en su idea
central de la incomensurabilidad de los paradigmas o teorías científicas, que
es uno de sus conceptos fundamentales. La razón para reunir a los tres
filósofos incluidos en este capítulo es que su análisis parece más conveniente
en función de sus diferencias que de sus semejanzas: la compleja estructura de
los programas de investigación postulada por Lakatos, semejante en parte al
rígido racionalismo ahistórico popperiano, contrasta con el irracionalismo, el
relativismo y el interés central en la historia de Kunh. que por su parte tiene
muchos puntos de contacto con la posición anárquica y la ausencia completa de
método proclamadas por Feyerabend.
Imre Lakatos (1922-1974) nació en Hungría, en donde
estudió física y astronomía; sin embargo, durante las purgas estalinistas de
1950 fue detenido y pasó seis años en la cárcel, de la que finalmente escapó a
Inglaterra, en donde vivió el resto de su vida. En la Universidad de Cambridge
obtuvo un segundo doctorado en filosofía de la ciencia; en Londres fue
discípulo de Popper y su sucesor, al retirarse éste de su cátedra de lógica y
método científico en la Escuela de Economía de Londres. Lakatos murió a los 52 años
de edad en Londres.
La diferencia principal entre las posturas
filosóficas de Popper y Lakatos es que mientras el primero representa a la
ciencia como una pelea entre dos contendientes, una teoría y un experimento, y
considera que el único resultado valioso es la falsificación de la teoría, el
segundo sostiene que la ciencia se parece más a un pleito entre tres
contendientes, dos teorías y un experimento, y que el resultado interesante es
con mayor frecuencia la confirmación de una de las teorías y no su
falsificación. Según Lakatos, la historia de la ciencia no se parece mucho al
esquema de Popper y en cambio se asemeja más a su propio modelo (que
enunciaremos en un momento); en efecto, el estudio histórico revela que cuando
falla alguna o algunas de las predicciones derivadas de una teoría, ésta no se
ha eliminado sino que se ha conservado mientras se afinan las observaciones
realizadas y se llevan a cabo otras más. En páginas anteriores señalamos que
tales situaciones se conocen como anomalías y que, lejos de constituir
excepciones, son más bien la regla. De hecho, no conviene eliminar una teoría
en cuanto aparece la primera experiencia que la contradice, en vista de que una
teoría (aun plagada con anomalías) es mejor que no tener ninguna teoría. Con esta
base, Lakatos propone que sólo debe rechazarse una teoría T, cuando se llenen
los siguientes requisitos:
|
1) Otra
teoría T' encierra mayor
contenido empírico que T, o
sea que predice hechos nuevos no anticipados por, o hasta incompatibles con, T.
|
|
2) T' explica todo lo que explicaba T.
|
|
3) Parte
del exceso de contenido de T',
sobre T se confirma.
|
Imre Lakatos (1922-1974).
Es claro que mientras una teoría científica tenga
algo a su favor no conviene eliminarla hasta que se posea una teoría mejor; de
hecho, debe dársele un tiempo para que se modifique de manera de poderse
enfrentar mejor a las anomalías que la afectan. Sobre esta base Lakatos propone
que el punto de comparación no deben ser teorías aisladas sino más bien
conjuntos de teorías, generados por modificaciones sucesivas de sus
predecesores, que de todos modos se conservan. A estos conjuntos de teorías
afines Lakatos los denomina "programas científicos de investigación".
Para un morfólogo, el esquema general de Lakatos es
particularmente atractivo, porque postula una estructura casi tridimensional
para sus "programas científicos de investigación". En efecto, cada
uno de esos programas está formado por tres capas concéntricas de entidades
dialécticas: 1) el núcleo central, que reúne los supuestos
básicos y esenciales del programa, o sea todo aquello que es fundamental para
su existencia; 2) este núcleo
central está celosamente protegido de las peligrosas avanzadas de la
falsificación por un cinturón protector llamado heurístico negativo, un principio metodológico que estipula que
los componentes del núcleo central no deben abandonarse a pesar de las
anomalías, constituido por múltiples elementos variables, como hipótesis
auxiliares, hipótesis observacionales, diferentes condiciones experimentales,
etc.; 3) la capa más externa
del programa científico de investigación se conoce como heurístico positivo y está representada por directivas generales
para explicar fenómenos ya conocidos o para predecir nuevos fenómenos.
Naturalmente, existe una jerarquía de acceso a los
tres niveles estructurales de los Programas lakatosianos de investigación. La
confrontación inicial de la teoría científica (cualquiera que ésta sea) con
nuevos datos experimentales ocurre primero con la periferia conceptual del sistema
y sólo tiene tres opciones: 1)
está de acuerdo con los principales hechos de observasión conocidos y
anticipados, en cuyo caso se refuerza el núcleo central del programa; 2) registra diferencias no
explicables con el sistema, pero solamente al nivel del cinturón protector o
heurístico positivo, que es fácilmente modificable para incorporar los nuevos
datos sin que el núcleo central se afecte; 3) presenta información que afecta gravemente la vigencia
central del sistema, al grado de amenazar (y algunas veces hasta lograr)
cambiarlo por otro núcleo diferente.
Lakatos propone que sólo existen dos clases de
programas científicos de investigación, los progresistas y los degenerados. La
manera de distinguir entre estas dos clases es, en sus propias palabras, la
siguiente:
|
Se dice que un programa de investigación es
progresista siempre que su crecimiento teórico anticipe su crecimiento
empírico, o sea, mientras continúe prediciendo hechos nuevos con cierto éxito
("cambio progresivo del problema"); se considera que el programa
está estancado cuando su crecimiento teórico está rezagado en relación con su
crecimiento empírico, o sea, mientras sólo ofrezca explicaciones post hoc, sea de descubrimientos
accidentales o de hechos predichos por otro programa rival ("cambio
degenerativo del programa"). Cuando un programa de investigación explica
progresivamente más que otro rival, lo supera, y entonces el rival puede
eliminarse (o, si se prefiere, almacenarse).
|
Los críticos de Lakatos lo han atacado a muy
distintos niveles: por ejemplo, no hay nada en el modelo de los programas de
investigación científica que permita identificar a los componentes del núcleo
central dentro de la maraña de teorías que se manejan en un momento dado sobre
un tema específico; tampoco es posible sostener que el núcleo central permanece
inalterado, aun cuando el programa se encuentre en una etapa progresiva, pues
en cualquier época uno o más investigadores pueden estar cuestionando alguna o
algunas de sus partes fundamentales. Todavía más problemático resulta el
cinturón heurístico positivo, no sólo por lo impreciso de su contenido sino por
lo improbable de contar con una predicción razonable de las dificultades o
anomalías que pueden surgir en el futuro para las teorías del núcleo central.
Lakatos señala:
|
[...] El heurístico positivo define problemas,
delimita la construcción de un cinturón de hipótesis auxiliares, previene
anomalías y las transforma con éxito en ejemplos, todo esto bajo un plan
preconcebido.
|
Sin embargo, es muy poco creíble que una de las
características de las buenas teorías es que se presenten acompañadas por este
tipo de sistema de alarma anticipada. Lo natural es que la respuesta a las
anomalías, sea empírica o conceptual, surja después que ellas y no antes; de
otro modo se estarían invirtiendo recursos intelectuales de la manera más
colosalmente ineficiente, al intentar formular por adelantado la forma de
responder a todas las anomalías teóricamente posibles.
Lakatos propone usar su esquema de programas de
investigación científica para distinguir a la ciencia de otras actividades que
pretenden serlo y no lo son, para distinguir entre programas progresivos y
degenerados, y para explicar el crecimiento de la ciencia. En relación con el
primer punto, tanto Popper como Lakatos consideran de vital importancia la
demarcación entre lo que es ciencia y lo que no es, o sea la seudociencia. Como
ya hemos mencionado, Popper usa como ejemplos de seudociencia al psicoanálisis
y a la teoría marxista de la historia, mientras que Lakatos afirma:
|
El problema de la demarcación entre ciencia y
seudociencia tiene graves implicaciones también para la institucionalización
de la crítica. La teoría de Copérnico fue prohibida por la Iglesia católica
en 1616 porque la consideró como seudocientífica. Se eliminó del índice en
1820 porque en esa época la Iglesia consideró que los hechos la habían
demostrado y por lo tanto era científica. El Comité Central del Partido
Comunista Soviético declaró en 1949 que la genética mendeliana era
seudocientífica y basado en ello asesinó en campos de concentración a sus
partidarios, como el académico Vavilov; después de la muerte de Vavilov, la
genética mendeliana fue rehabilitada, aunque el derecho del Partido para
decidir qué es científico y publicable y qué es seudocientífico y castigable
se sostuvo. En Occidente, el nuevo establishment
liberal se reserva el derecho de negarle libre expresión a lo que
considera seudociencia, como lo hemos visto en el caso del debate sobre raza
e inteligencia. Todos estos juicios se basaron, inevitablemente, en algún
tipo de criterio de demarcación. Esto es porque el problema de la demarcación
entre ciencia y seudociencia no es un seudoproblema de los filósofos de
sillón, sino que tiene graves implicaciones éticas y políticas.
|
Ésta es una postura valiente, expresada por alguien
que tuvo una experiencia personal dolorosa al respecto; quizá por eso conviene
verla un poco más de cerca. ¿De veras creemos que la teoría de Copérnico fue
condenada porque era seudocientífica, o más bien porque amenazaba a la
autoridad de la Iglesia? Una vez identificada como amenaza a la verdad de las
Sagradas Escrituras (a las que contradecía) se le colocó el marbete de
"seudocientífica" para justificar la condena. Lo mismo ocurrió con la
genética mendeliana, que en un momento dado representó una amenaza para la
carrera política de un grupo en la URSS y por lo tanto fue bautizada como
"seudocientífica"; naturalmente, también se le denominó
"desviacionista", "burguesa" y "capitalista".
Respecto al debate sobre raza e inteligencia, los ecos que nos llegaron a
México de esa controversia en el vecino país del Norte sugieren lo opuesto a
una negativa a la libre expresión, ya que se trató de un escándalo mayúsculo
sobre un problema científico relativamente simple pero con implicaciones
políticas y sociales de alcance incalculable en un país crónicamente agobiado
por la discriminación racial.
Los programas de investigación científica de
Lakatos también deben servirnos, según su autor, para decidir sobre la aceptación
de unas teorías sobre otras; las consecuencias de tal decisión no son
inocentes, pues los programas de investigación científica degenerados no deben
recibir apoyo económico de fundaciones o agencias, los artículos surgidos de
ellos deben ser rechazados por las revistas especializadas, etc., en vista de
que se trata de programas superados. Esto se justificaría si Lakatos hubiera
ofrecido criterios adecuados para distinguir los programas progresivos de los
degenerados. Pero según sus propias postulaciones esto no es posible porque
hasta algunos programas que finalmente resultan altamente progresivos pueden
pasar por épocas degenerativas de duración variable; Lakatos comenta que es
racional trabajar en un programa degenerado con la esperanza de que su fortuna
cambie.
En relación directa con el método científico,
Lakatos escribe:
|
Existen varias metodologías flotando en la
filosofía de la ciencia contemporánea, todas ellas muy diferentes de lo que
se entendía por "metodología" en el siglo XVII y hasta en el XVIII.
Entonces se esperaba que la metodología les proporcionara a los científicos
un libro de recetas mecánicas para resolver problemas. Hoy ya se ha
abandonado tal esperanza: las metodologías modernas o "lógicas del
descubrimiento" consisten simplemente en un grupo de reglas
(posiblemente no muy coherentes y mucho menos mecánicas) para la apreciación
de teorías ya establecidas y articuladas... Estas reglas tienen una doble
función: en primer lugar, sirven como un código de honestidad científica, cuya violación es
intolerable; en segundo lugar, representar) la esencia de programas de
investigación historiográfica normativa.
|
En otras palabras, la búsqueda de una metodología
científica satisfactoria no es para contestar a la pregunta ¿cómo se hace la
ciencia?, sino para establecer cómo debería hacerse y para investigar
históricamente si así se ha hecho, cuándo y por quién. En mi opinión, no existe
razón alguna en contra de que se estudie, tan extensa y profundamente como sea
posible, la manera como se han hecho en el pasado todas las ciencias; al mismo
tiempo, aplaudo la sugestión de Lakatos de que sería muy útil establecer cómo
debería trabajarse en las diferentes ciencias. Pero su esquema de los programas
de investigación científica no parece estar diseñado para comprender a la
ciencia de hoy, la que hacemos los que nos dedicamos a ella. Lakatos analiza la
historia y pretende obtener de ella lecciones para el futuro; de lo que ocurre
en nuestros días con la investigación científica, no tiene nada que decirnos.
Antes de abandonar a Lakatos, veamos por un momento
cómo difiere su esquema de los programas de investigación, del método
hipotético-deductivo de Popper, del que se deriva y al que pretende superar.
Para ambos métodos el objetivo de la ciencia no es alcanzar la verdad sino
aumentar la verosimilitud. Para Popper la unidad funcional es la teoría,
mientras que para Lakatos es un conjunto de teorías organizado en un núcleo
central y rodeado por los cinturones heurísticos positivo y negativo (o sea un
programa de investigación científica). Para Popper, los experimentos cruciales
son importantes porque falsifican a las teorías, mientras que para Lakatos son
irrelevantes en vista de que siempre se puede modificar el cinturón heurístico
negativo sin afectar a la teoría. Tanto Popper como Lakatos están de acuerdo en
que las distintas teorías deben compararse por su aumento en contenido y su
corroboración, y ambos enfrentan el mismo problema de cómo medirlo. Finalmente,
los dos filósofos se interesan en la metodología científica pero mientras
Popper pretende decirnos cómo se hace o debería hacerse hoy la ciencia, Lakatos
escudriña el pasado para sugerir cómo deberá hacerse la ciencia en el futuro.
|
Yo era
un estudiante graduado de física teórica ya enfilado a la terminación de mi
tesis. Una participación afortunada en un curso experimental de física para
no científicos en un colegio me expuso por primera vez a la historia de la
ciencia. Para mi completa sorpresa, tal exposición a teorías y prácticas
científicas anticuadas socavó radicalmente algunas de mis ideas básicas sobre
la naturaleza de la ciencia y las razones de su éxito especial... El
resultado fue un cambio radical en los planes de mi carrera, de la física a
la historia de la ciencia y de ahí, gradualmente, de problemas históricos
relativamente bien definidos regresé a los intereses más filosóficos que
inicialmente me condujeron a la historia...
|
Aunque educado como físico, Kuhn pronto se desvió
hacia el estudio de la historia. En el prefacio de su famoso libro La estructura de las revoluciones
científicas, publicado en 1962, Kuhn señala algunos aspectos de esa
transición:
Kuhn ha sido profesor en las universidades de
Harvard, California (Berkeley) y Chicago; actualmente es profesor de historia
de la ciencia en la Universidad de Princeton. Su enorme y muy merecido
prestigio se debe a su mencionado libro, en donde su contribución fundamental a
la filosofía de la ciencia es la introducción de la historia como un elemento
indispensable para su comprensión integral. Desde luego Kuhn no fue el primero
en utilizar la historia de esa manera; ya hemos señalado que Whewell y Comte
tenían esa misma posición, y que muchos otros filósofos de la ciencia,
incluyendo al mismo Popper, usan en forma reiterada ejemplos históricos en sus
discusiones, aunque la mayoría de ellos sólo de manera anecdótica.
Thomas S. Khun (1926-).
En cambio, para Kuhn la historia representa el
color del cristal con el que debe mirarse toda la filosofía de la ciencia. Pero
lo que Kuhn ha visto a través de este cristal ha resultado tener dos
características inesperadas, que le han dado a sus ideas la gran prominencia
que tuvieron cuando se publicaron y que han conservado a lo largo de más de 25
años; me refiero al relativismo y a la irracionalidad. La aclaración del
significado de estos dos términos revela la relación de las ideas de Kuhn con
nuestro interés, que sigue siendo (no lo olvidemos) el método científico.
La historia de la ciencia muestra, de acuerdo con
Kuhn, que a lo largo de su evolución las distintas disciplinas han pasado por
uno o más ciclos bifásicos, que él mismo llama "ciencia normal" y
"revolución" (ocasionalmente se identifica una tercera fase inicial,
llamada "preciencia", que desaparece a partir del segundo ciclo). En
forma paralela a este concepto cíclico de la evolución de las ciencias, Kuhn
introdujo también la famosa idea del "paradigma", que representó la
teoría general o conjunto de ideas aprobadas y sostenidas por una generación o
un grupo coherente de científicos contemporáneos. Por desgracia, en su famosa y
ya mencionada obra, Kuhn usó el término "paradigma" con otras
acepciones distintas (21, según una cuenta muy conocida) lo que contribuyó a
hacerlo un poco confuso. En publicaciones posteriores, Kuhn sustituyó el término
"paradigma" por otros dos, "matriz disciplinaria" y
"ejemplar", con objeto de ganar precisión, pero como para nuestros
fines tal precisión no es necesaria, seguiré usando el término paradigma.
De acuerdo con el esquema de Kuhn, los ciclos a que
están sometidas las ciencias a través de la historia se inician por una etapa
más o menos prolongada de "preciencia" o periodo
"pre-paradigmático", durante el cual se colectan observaciones casi
al azar, sin plan definido y sin referencia a un esquema general; en este
periodo puede haber varias escuelas de pensamiento compitiendo pero sin que
alguna de ellas prevalezca sobre las demás. Sin embargo, poco a poco un sistema
teórico adquiere aceptación general, con lo que surge el primer paradigma de la
disciplina; los ejemplos de Kuhn para ilustrar el sentido de paradigma son la
astronomía ptolemaica, la "nueva" química de Lavoisier, la óptica
corpuscular de Newton, o la dinámica aristotélica. De acuerdo con Kuhn, un
paradigma está formado por la amalgama de una teoría y un método, que juntos
constituyen casi una forma especial de ver al mundo, sin embargo, el estado
ontológico del paradigma kuhniano no es claro, se trata de una entidad curiosa,
algo camaleónica y hasta acomodaticia, de la que a veces se oye hablar como si
fuera algo real y con existencia independiente.
Una vez establecido el paradigma, la etapa de
"preciencia" es sustituida por un periodo de "ciencia
normal", caracterizado porque la investigación se desarrolla de acuerdo
con los dictados del paradigma prevalente, o sea que se siguen los modelos que
ya han demostrado tener éxito dentro de las teorías aceptadas. Durante el
periodo de "ciencia normal" los investigadores no se dedican a
avanzar el conocimiento sino a resolver problemas o "acertijos"
dentro de la estructura del paradigma correspondiente; en otras palabras, lo
que se pone a prueba no es la teoría o hipótesis general, como quiere Popper,
sino la habilidad del hombre de ciencia para desempeñar su oficio, en vista de
que si sus resultados no son compatibles con el paradigma dominante, lo que
está mal no es la teoría sino los resultados del trabajo del investigador.
Durante el periodo de "ciencia normal"
los resultados incompatibles con el paradigma prevalente se acumulan
progresivamente en forma de anomalías, en lugar de usarse como argumentos para
forzar el cambio de la teoría por otra u otras que las expliquen. Sólo cuando
se alcanza un nivel intolerable de anomalías es que el paradigma se abandona y
se adopta uno nuevo que satisfaga no sólo los hechos explicados por el
paradigma anterior sino también todas las anomalías acumuladas. A la ciencia
que se realiza durante el periodo en que ocurre este cambio, de un paradigma
por otro, Kuhn la llama "ciencia revolucionaria". Pero es
precisamente en su análisis de este cambio donde Kuhn introdujo una de sus
ideas más revolucionarias, ya que propuso que el rechazo de un paradigma
rebasado por las anomalías acumuladas y la adopción de un nuevo paradigma
históricamente no ha sido un proceso racional, entre otras razones porque los
distintos paradigmas son inconmensurables, lo que no significa que sean
incompatibles, sino simplemente que no son comparables entre sí. Kuhn comparó
al cambio de paradigmas que caracteriza al periodo de "ciencia
revolucionaria" con un "cambio de Gestalt", y hasta con una conversión religiosa. La
inconmensurabilidad del paradigma antiguo con el nuevo determina que sus
respectivos partidarios hablen distintos idiomas, o sea que los mismos términos
tengan diferentes significados, lo que dificulta o imposibilita la comunicación
entre ellos. Frecuentemente, otra diferencia significativa entre los
científicos que patrocinan los dos paradigmas en conflicto, el saliente y el
entrante, es la edad promedio de cada grupo: muchos de los partidarios del
paradigma que se abandona son individuos mayores, mientras que la mayoría de
los devotos del nuevo paradigma son jóvenes. Esta diferencia generacional no
sólo se suma al bloqueo en la comunicación, sino que también contribuye a la
irracionalidad del cambio, que culmina cuando fallecen los últimos miembros del
grupo de científicos partidarios del paradigma saliente, con lo que se legaliza
la hegemonía del paradigma entrante y se inicia un nuevo periodo de
"ciencia normal".
Estas ideas de Kuhn se oponen de manera más o menos
frontal al esquema hipotético-deductivo de la ciencia de Popper al mismo tiempo
que postulan otro, que podría llamarse histórico-cíclico (Popper lo llama, con
toda justicia, relativismo histórico). Obviamente, Kuhn no está hablando de la
lógica del descubrimiento científico sino más bien de la psico-sociología de la
ciencia. Pero Kuhn y Popper coinciden en pasar por alto los mecanismos de
generación de las hipótesis aunque el primero las atribuye a la intuición
estimulada por la acumulación progresiva de anomalías y el segundo nada más a
la intuición (pero basada en un componente genético, que se menciona en el
último capítulo). En cambio, mientras Popper postula que el cambio de una
teoría científica por otra proviene de la falsificación de la primera y el
mayor poder explicativo de la segunda, o sea que se trata de un proceso lógico
y racional, Kuhn insiste en que la historia muestra que el rechazo de una
teoría científica y su sustitución por otra ha obedecido mucho más a fuerzas
irracionales e ilógicas, más relacionadas con factores sociológicos que con
principios racionales.
El concepto del crecimiento de la ciencia según
Kuhn es muy distinto del postulado clásicamente, como puede sospecharse al
contemplar el resultado de sus ciclos de ciencia normal acumulación de
anomalías revolución con cambio de paradigmas ciencia normal etc., en
vista de que la inconmensurabilidad de los paradigmas entrante y saliente
impiden que se aproveche toda la información acumulada durante el periodo de
ciencia normal anterior a la revolución, que termina por cambiar un paradigma
por otro. Kuhn tiene plena conciencia de esto, por lo que el último capítulo de
La estructura se titula
"El progreso por medio de revoluciones" y en él se pregunta:
|
¿Por qué es que la empresa detallada antes [la
ciencia] avanza continuamente, como no lo hacen, digamos, el arte, la teoría
política, o la filosofía? ¿Por qué es el progreso una propiedad reservada
casi exclusivamente para las actividades que llamamos ciencia? Las respuestas
más comunes a estas preguntas han sido refutadas en este ensayo, de modo que
conviene concluirlo preguntándonos si podemos encontrar otras que las
sustituyen.
|
Todo aquel que haya leído a Kuhn sabe que un solo
repaso de sus textos es generalmente insuficiente para capturar todas sus ideas
y comprender todos sus alcances además de lecturas repetidas, Kuhn exige
meditación seria sobre lo que dice, con la consecuencia que el lector que
medita no siempre llega a la misma conclusión que el autor sobre un mismo párrafo.
Por lo menos, eso es lo que todavía me pasa a mí con Kuhn (¡y con muchos otros
autores!) pero acepto que seguramente se trata de un problema personal. Kuhn
propone que en los periodos de ciencia normal, el progreso científico:
|
...No es diferente en calidad del progreso en
otros campos, pero la ausencia habitual de grupos competitivos que cuestionen
mutuamente sus respectivos fines y estándares facilita la percepción del
progreso de una comunidad científica normal.
|
Después de examinar el papel de la educación
científica en las culturas occidentales, destacando que en las humanidades la
consulta de los textos originales es mucho más frecuente que en las ciencias,
Kuhn se pregunta:
|
¿Por qué es el progreso una concomitante
universal de las revoluciones científicas? Una vez más tenemos mucho que
ganar si preguntamos qué otra cosa podría provenir de una revolución. Las
revoluciones terminan con la victoria total de uno de los dos campos
opuestos, ¿podrá tal grupo decir alguna vez que su triunfo no representa un
progreso? Si lo hubiera sería como aceptar que ellos estaban equivocados y
que sus oponentes tenían la razón. Por lo menos, para ellos el resultado de
la revolución debe ser el progreso, y se encuentran en una posición excelente
para asegurarse de que los miembros futuros de su comunidad acepten la
historia anterior a ellos de la misma manera.
|
A continuación Kuhn examina el papel fundamental
que desempeña la comunidad científica como árbitro de lo que es la ciencia y de
su calidad, que es lo que caracteriza a las civilizaciones derivadas de la
Grecia helénica; de hecho, Kuhn identifica a la Europa de los últimos cuatro
siglos como el origen de la mayor parte del conocimiento científico que
poseemos actualmente, gracias a su tolerancia y apoyo a grupos de sujetos
interesados en resolver problemas específicos del comportamiento de la
naturaleza, ofreciéndoles soluciones aceptables a la mayor parte de los
miembros de los distintos grupos y sin interés primario en reclutar opiniones
favorables de las autoridades oficiales de su tiempo (rey, papa, dictador,
sultán, primer ministro, sátrapa o presidente), o del pueblo en general. La
pequeña cofradía de científicos establece sus propias reglas del juego, al
margen de intereses ideológicos o políticos, y se da el imperial y legítimo
lujo de regirse exclusivamente por ellos. Este episodio solamente ha ocurrido
una vez en toda la historia universal, y ni siquiera como una corriente
ininterrumpida de desarrollo sino más bien como una serie de episodios más o
menos breves, a veces infelices y otras veces afortunados, con largos
intervalos sujetos a la hegemonía de la sinrazón.
En La
estructura, Kuhn incluye un párrafo en donde señala con claridad el
mecanismo de crecimiento de la ciencia en los periodos de "ciencia
revolucionaria"; hablando del cambio de un paradigma por otro, Kuhn dice
que el nuevo paradigma:
|
[...] No será aceptado por los científicos a
menos que se convenzan de que se cumplen dos importantes condiciones. En
primer lugar, el nuevo paradigma debe parecer resolver algún problema
importante y generalmente reconocido, que no se ha podido resolver de ninguna
otra manera. En segundo lugar, el nuevo paradigma debe garantizar la
conservación de una parte relativamente grande de la capacidad para resolver
problemas concretos que la ciencia ha alcanzado a través de sus predecesores.
La novedad por sí misma no es un desideratum
de las ciencias, pero sí lo es en muchos otros campos creativos. De esto
resulta que, aunque los nuevos paradigmas rara vez o nunca poseen todas las
capacidades de sus predecesores, generalmente conservan una gran parte de los
aspectos más concretos de los triunfos previos y además siempre permiten
soluciones adicionales a otros problemas concretos.
|
Para concluir, podemos señalar que a pesar de la
inconmensurabilidad de los paradigmas en competencia, y de que el cambio de uno
por otro durante las revoluciones científicas se parece más (según Kuhn) a una
conversión religiosa que a una acción racional, el nuevo paradigma está
obligado a garantizar la preservación de mucho de lo aprendido en los periodos
previos de ciencia normal, lo que permite el crecimiento de la ciencia.
Paul Feyerabend (1924) es una de las figuras más
atractivas y más peligrosas de la filosofía de la ciencia contemporánea. Sus
dos libros principales, Contra el
método (Against method) y La
ciencia en un mundo libre (Science in a Free World) son ya obras
clásicas; sus numerosos y extensos artículos (recientemente editados en dos
volúmenes por la Cambridge University Press) son lectura obligada para todo el
que quiere estar bien informado sobre lo que ocurre hoy en el campo, y su
estilo literario es claro, ingenioso y seductoramente agresivo, sobre todo
cuando responde a sus críticos. De acuerdo con sus notas autobiográficas
(incluidas en La ciencia)
Feyerabend nunca estudió formalmente filosofía de la ciencia; sus intereses
como estudiante fueron, en orden cronológico y de importancia, el teatro, la
física y la astronomía. Educado en Alemania en los terribles primeros años de
la posguerra, entre 1945 y 1950, fue testigo de la brutal reacción post-nazi
(cuyos excesos no eran muy diferentes a los cometidos por los propios nazis) y
conservó un profundo interés en el análisis de los factores que de una u otra
manera pueden contribuir a limitar la libertad del individuo y la sociedad.
Después de la guerra Feyerabend disfrutó de una beca del Estado alemán para
estudiar en el Instituto para la Renovación Metodológica del Teatro Alemán, en
Weimar, las clases consistían en ver obras teatrales y discutirlas. Al año
siguiente Feyerabend fue a Viena a estudiar historia, pero al mismo tiempo se
interesó en la física y la astronomía, así como en la filosofía; fue miembro
fundador del Círculo de Kraft, un club-filosófico formado alrededor de Viktor
Kraft, quien había sido miembro del Círculo de Viena. En esta ciudad también
conoció al físico Felix Ehrenhaft, quien lo impresionó por su capacidad para
adoptar posturas iconoclastas y antiortodoxas, lo que años más tarde se
convertiría en la especialidad de Feyerabend. El primer encuentro con Popper
tuvo lugar en 1948, en Alpbach, en la época de mayor lustre del falsacionismo;
Feyerabend se impresionó mucho con Popper pero muy poco con sus teorías. En
1950 Feyerabend trabajó una temporada con Popper en Londres y se asoció con
Lakatos, con el que sostuvo un debate continuo y planearon escribir un libro
juntos sobre "racionalismo"; desafortunadamente, la muerte prematura
de Lakatos suspendió el debate e impidió que el libro planeado se terminara; lo
que al final se publicó fue la parte "antirracionalista" de
Feyerabend, que es Contra el método.
Además, en ese tiempo Feyerabend fue nombrado conferencista de filosofía de la
ciencia en la Universidad de Bristol, lo que aprovechó para ampliar sus estudios
de mecánica cuántica. Feyerabend es hoy profesor de filosofía de la ciencia en
la Universidad de California (Berkeley) y al mismo tiempo en la Escuela de
Altos Estudios de la Universidad de Viena.
Paul Feyerabend (1924-).
A diferencia de otros filósofos contemporáneos de
la ciencia, Feyerabend no tiene mucho que decir, o sea que sus intereses son
relativamente estrechos, pero dentro de ellos lo que dice resuena con el doble
impacto de la razón y de la elocuencia. A mí me ocurre que siempre que lo releo
me vuelve a convencer de todo lo que dice, hasta que una vez más me doy cuenta
de que usa magistralmente toda clase de argumentos lógicos y racionales para
convencerme de que la ciencia es irracional, y que además no sólo está muy bien
que así haya sido en el pasado y que así sea hoy, sino que así es como debe ser. En relación
con el método científico, Feyerabend se declara anarquista: históricamente no
hay nada que pueda identificarse como un método científico, el examen más
crítico y riguroso de la ciencia contemporánea tampoco lo identifica, y el
balance analítico de sus consecuencias futuras (si se promoviera) sería
terriblemente negativo para la ciencia misma, para la libertad del individuo y
para la estructura de la sociedad.
La lectura superficial de los escritos de
Feyerabend generalmente produce mucha diversión pero cierto desencanto respecto
a su contenido conceptual; sin embargo, cuando se superan su estridentismo y sus
pirotecnias lingüísticas persiste un residuo valioso y muy digno de tomarse en
cuenta. Feyerabend postula y defiende el libre acceso del individuo a todas las
opciones posibles (tradicionales o contemporáneas, absurdas o racionales,
emotivas o intelectuales) para alcanzar el conocimiento. Su postura lo lleva a
ciertos excesos, como exigir igual atención y respeto para la ciencia, la
astrología, la medicina tradicional o el vudú. En común con muchos otros
autores contemporáneos, Feyerabend identifica a la ciencia de nuestro siglo
como el equivalente de la religión durante el medievo. Pero a diferencia de los
mismos autores, Feyerabend no concibe a la ciencia como una superación de las
estructuras dogmáticas de esos tiempos sino simplemente como una opción alternativa,
igualmente irracional y autoritaria, que finalmente triunfó no por su mayor
coherencia lógica sino por su mejor rendimiento tecnológico.
|
El
siguiente ensayo está escrito con la convicción de que el anarquismo, aunque
quizá no sea la filosofía política más atractiva ciertamente es una medicina
excelente para la epistemología y para la filosofía de la ciencia
|
Feyerabend inicia su libro Contra el método con el siguiente párrafo:
|
Queda claro, entonces, que la idea de un método
fijo, o de una teoría fija de la racionalidad, descansa en una imagen
demasiado simple del hombre y sus circunstancias sociales. Para aquellos que
contemplan el rico material proporcionado por la historia y que no intentan
empobrecerlo para satisfacer sus instintos más bajos o sus deseos de
seguridad intelectual en forma de claridad, precisión,
"objetividad" o "verdad", estará claro que sólo hay un
principio que puede defenderse en todas las circunstancias y en todas las
etapas del desarrollo humano. Este principio es: todo se vale.
|
A continuación, Feyerabend procede a señalar que el
principio enunciado aconseja ir en contra de las reglas; por ejemplo, ante los
empiristas que creen en la inducción (los científicos que consideran que son
los hechos experimentales los que deciden si sus teorías son correctas o
incorrectas) debe procederse en forma contraintuitiva, o sea que deben
construirse hipótesis que contradigan de manera flagrante y abierta las teorías
más aceptadas y confirmadas, o que se opongan a los hechos más contundentes.
Sólo así se logrará mantener la frescura y el avance de la ciencia. Consciente
de que sus críticos reaccionarían señalando que esto simplemente es la
proposición de otra metodología más (que en México llamaríamos la de
"contreras"), Feyerabend señala:
|
Mi intención no es reemplazar un juego de reglas
generales por otro; más bien mi intención es convencer al lector de que todas
las metodologías, incluyendo a las más obvias, tienen sus límites. La mejor
manera de mostrar esto es demostrar no sólo los límites sino hasta la
irracionalidad de algunas reglas que él o ella (los empiristas) posiblemente
consideran como básicas... Recuérdese siempre que las demostraciones y la
retórica utilizadas no expresan alguna "convicción profunda" mía.
Simplemente muestran lo fácil que es convencer a la gente de manera racional.
Un anarquista es como un agente secreto que le hace el juego a la razón para
debilitar su autoridad (y la de la verdad, la honestidad, la justicia, y así
sucesivamente).
|
Siguen siete capítulos repletos de observaciones
penetrantes, agudas, extensamente documentadas y sistemáticamente iconoclastas,
prueba definitiva de que Feyerabend no sólo es un anarquista sincero sino que además
es un dialéctico formidable y un polemista temible. En varios apéndices y
capítulos ulteriores repasa los trabajos de Galileo en relación con el esquema
de Copérnico y sugiere que Galileo triunfa no por sus argumentos científicos
sino por su estilo literario, por sus artes de persuasión, porque escribe en
italiano en vez de hacerlo en latín, y porque se dirige a un público opuesto
temperamentalmete a las ideas antiguas y a los patrones del conocimiento
asociados a ellas. Después de otros capítulos más, en donde propone abolir la
distinción entre los contextos de descubrimiento y de justificación, entre los
términos teóricos y los observacionales, entre la ciencia y la mitología, y en
donde además critica duramente los esquemas de Popper y de Lakatos, termina con
una última y sonora andanada que él mismo resume como sigue:
|
Por lo tanto, la ciencia está más cerca de la
mitología de lo que la filosofía de la ciencia estaría dispuesta a admitir.
Es solamente una de las muchas formas de pensamiento desarrolladas por el
hombre, y ni siquiera necesariamente la mejor. Es conspicua, ruidosa e
impúdica, y además sólo es intrínsecamente superior para aquellos que se han
decidido previamente a favor de cierta ideología, o que la han aceptado sin
antes examinar sus ventajas y sus límites. Y como la aceptación o el rechazo
de ideologías debe ser un asunto individual, la separación del Estado y la
Iglesia debe suplementarse con la separación del Estado y la ciencia, que es
la institución religiosa más reciente, más agresiva y más dogmática. Tal
separación podría ser nuestra única oportunidad de alcanzar la humanización
de que somos capaces pero que nunca hemos realizado en su totalidad.
|
Tres años más tarde (1978) Feyerabend publicó su
libro La ciencia en una sociedad libre,
que consta de tres partes: la primera son comentarios sobre algunos aspectos de
Contra el método que se le
habían quedado en el tintero, la segunda es la extensión lógica de sus ideas
sobre el anarquismo científico y el "todo se vale" metodológico, que
termina con sus fascinantes notas autobiográficas, y la tercera es una
colección de respuestas a algunas revisiones críticas de su libro Contra el método. De esta última
parte sólo diré dos cosas: la primera, se llama Conversaciones con iletrados, y la segunda, es un despliegue
espléndido pero despiadado del extraordinario talento dialéctico de Feyerabend.
Pero ya hemos dicho demasiado acerca de las ideas y
el estilo de Feyerabend y es tiempo que revisemos algunas de las críticas que
se les han hecho a las primeras. Sin embargo, voy a citarlo textualmente por
última vez, tomando una parte del párrafo con el que concluye sus reflexiones
autobiográficas. Dice así:
|
Quedan dos opciones. Podría empezar a participar
en alguna tradición e intentar reformarla desde dentro. Creo que esto sería
importante. Los tiempos en que los Grandes Cerebros se asociaban con los
Grandes Poderes de la sociedad para dirigir las vidas del resto, aun de la
manera más gentil, se han ido extinguiendo (excepto en Alemania). Cada vez más
civilizaciones suben al estrado de la política mundial, cada vez se recuperan
más tradiciones de los pueblos que forman el hemisferio occidental. El
individuo puede participar en esas tradiciones (si lo aceptan) o callarse la
boca, lo que no puede hacer es dirigirse a ellas como si fueran estudiantes
en un salón de clases. Yo he sido un miembro algo errático de una tradición
seudocientífica desde hace demasiado tiempo, de modo que podría tratar de
estimular desde dentro las tendencias con las que simpatizo. Esto estaría de
acuerdo con mi inclinación a usar la historia de las ideas para explicar
fenómenos que me intrigan y para experimentar con formas de expresión
distintas de la prosa escolástica para presentar o exponer ideas. Pero no
tengo mucho entusiasmo por tal trabajo, especialmente porque pienso que
campos como la filosofía de la ciencia, o la física de las partículas
elementales, o la filosofía ordinaria del lenguaje, o el kantismo, no
deberían reformarse sino que debería permitirse que murieran su muerte
natural (son demasiado caros y el dinero que se gasta en ellos se necesita
con mayor urgencia en otras partes). Otra posibilidad es iniciar una carrera
como artista (entertainer).
Esto me atrae mucho. Traer una leve sonrisa a las caras de los que han sido
heridos, deprimidos o desilusionados, a los que han sido paralizados por
alguna "verdad" o por el miedo a la muerte, me parece un logro
infinitamente más importante que el descubrimiento intelectual más sublime:
en mi escala de valores Nestroy, George S. Kaufman y Aristófanes están muy
por encima de Kant, Einstein y sus anémicos imitadores. Éstas son las
posibilidades: ¿qué haré? Sólo el tiempo lo dirá...
|
Este hermoso y sentido párrafo se publicó hace diez
años. Hasta donde yo sé, Feyerabend sigue siendo el mismo profesor original,
brillante e iconoclasta, de filosofía de la ciencia en California y en Viena,
por lo que todos debemos felicitarnos. Su función es tan importante hoy como
fue la de Sócrates en la Atenas de Pericles. Ojalá que la continúe desempeñando
por muchos años; el mundo lo necesita ahora más que nunca. En relación con el
método científico, la posición de Feyerabend es que históricamente no ha
existido y que es gracias a la anarquía que la ciencia ha progresado. Los
científicos han hecho de todo, de éste y del otro lado de la ética profesional,
para avanzar y hacer triunfar sus teorías favoritas. Cuando se ha tratado de
escoger entre dos o más teorías sobre los mismos fenómenos, la decisión nunca
ha sido racional y objetiva porque las teorías distintas son inconmensurables.
Dentro de esta anarquía, tanto el cambio como el crecimiento de la ciencia se
explican por factores externos, como ideologías, preferencias subjetivas,
estilo literario, propaganda, mercadotecnia, etc. El único principio objetivo
(o sea, no basado en factores externos) que admite Feyerabend es que una teoría
científica puede eliminarse por deficiente cuando se demuestra que contiene una
incongruencia interna. Este principio no es ni irracional ni anarquista sino que
está basado en la lógica y es el talón de Aquiles del anarquismo filosófico de
Feyerabend. La razón es bien sencilla: los mismos argumentos que esgrime
Feyerabend para considerar a la ciencia como una ideología pueden usarse para
calificar a la filosofía como otra ideología. Por lo tanto, una teoría
filosófica será deficiente y deberá abandonarse cuando se descubra que encierra
una incongruencia interna.
Debe mencionarse que Feyerabend discute este mismo
punto con su dialéctica corrosiva, preguntándose en forma retórica: "¿qué
hay de malo con las incongruencias?", y procediendo a rechazar el
argumento de que la consecuencia de aceptar incongruencias sea el caos
irracional, argumentando que en la ciencia algunas teorías incongruentes han
contribuido al progreso. Sin embargo, este hecho no basta para abandonar el
principio lógico de la no contradicción, ya que las teorías incongruentes que
han contribuido al progreso de la ciencia lo han hecho gracias a que nuevos
hechos las transformaron en congruentes. En ninguno de sus escritos extiende
Feyerabend su irracionalismo, postulado como un elemento constante para la
ciencia, a la propia naturaleza; su pleito no es con la realidad externa, ni
con los que pretendemos estudiarla y conocerla, los seres humanos que ejercemos
la profesión de científicos, sino con los instrumentos lógicos que pretendemos
usar para cumplir con nuestros objetivos.
Finalmente, Feyerabend aprueba el concepto de la
inconmensurabilidad de los paradigmas científicos de Kuhn pero en cambio rechaza
los periodos cíclicos de ciencia normal y revolución, alegando que ni existen
ni han existido nunca, por lo que no pueden explicar el crecimiento de la
ciencia. Éste se explica como resultado del juego entre la tenacidad con que se
sostienen unas teorías y la proliferación de otras teorías. Feyerabend dice:
|
Además, es la invención de nuevas ideas y el
intento de asegurar para ellas un sitio digno en la competencia lo que lleva
a la eliminación de los paradigmas viejos y familiares. Tal invención se realiza
continuamente todo el tiempo, aunque es sólo durante las revoluciones que nos
llama la atención. Tal cambio en la atención no refleja modificación
estructural profunda alguna (como por ejemplo la transición entre la solución
de acertijos y la especulación filosófica o poner a prueba las teorías
fundamentales). No es otra cosa que un cambio en el interés y en la
publicidad.
|
De manera que, según Feyerabend, la ciencia
consiste en la interacción constante de dos partes, la normal y la filosófica,
y tal interacción es la responsable de su crecimiento. Pero entonces, el mismo
Feyerabend se pregunta, ¿por qué es que los elementos revolucionarios aparecen
o se hacen visibles sólo en raras ocasiones? ¿No es ése un simple hecho
histórico que apoya a Kuhn y refuta a Feyerabend? De ninguna manera, se trata
de que el componente establecido de la ciencia resiste con tenacidad el cambio,
y tal resistencia se hace más firme en los periodos en los que el cambio parece
inminente; la resistencia está dirigida en contra del componente filosófico y
lo trae a la conciencia pública. Feyerabend dice:
|
Las generaciones más jóvenes, siempre interesadas
en las cosas nuevas, se apoderan de los nuevos materiales y los estudian
ávidamente. Los periodistas, siempre a la búsqueda de noticias —mientras más
absurdas, mejor— publican los nuevos descubrimientos (que son los elementos
del componente filosófico que están más radicalmente en desacuerdo con los
puntos de vista aceptados mientras conservan cierta plausibilidad y quizá
hasta algún apoyo en los hechos). Éstas son algunas de las razones para las
diferencias que percibimos. No creo que debiera buscarse algo más profundo.
|
Hola soy Adrián Clemente Amaro laras
ResponderEliminar